Todo Comenzó En La Universidad - Orlando Mazeyra Guillén

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«Es un grave error cuando se habla de prejuicio racial y de prejuicio social, creer que éstos se ejercen sólo de arriba hacia abajo; paralelo al desprecio que manifiesta el blanco al cholo, al indio y al negro, existe el rencor del cholo al blanco y al indio y al negro, y cada uno de estos tres últimos a todos los otros, sentimientos, pulsiones o pasiones, que se emboscan detrás de las rivalidades políticas, ideológicas, profesionales, culturales y personales, según un proceso al que ni siquiera se puede llamar hipócrita, ya que rara vez es lúcido y desembozado. La mayoría de las veces es inconsciente, nace de un yo recóndito y ciego a la razón, se mama con la leche materna y empieza a formalizarse después de los primeros vagidos y balbuceos del peruano.» Mario Vargas Llosa, El pez en el agua «Tenemos una sociedad frívola y un pueblo ignorante, peor combinación no puede haber.» Herbert Morote, Réquiem por Perú, mi patria

Orlando Mazeyra Guillén: Todo comenzó en la Universidad

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TODO COMENZÓ EN LA UNIVERSIDAD UNO POR más que lo he intentado a lo largo de todo este execrable día, no he encontrado (y estoy fatalmente convencido de que nunca encontraré) mejor manera de iniciar este relato que presentándome de la manera más lacónica posible: soy Eduardo Echenique, el joven estudiante de periodismo que ayer mató a Ambrosio Risco; me parece que no hace falta agregar nada más porque hoy, la gran mayoría de diarios y noticieros televisivos del país, se han ocupado de mí hasta el hartazgo. Poco o nada me interesa saber lo que los demás piensan acerca de mi persona. Pero, tengo que dejar en claro que si no me preocupa en lo más mínimo la truculenta imagen que de seguro millones de peruanos se han formado de mí, no es porque peque de insolente o idiota; lo que pasa es que esa imagen, aparte de falaz, es deleznable. Me explico: a todos aquellos que hoy, luego de verse invadidos por ese sano y hasta plausible deseo de justicia, desean que la policía me capture —y que, posteriormente, la justicia me condene a la aleccionadora pena de la cadena perpetua—, les pasará algo inevitable: ¡se olvidarán!, ¡muy pronto se olvidarán de mí y del horrendo crimen que cometí! Es cierto, tendré que esperar días, semanas o tal vez un par de meses, pero no más. Después mi vida retomará su curso normal: me pondré al día en la universidad, pasaré los fines de semana con mi familia en nuestro confortable chalet de Chosica, y podré pasearme a mis anchas por cualquier calle, plaza o jirón de la ciudad… Y lo de ayer, pasará a ser un mal recuerdo que, con todas mis fuerzas, procuraré defenestrar de mi cabeza.

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No ha sido mi intención, pero es muy previsible que el lector de este folletín se haya podido exaltar o al menos incomodar después de terminar de leer el anterior párrafo —en el mejor de los casos, pensará: «¡pero qué tipo tan descarado y optimista!»; y en el peor, tal vez la gran repulsión que le generará mi desaforado modo de ver las cosas, le invitará a proferir palabras impresentables antes de hacer algo muy recomendable: dejar de leer este relato—, y comprendo (e inclusive comparto plenamente) su incomodidad. Lo que pasa es que esto está asociado a una especie de ley perenne que rige sobre todos los seres humanos: la realidad incomoda, seamos pobres o ricos, buenos o malos, creyentes o ateos: ¡siempre la realidad tiene que punzarnos, hacernos sentir insatisfechos! El paraíso no existe, y es esa necesaria cuota de incomodidad que embadurna la vida de todos los hombres, la que nos permite seguir vivos. Porque, ¿qué sería de nuestras vidas si en ellas estuvieran ausentes todas aquellas cosas que nos incomodan? La palabra sueño perdería todo sentido, ya no habría nada por qué luchar… el día a día no valdría la pena. No sé si es poco ético —pero sí es muy útil— el traer a colación algo que pasó con mi compañero de clase M. R.: él, en las postrimerías del último verano, atropelló y a la postre mató a un humilde tipo. Todas las madrugadas de los domingos, él participaba, piloteando un rugiente BMW plateado, en los famosos concursos de piques. Un día de ésos, se le fue la mano —mucha cocaína y demasiada velocidad—, y atropelló al joven arquero de un equipo de segunda división del Callao. Su foto salió en la portada de algunos diarios. Recuerdo que un pasquín tituló: «Hijo de famoso empresario aspira más de la cuenta y aplasta a pelotero chalaco». La primera semana los diarios dijeron que el autor del crimen estaba en la clandestinidad y que la policía lo buscaba infatigablemente. La segunda semana un par diarios poco serios indicaron que se había

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fugado a Chile, y a la tercera semana ya nadie se acordaba del hijo del famoso empresario… Cuando se cumplió un poco más de un mes de aquel trágico suceso automovilístico, él se apareció, muy campante, en la universidad. Tengo grabado con fuego lo primero que nos dijo, sin vacilar un solo instante: —Sólo Dios y yo sabemos que no tuve la culpa. Además, un cholo menos en este país ¡qué mierda importa! Nosotros le preguntamos lo más obvio que se nos vino a la cabeza: ¿te van a meter preso?, ¿vas a abandonar la universidad?, ¿es cierto que estuviste en Chile?, ¿te vas a ir del país? Él comprimió magistralmente todas las posibles respuestas, en una sola: —Nunca me fui del país y no tengo por qué irme —nos dijo, resoluto, y luego añadió con un acento bañado por la vanidad—: Mi viejo ya arregló todo lo que se tenía que arreglar con la family del muerto. Son gente recontramisia… Les hemos metido unos buenos fajos de billetes en la boca, para que se queden callados y se olviden para siempre de su arquerito, que aparte de no saber tapar tampoco sabía cruzar la pista. En ese instante muchos sonreímos con él. Una semana después M. R. sonrió mucho más, porque a su papá lo nombraron ministro. Qué duda cabe, la vida se empecinaba en arropar a toda su familia. Hoy, amparado en la cercana historia de mi compañero, espero evitar el castigo que por mi imperdonable falta me merezco. Hoy más que nunca he comprendido que es muy fácil criticar desde afuera, pero cuando uno está dentro del ruedo (y lo vive en carne propia) el panorama cambia radicalmente. Sí, porque cuando uno se ve envuelto en un trance tan difícil como éste, en lo que menos piensa es en la

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justicia, la ética o la Madre Teresa de Calcuta… Desde el mismo instante en que tomé plena conciencia de que había cegado la vida de una persona, comprendí con soberbia intensidad a todos los criminales del planeta: a veces uno no lo quiere hacer, pero inevitablemente sucede… Lo que más me va a importar de hoy en adelante es defender mi libertad con uñas y dientes, todo lo demás será meramente accesorio. En más de una ocasión escuché a mi abuelo Pascual decir que uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde; yo, en el mismo instante en que escribo estas insufribles y pálidas líneas, tengo tanto la obligación como el derecho de agregarle algo: uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde (o hasta que, como yo, está a un tris de perderlo). Presiento que me he alargado más de la cuenta en esta parte introductoria (de repente lo he hecho por temor a narrar lo más importante, o por algo que voy a confesar más adelante, ¡no lo sé!). Pero antes de relatar, paso a paso, cómo transcurrió el día de ayer, debo conminar al amigo lector a que tome una decisión; hay dos caminos posibles: el primero y menos problemático, abandonar esta lectura en este mismo instante; el segundo y poco salubre, deambular su vista en las siguientes líneas con la condición expresa de que no podrá detenerse hasta llegar hasta el punto final. Alguien se preguntará: «¿y cómo cree que hará este pobre diablo para verificar que el lector cumpla al pie de la letra alguno de los caminos trazados?» La respuesta es sencilla, recurriré a lo que tengo más a la mano: ¡la confianza! Confío abiertamente en el lector y espero que él, en una muestra de reciprocidad, también confíe en la veracidad de mi relato. Ahora la pelota está rodando en su cancha, párela, písela suavemente, tómese su debido tiempo y decida con la cabeza fría si se va a exonerar o no del contenido de las siguientes oraciones, ¿de acuerdo?

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Bueno, si ya llegó a esta línea, significa que usted me devolvió el pase. De ahora en más la pelota será sólo mía y ya no puede dar marcha atrás. Éste es el momento en el que debo confesarle que lo que menos busco es su conmiseración; y para que no quepan dudas al respecto, confesaré algo que no me duele aceptar (porque muchos lo son en secreto, pero se niegan a aceptarlo delante de los demás): ¡soy racista! Así como el azul es distinto al rojo, ¡el blanco es distinto del negro!; así como el madrileño es distinto al vasco, el limeño es distinto al arequipeño. Nunca un blanco será igual a un negro, ni un costeño será igual a un serrano. En el mundo todo está estratificado, cada uno sabe —de acuerdo a su nacionalidad, localidad de origen, clase social, color de piel, etcétera— en qué parte de la vasta pirámide se encuentra. Aclarado este punto clave, sólo me queda decir que no quise matar al negro (pero no me arrepiento de haberlo hecho). Y no sé por qué lo maté, lo único que a estas alturas sé es que si hay un culpable, ése es N. Q. ¿A quién le pertenecen estas iniciales? A uno de los tantos tipejos que, con tozuda insistencia, se niegan a aceptar que en el mundo hay estratos y, que en consecuencia, hay seres superiores e inferiores. Si alguna vez en mi vida quise matar a alguien, ése fue N. Q. (y no descarto que algún día me anime a hacerlo). Lo que viene a continuación, no hace más que confirmar que lo que nos espera a la vuelta de la esquina será siempre imprevisible. Basado en mi experiencia personal, puedo dar fe de que el porvenir tiene una naturaleza demasiado escurridiza y, además, está preñado de increíbles zigzags que hacen que todas nuestras acciones (¡hasta las más simples y cotidianas!) transcurran siempre sobre la estrecha línea que separa el bien del mal… Poco antes de cometer mi crimen alguien me dijo que en cada instante de nuestras vidas nosotros decidimos si queremos ser

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dioses o diablos… Ayer yo decidí ser diablo por unos contados segundos, y no lo hice nada mal.

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DOS HACE más de media centuria, en alguna misérrima población de las melancólicas

alturas que dibujan el accidentado retrato del

departamento de Ayacucho, sus humildes padres tomaron la decisión de bautizarlo con un suntuoso e incitante nombre: ¡Napoleón! Pero, yo que lo conozco desde hace no menos de tres años, tengo que ser bastante franco en afirmar que siempre me resultó poco placentero (y sobre todo exageradamente descabellado) el siquiera pretender vincular en lo más ínfimo a este Napoleón andino con aquel célebre y minúsculo emperador galo que, en sus incontables días de gloria superlativa, hizo que el continente europeo retemblara de cabo a rabo. El Napoleón al que yo veo y escucho casi todos los días de la semana, no pertenece —¡ya lo quisiera él!— a la archifamosa dinastía de los Bonaparte. Su apellido es más bien de notoria raigambre plebeya: Quispe. Sí, Quispe, que tal vez es el apellido más ordinario y despreciado del país; pues todo aquel limeño que se considere decente (y bien nacido), aprende desde muy párvulo, que Quispe es sinónimo de «cholo analfabeto» o de «serranito mugriento». Y Napoleón Quispe a pesar de ser un tipo honesto, muy leído e impecable en su vestimenta, es, al fin y al cabo, un serranito común y corriente… un cholito bastante aparatoso y acomplejado. Su bendita biografía me la sé de paporreta, porque él siempre encuentra o fabrica una nueva oportunidad para excitarse repitiéndola —y agregándole de paso, un infaltable y personalísimo condimento— con notable emoción y exagerado orgullo: hace muchos años, cuando él todavía era un imberbe que vestía un chullo en la cabeza y unas mugrientas ojotas en los pies, decidió dejar definitivamente de formar parte de ese desdichado y numeroso clan que conforman todos esos

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cholitos insípidos y ágrafos que se quedan en su fría puna trepando cerros escarpados, arando la maltratada tierra o tejiendo llamativos ponchos multicolores. Él ahora ha pasado a convertirse en un ilustre socio de ese vasto club que agrupa a esos serranitos aventureros que —luego de bajar del ande— se han hecho, a punta de menudos sacrificios, un lugar en esta avejentada, procelosa y horrible capital. «Soy un cholo perseverante como todos los ayacuchanos de pura cepa», es la nefasta letanía con la que se autodefine y vanagloria en forma cotidiana; pero no hace falta que nos recuerde (como disco rayado) que él es un cholo, porque su inconfundible aspecto lo delata a leguas: piel cobriza, la típica nariz fracturada de los andinos, ojos tristes y sobrecogedoramente desconfiados. Sin ápice de duda, todo aquel que lo vea o escuche se convencerá de que es un cholo perfecto: ¡un inca legítimo! Napoleón Emiliano Quispe Yucra. Esas cuatro palabras se cohesionan, se apoyan entre ellas y forman el nombre que aparece, subrayado, en todas las separatas de mi locuaz y esmirriado profesor que está a cargo de ese soporífero curso universitario llamado «Realidad Nacional». Nosotros —sus alumnos de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la universidad de Lima— le decimos sarcásticamente «mister Quispe», o simplemente «don Napo». Él, aparte de pedagogo, es periodista (como casi todos los profesores de nuestra Facultad). Trabaja desde hace más de treinta años, como conductor del sintonizado

noticiero

matutino

de

Radioprogramas

del

Perú:

«Desayunando con Napoleón». Y tiene también una afamada columna —llamada «Pandemonio Político»— que aparece los todos los domingos en la mitad inferior de la penúltima página del diario El Comercio.

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Ayer, en la clase que dictó a media mañana, nos habló sin cortapisas de la discriminación racial: sus «malditas causas» y sus «nefastas consecuencias». Nos dijo, casi gritando y con los ojos desorbitados, que nuestro país cuenta con dos vergonzosos atributos: la perniciosa frivolidad y el embrutecedor racismo. «Resulta siendo una salvaje mezcla —afirmó, notoriamente apesadumbrado y con un desaliento conmovedor—. El racismo y la frivolidad caminan de la mano, se abrazan y procrean más odios y resentimientos en este indescifrable país. Racismo y frivolidad: horrorosos componentes de ese cóctel suicida que los peruanos bebemos desbocadamente… Bebida, tan irresistible como maléfica, que nos empalaga y barbariza...» Como en todas sus clases, yo lo escuché prestándole una moderada atención y tomando breves e intermitentes notas de algunos de sus pintorescos comentarios. Para mí era otro día común y corriente en el que, muy a mi pesar, tenía que someter a mis oídos a otro exaltado discurso acerca de nuestra vergonzosa «Realidad Nacional». Es por eso que cuando don Napo apenas había empezado a regurgitar las primeras sentencias de su encendida perorata, ya me había animado a pronosticar que ésa iba resultar siendo más aburrida que la elocución de la anterior clase, en la que había hablado de otro tema capital: la tan mentada deuda externa. Pero, repentinamente, todo cambió al final de la clase. Cuando el tibio ambiente de la espaciosa aula de color verde terroso se vio invadido por los acompasados y ruidosos pitidos del timbre electrónico que señalaba que la clase había culminado, tapé mi lapicero y, en el mismo instante en el que me aprestaba a introducir mi pequeño cuaderno de apuntes y mi lapicero en las oscuras entrañas de mi raída mochila de cuero, el día dejó de ser normal… Y pasó a ser un día tan agobiante como inolvidable.

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—Señor Echenique, por favor, póngase de pie —me dijo don Napo, señalándome con el acusador dedo índice de su arrugada mano derecha—. Antes de retirarme, quiero hacerle una pregunta que, tal vez, lo puede sofocar un poquito. Fue algo inevitable: sus palabras me pusieron bastante nervioso; me paré lentamente y empecé a apretar la tapa de mi lapicero con los dedos de mi mano izquierda. Él me miraba con invencible firmeza y yo trataba de no rehuir a esa mirada afilada que me alteraba los ánimos por completo. Huelga decir que todos mis compañeros presenciaban con mucha atención la peculiar escena que protagonizábamos mister Quispe y yo. Mientras esperaba que me formule la temida pregunta, alcancé a sentir algunos murmullos que provenían de los ocupantes de las últimas carpetas, y esto no hizo más que incrementar mi desasosiego. —Ante todo, quiero que sea sincero —habló por fin, utilizando un timbre de voz que venía acompañado de cierta desconfianza. Y, mientras sacaba un pañuelo de color marfil del bolsillo trasero de su opaco pantalón, continuó—: A nosotros nos puede mentir fácilmente, pero hay una cosa que jamás podrá hacer: engañar a su conciencia. Así que, dígame con la mano en el pecho y delante de todos sus compañeros: ¿es usted racista? La pregunta me cayó como un baldazo de agua fría. Fue algo tan inesperado y doloroso como la filuda punta de un puñal que penetra iracundamente por la espalda… fue un golpe bajo… un soberbio y espeso escupitajo que humedeció toda mi frente. En milésimas de segundos mi cabeza se vio azotada por inatajables ráfagas de preguntas sin respuesta: ¿por qué rayos me eligió a mí?, ¿acaso el cholo Quispe sabía leer la mente de los demás?, ¿era yo el único racista del aula?, ¿le había dado, sin querer, alguna muestra de la inmensa repulsión que le

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guardo a los cholos? Me quedé petrificado, tieso como esas variopintas estatuas divinas que ornamentan casi todos los mausoleos del presbítero Matías Maestro… De un momento a otro, y sin saber por qué, intenté encontrar una respuesta salvadora en la arrebatada faz de don Napo; y, cuando ausculté la inusual mueca que se dibujaba en toda su cara, comprendí que ese arrugado rostro reflejaba tácitamente muchas cosas, y todas ellas eran negativas: odio inconfesable, rabia contenida, ingentes deseos de revancha. Hasta ahora no sé bien cómo lo hice, pero tomé algo del valor que aún aleteaba caóticamente en mi claudicante interior: —¡No! —le respondí tratando de aparentar entereza; pero, en realidad, me temblaban las piernas—. Don Napo: usted me ofende con esa infeliz pregunta. Yo creo que el racismo es lo peor que puede existir no sólo en el país, sino en toda la raza humana, y estoy seguro que si queremos llegar a ser verdaderos periodistas debemos liberarnos de todo tipo de prejuicio y discriminación. ¿Racista yo? Nunca. Debo tener muchos defectos, pero ése, sin duda, no es uno los que se me pueda atribuir. Ojalá esto le haya quedado bien claro. Al terminar de emitir mi respuesta aclaratoria me sentí reivindicado, el piso ya no se me movía como antes (cuando no tenía ninguna respuesta a la vista). Y es que no me había dejado derrotar por esa malintencionada pregunta. «¡Le gané el duelo!», pensé con ánimos renovados. Pero lo cierto es que canté victoria antes de tiempo porque, mientras respiraba aliviado y mi pulso retomaba su intervalo regular, ya se empezaba a gestar una furibunda e insospechada réplica: —¿Te puedo pedir una sola cosa? —me dijo con un acento que reflejaba un desembozado desprecio hacia todo lo que yo acababa de afirmar—. Sácate la careta: no te creo y estoy absolutamente convencido de que ninguno de tus compañeros te ha creído… No

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quiero que te sientas mal, pero yo no soy hipócrita y me siento en la imperiosa necesidad de decirte que vas por muy mal camino. Lamentablemente este país está plagado de gente infame como tú... y... como dice esa vieja canción que tanto me gusta: «Cholo soy y no me compadezcas». Me vapuleó delante de todos mis compañeros. No me creyó nada de lo que le dije. El aula se vio sumida en un silencio fúnebre y los rostros absortos de algunos de mis compañeros le imprimían un semblante más tétrico aún al magro suceso. Yo no supe qué agregar (o refutar), ¡me quedé afásico!, y no alcancé a decir nada más. Él, como si nada fuera de lo común hubiera pasado, guardó con irritante parsimonia el pañuelo con el que se acababa de enjugar la frente, después tomó su cartapacio y salió raudamente del aula advirtiendo que en la siguiente clase la asistencia era obligatoria porque había control de lectura. Lo odié con la fibra más íntima de mi ser, le deseé todas las desventuras que el ser humano más pérfido del planeta le puede desear a su peor enemigo. Pero, si lo odié con tanta desmesura, fue porque él tuvo toda la razón: ¡mentí!, ¡traté de engañarlo!, pero no se comió ni una sola palabra de mi farsa barata.

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TRES CUANDO

me

trataba

de

reponer

de

la

infausta

escena,

sorpresivamente se me acercó mi atractiva compañera Patricia Graña —apodada «Barbie» por su curvilínea figura— y no sólo me dirigió la palabra ¡por primera vez!, sino que hasta me consoló un poco. «Lalo, no le hagas caso, todo el mundo sabe que el viejo Napoleón es un resentido —me dijo convencida—. Dime, ¿qué culpa tienes tú de que él sea un pobre diablo?» Yo le agradecí por su inesperado apoyo, y salí inmediatamente del aula. Lo que menos quería era hablar, porque no tenía palabras para nadie. Si en algún instante creí que fuera del aula iba a encontrar un poco de tranquilidad, me equivoqué, porque mis compañeros salieron detrás de mí y me empezaron a abrumar con preguntas desaforadas e ininteligibles. Por un instante tuve la sensación —debo confesar, poco gratificante— de haber sido confundido con un político célebre o un artista de rock. Cuando se calmaron, empecé la engorrosa tarea de dar respuesta a sus innecesarias interrogantes. —¿Te vas a ir a quejar al decanato? —me preguntó, levantando la voz, Joaquín Carrillo—. Ningún profesor puede ofender de esa manera a un alumno. —No —le dije de inmediato—. Mejor me evito problemas, no quiero tener paltas ni con él ni con nadie. Además, creo que esto le pudo haber pasado a cualquiera de nosotros, ¿no? —Tienes razón —me dijo convencido René Carpio—. Si te quejas, después el cholo Quispe te puede agarrar de punto y la canela... Recuerda que todos los semestres llevamos cursos con él, y, ¡toca madera!, puede ser uno de los integrantes de tu jurado cuando sustentes...

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—Yo sinceramente lo haría echar de la universidad hoy mismo — dijo, atropellando, Manolo Romero—. Mi viejo no me paga la pensión para que un serrano acomplejado venga a pretender humillarme delante de todos mis compañeros. —Oye Manolo: ¡déjate de tanta pedantería! —lo amonestó René, fastidiado por el comentario que acababa de escuchar—. Como tu viejo es ministro, tú juras que él puede hacer y deshacer… El cholo, con todos sus errores y estupideces, es un periodista reconocido. Ni tu viejo le puede pisar el poncho así nomás. —Tú no sabes cómo se mueve el Perú —alegó Manolo—, y tu viejo tampoco. Por eso ha quebrado y tu fabriquita de detergentes se ha ido a la reverenda mierda… —¡Oye malparido! —le increpó René, rugiendo y tomando violentamente a Manolo del polo; las venas de su cuello se le amontañaron y sus glaucos ojos se enrojecieron con su desbordante ira—. No te rompo la cara porque estamos en la universidad. Avísame cuando quieras y donde quieras, que yo te arreglo gratis esa narizota de tucán que te tapa toda la cara. —¡Tú me tocas un pelo y yo te hago expulsar! —exclamó Manolo, con un poco de temor y excitación—. Las verdades amargan, y sólo los animales como tú se entienden con puñetes y patadas. —Si las verdades amargan… ¡Dime qué se siente ser un asesino! —gritó René, luego de tirarle un empujón ante la sorpresa de todos—. Yo no soy drogadicto ni he atropellado a nadie, dime qué se siente saber que has matado a alguien… —¡Placer! —lo encaró Manolo, mirándolo con infinita perfidia—. El mismo placer que sentí cuando me enteré de que el negocio de tu viejo se había ido de culo.

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Cuando René se aprestaba a asestar un furibundo derechazo en la nariz aguileña de Manolo —por la que lo apodaban «Vladi», en clara alusión al inefable Vladimiro Montesinos—, apareció nuevamente la Barbie y su sola presencia evitó que se consume la gresca: —¡Basta! —les dijo a ambos, separándolos con ayuda del resto—. Parecen unos mocosos de kinder. ¿No les da vergüenza pelearse por ridiculeces? Patricia era la chica más codiciada de nuestra clase (y, tal vez, de toda la universidad). Siempre me había atraído su rostro angelical y, sobre todo, sus cautivantes pechos que siempre lucían gloriosamente erguidos. Fue la única que me apoyó dentro del aula. Después de apagar las fragorosas llamas del incendio que habían provocado las diatribas que intercambiaron mis dos compañeros, me miró con una embriagadora sonrisa que me hizo —nuevamente— olvidar el papelón por que el que yo injustamente había pasado. Traté de mostrarle una sonrisa recíproca, pero mi indoblegable timidez era más poderosa que sus encantos: sólo alcancé a mirarla fijamente por unos instantes y, cuando mis ojos se cansaban de explorar con insistencia esos impactantes cabellos rubios rizados que le bañaban sus descubiertos y pecosos hombros, ella agregó: —Lalo, ya no les hagas caso, éstos son más chismosos que una urraca —se me acercó y me dio un cálido beso en la mejilla antes de proseguir—: ¿Puedo hablar a solas contigo? Mientras —para pesar mío— mi rostro se tornaba rosáceo mis compañeros empezaron a musitar entre ellos; pero a pesar de todo, por primera vez vencí mi timidez: —¡Por supuesto! —exclamé, sin perder más tiempo—. He dejado mis cosas en la carpeta, las traigo al toque y vamos a donde quieras. —Está bien, yo voy bajando las gradas. Me alcanzas.

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—Listo. Ella empezó a caminar en dirección a las gradas, dejando desparramada su voluptuosa silueta por las brillantes baldosas del tercer piso del pabellón de Comunicación. Y, mientras yo entraba al aula para rescatar mi mochila, mis compañeros celebraban el viejo y goloso ritual (que yo también practicaba con ellos): observarle obscenamente el trasero, murmurando en simultáneo frases de alto calibre como «¡que buen anís!» o «¡semejante botacaca!».

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CUATRO CUANDO salí apresurado del aula, descubrí que el arrogante de Manolo Romero continuaba observando, sin disimulo ni reparo, como desaparecía, por entre las zigzagueantes gradas, la figura de Patricia. «El hijito de papá está arriola

—pensé con deliberada indiferencia—.

Seguro que hace tiempo que no la remoja.» (No creo que lo que sentí en ese momento fueron celos, en todo caso fue cólera o algo que se le asemeje, porque una cosa es mirar a una mujer con buenos atributos, y otra cosa muy distinta es abusar. Y en verdad, Manolo abusaba, porque se la estaba comiendo con los ojos.) —Te vas a quedar ciego —le advertí con un tono burlón, y empecé a caminar en dirección a las gradas. —Te da un besito en el cachete y ya crees que es tu flaca —me increpó Manolo, levantado la voz—. Los ojos se han hecho para ver... y no te hagas ilusiones porque, por si no lo sabes, la Barbie ya tiene machucante. ¿Vas a intentar ponerle cuernos al firme?

—... —Oye Lalo —me tomó del hombro Joaquín, y yo detuve mi andar para oír sus incisivas especulaciones—: a final de cuentas, el serrano te ha hecho un gran favor. Parece que la Barbie quiere contigo, se nota clarito que ella... —No hables idioteces —lo interrumpí, malhumorado—. Sólo vamos a conversar un rato. Pero... tú sabes si es cierto lo que me ha dicho Manolo. —¿Lo del enamorado? —Sí, ¿sabes si está con alguien?

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—Creo que tiene un enamorado. Pero no vive en Lima, me parece que el pata es de Tacna o Arequipa. Se escriben correos electrónicos y él a veces viene a visitarla... Pero ya sabes cómo son esas relaciones distanciadas: ¡amor a lo lejos, felices los cuatro! —No digas tantas pavadas juntas —le dije, sonriendo súbitamente—. ¿Te gustaría que alguien te ponga los cuernos?

—¡’ta mare, no jodas con eso pues! —me dijo, poniéndose serio—. A nadie le gusta ser cachudo, pero lamentablemente el hombre es picaflor por naturaleza... Aprovecha esta oportunidad porque después te vas a arrepentir... Mira que la Barbie es un hembrón y se te está ofreciendo en bandeja. —Oye, ya me jalo —le dije estrechándole la mano—. Ella me está esperando abajo y no la quiero hacer esperar. —Me pegas una llamada en la noche, o si puedes vas al Regatas en la tarde, voy a ir con mi viejo y mis tíos a jugar tenis —me dijo, restregándose el ojo izquierdo con las yemas de sus dedos—. Y, si pasa algo, no te olvides de ponerte el jebe de rigor. Sujeté fuertemente mi mochila sin prestar atención a las jocosas recomendaciones de Joaquín, y otra vez eché a andar, acelerando el paso. Empecé a bajar por las contorsionadas gradas en donde me enfrentaba a rostros tan disímiles como desconocidos. Por fin llegué al primer piso, pero no encontré a Patricia en ningún lado. «¡Se ha ido! — pensé, desilusionado—. Todo ha sido por parlotear con el inoportuno de Joaquín… Sí, estoy seguro de que la Barbie ya se jaló… Me ha dejado tirando cintura.» Totalmente afligido y con la vaga esperanza de ubicarla, decidí echarle una mirada panorámica a todo el campus: había inacabables cuadrillas de jóvenes que se desplazaban por todos los corredores, unos cuantos docentes bajaban apurados de sus relucientes

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automóviles, el corpulento guachimán de la puerta principal se abanicaba el rostro con ambas manos, la calurosa mañana que parecía dilatar el espacioso rectángulo que ocupaba la remodelada y transitada cancha de fulbito. Pero, no había nada más; ella no aparecía por ninguna parte. Empecé a creer firmemente que ése era el peor día de mi vida. Volví a recordar al viejo Napoleón señalándome con desprecio delante todos mis compañeros, y sentí arcadas; también volví a recordar la sonrisa de Patricia, y sentí una amarga desilusión. ¡Qué tal día! Sólo faltaba que me diera un patatús. Quise descargar mi toda mi rabia-penadolor-desilusión-amargura arrojando mi mochila al suelo. Y cuando me alistaba a cumplir mi insulso cometido, sentí que alguien me tocaba, con mucha delicadeza, el hombro por detrás: —Oye, Lalito, ya podemos irnos —era la tierna voz de Patricia. Y, cuando volteé para mirarla, ella se disculpó—: Perdona la demora, es que me fui a llamar por teléfono porque mi celular se ha quedado sin saldo. ¿Pensaste que me había ido, no? —No, para nada, Patricia… Pero me pudiste pedir prestado el mío, lo traigo aquí dentro de la mochila. —Tienes razón. Pero no me digas Patricia, dime Paty nomás, ¿te parece? —Normal. Pero ¿no te puedo decir Barbie? —¡Ay, claro que no! —Por primera vez la vi con el rostro fruncido, pero ni aún así perdía una pizca de su infinito atractivo—. Ese apodo que me han puesto no me gusta para nada. ¿De quién fue la idea?... ¿Barbie?... ¿Por qué rayos me dicen Barbie? —Porque eres una verdadera muñeca —le dije lo primero que me salió del corazón, fue la respuesta más espontánea que pude darle—. No sé si te parecerá cursi lo que voy a decirte, pero, te juro que eres la flaca más linda de toda la universidad.

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—Oye, no hagas que me arroche —me dijo, y me agradó verla ruborizarse—. Cualquiera diría que te me estás declarando. —Sinceramente, ganas no me faltan —Esa mujer dilapidó toda esa timidez innata, que siempre se hacía presente cuando yo hablaba con una mujer que me gustaba—. Pero… lamentablemente tú ya tienes enamorado y también… —¿Cómo lo sabes? —me interrumpió, y la burbuja en la que estábamos flotando se reventó en el momento menos esperado—. Dime, por favor, ¿quién te lo ha dicho? —Nadie —le mentí, me puse un tanto nervioso, y creo que luego se me fue un poquito la mano—: Pero sólo basta verte para saber que tienes un enamorado. Porque si no lo tuvieras serías un verdadero desperdicio. —¡No hables así! —me amonestó—. Hablas como si yo fuese una cosa, una máquina, algo que usas una vez y luego puedes desechar. Eso me revienta de ustedes. —¿Nosotros?, ¿a quiénes te refieres? —A todos los hombres pues, ¿a quién más? Porque todos son iguales: sólo se fijan en el cuerpo, ¡en lo físico! Lo otro, lo más importante, les importa un pepino. —No puedes generalizar —traté de arreglar las cosas—. Porque si empezamos a generalizar llegaríamos a la falsa conclusión de que todos los peruanos somos unos viles y corruptos que nos vendemos por un mísero plato de frijoles, ¿no crees? ¿O te parece que todos tenemos un precio? En todo caso, puede ser que tú también tengas tu vladivideo escondido. —En eso tienes mucha razón, no se debe generalizar —me tomó de la mano derecha y, cuando empezamos a caminar rumbo a una banca de madera, me lanzó un inesperado dardo—: Porque, gracias a

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Dios, tampoco podemos decir que todos los peruanos somos unos racistas como tú. —Oye Barbie —la llamé así a propósito y le solté la mano; intenté exaltarla porque me sentí agredido—, si me has dicho que quieres hablar conmigo tan sólo con el objetivo de lanzarme un sermón sobre la discriminación racial, ¡ahórrate tus palabras!, porque pierdes tu tiempo. Cada uno tiene su modo de ver a los demás, y el mío nadie me lo va a mudar, ¿conforme? —Hablas igualito a él —me dijo cariñosamente. A pesar de mi molestia, ella logró que nos sentáramos juntos en la banqueta—. Hasta te pareces físicamente: el pelo cortito, esos ojos agresivos, y él también es delgado como tú. Quiero que lo conozcas, podrían ser buenos amigos. —¿Pero de quién diablos me estás hablando? —le pregunté, un poco irritado—, ¿de tu enamorado? —Mira allá está —me dijo y señaló a un sujeto que caminaba hacia nosotros—. Creí que ya no vendría.

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CINCO YO me quedé patitieso: ¿quién era ese tipo que se estaba acercando a nosotros?, ¿acaso su enamorado? En todo caso, no se parecía en nada a mí. Era un poco chato, rollizo, de pelo abundante y desarreglado. Su rostro era pequeño, amarillo, y tenía los ojos vagamente rasgados. Antes de que él alcance a llegar a la banca, nos pusimos de pie. Saludó afectuosamente a Patricia (besándola en ambas mejillas) y luego me estrechó la mano: —Marco Antonio Muñiz, para servirte —Me pareció bastante educado el gordo, pero yo quería saber quién era en realidad. —Eduardo Echenique —le dije mientras terminábamos de darnos un apretón de manos que él alargó demasiado—, pero dime Lalo nomás. —Él es Lalo, mi compañero de clase del que te había hablado —le dijo Patricia al tal Marco—. ¿Si o no que se parece bastante a Alonsito? —¿Alonsito? —alcancé a exclamar, mientras los dos me escudriñaban en silencio. El gordo me miraba de arriba hacia abajo y ella me sonreía sin descanso. —¿Qué, no lo conoce? —le preguntó el gordo a Patricia, un poco sorprendido. —No, recién se lo voy a presentar, pero son idénticos. Hasta tienen los mismos defectos. —No empieces otra vez, Paty —la encaré, olvidándome por completo de la presencia de su fofo amiguito—. A ver: enumera todos mis defectos. —Solo bromeaba —me dijo, un poco intranquila.

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—De repente son familiares o primos lejanos, porque el parecido es impresionante —comentó el panzón mostrando un gesto dubitativo. Luego me preguntó—: ¿Tú no eres familiar de Alonso? —Alonso qué. —Alonso Chávez Portilla —me respondieron los dos, como si fueran un par de autómatas. —¡No! —les dije sin tomarme un solo segundo de pausa—. Alguno de ustedes me podría decir ¿a qué se debe esa bendita pregunta? —Bueno es que te pareces bastante, nunca he visto a alguien que se parezca tanto a Alonso. Él es mi mejor amigo y acaba de llegar hace unas horas de… —¿Ya llegó? —lo interrumpió Patricia—. ¿Le avisaste lo que te dije por teléfono? —Sí y Sí —le dijo sonriendo. Consultó su reloj y exclamó—: ¡Ya son las doce y cuarenta! Yo le dije que estaríamos allí a las doce y media. —¿En dónde quedaron? —le preguntó ella. — Yo le dije que tú querías ir a LarcoMar, pero él se puso terco, tú sabes bien cómo se pone, y me dijo que en La Cucaracha. Además puso el pretexto de que La Cucaracha está a pocas de cuadras de la universidad. —No sé por qué cada vez que viene a Lima le encanta parar en ese bar de mala muerte —cuando escuché a Patricia decir eso intuí que el tipo del que ambos hablaban era, sin dudas, su enamorado—. Pero no te preocupes, porque siempre ha sido un tardón. Vámonos en un taxi y te apuesto que llegamos antes que él. Sin afán de mentir, creo que a esas alturas de la tarde me sentí liberado, ¡por fin entendí todo! La chica quería ver a su enamorado, que

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acababa de llegar (de no sé de dónde, pero eso poco me importaba). El gordo era amigo de ambos, y seguro que acostumbraba tocarles el violín plácidamente. Yo sobraba en ese trío íntimo. Sentí que no tenía nada más que hacer y por eso intenté despedirme de ellos: —Bueno, muchachos, yo ya me tengo que ir. —Cómo que te vas —me increpó Patricia, juntando las cejas—. Si quiero que lo conozcas, yo ya le dije que iba ir contigo ¿si o no Marco? —Es cierto —dijo el gordo—. Vamos Lalo, es un toque nomás, La Cucaracha es acá, cerquita. —Sí. Sí conozco ese bar, he ido un par de veces —le dije, aunque en realidad yo conozco ese bar como la palma de mi mano. Allí me metí más de media docena de buenas borracheras—. Pero tendrían la amabilidad de decirme ¿para qué tengo que ir yo? —No digas nada y vamos de una vez —me dijo Patricia, intentando ponerle fin a la cháchara en la que nos habíamos enfrascado—. Aunque sea hazlo por mí ¿okey? «¡Por ti hago lo que sea!», pensé mirándola con lujuria. Muchos malos pensamientos me asediaron cuando Patricia me tomó con su mano izquierda. Con la otra mano que le quedaba libre, agarró la adiposa mano del gordo. Y nos empezó a llevar rumbo a la puerta de la universidad, en donde el sudoroso guachimán —que lucía un rostro untuoso y salpicado de barros— seguía luchando contra el intolerable calor matutino que le requemaba el rostro sin una sola pizca de piedad. Cuando llegamos al umbral de la puerta el guachimán le hizo una venia de despedida a Patricia, ella le lanzó un inexpresivo «hasta mañana, señor». Apenas ella puso un pie fuera de la universidad y un taxista vino corriendo a ofrecerle sus servicios: —Yo le hago un buen descuento, señorita. Al toque nomás, dígame ¿adónde quiere que la lleve con sus amigos?

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—Aquí cerquita, a La Cucaracha —dijo el gordo, mirando de soslayo al taxista. —¿La Cucaracha? —exclamó el taxista; era un señor de pelos engominados, edad regular y perfil soberbio—. Ese bar que queda como a unas cinco cuadras. —Sí —asintió Patricia—. ¿Están bien tres soles? El taxista, a pesar del apuro que mostraban ellos dos (sobre todo Patricia), se tomó todo el tiempo del mundo para explorar con rigurosidad la facha de los tres, miró con irritante detenimiento tanto la guata de Marco como las bondades que Dios le había regalado a Patricia. Yo no me animaba a comentar nada porque, en primer lugar, no sabía por qué Patricia quería que yo vaya con ellos a ese —según ella— malafamado bar y, en segundo lugar, no sabía si debía ir o no: estaba naufragando en un dilema que hacía crepitar mis intestinos. —¿Tres soles? —dijo el taxista, y vaciló un instante antes de decir, con inusitada amabilidad—: Está bien. Por favor, suban al auto.

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SEIS PENSÉ que lo mejor era acabar cuanto antes con esa soberana tontería. Por eso, abrí mecánicamente la puerta delantera del Tico plomo, me hundí en el cómodo asiento y, simultáneamente, cerré los ojos. En ese instante quería sólo dos cosas muy sencillas: no ver a nadie y hacer de cuenta que estaba echado en mi cama. Cuando empezaba a relajarme, sentí el fugaz ruido que hicieron tanto Patricia como el gordo cuando cerraron ambas puertas traseras. Estuvimos por unos instantes, sumidos en un saludable silencio, pero la calma se esfumó por culpa del taxista. Antes de poner en marcha el taxi, encendió su pequeña radio, y el silencio inevitablemente se fue para siempre. A través de Radio Panamericana sonaban las primeras notas de la canción Invencible, del grupo Libido. Abrí los ojos y me distraje un rato escuchándola e intentando tararearla. El tráfico, como siempre, estaba constipado. —¿Usted cree que clasifiquemos al mundial? —me preguntó el taxista, intentando entablar una conversación en medio de los bocinazos, el eterno cielo gris de la ciudad y las nubes de humo negro que luego de salir de los tubos de escape empañaban el ambiente—. El próximo mes jugamos con Brasil en el Monumental de la U, yo creo que no nos ganan. Lo mínimo que vamos a sacar es un empate, ¿no le parece? —El fútbol me dejó de interesar hace muchos años —le dije de mala gana—. No veo a la selección desde las eliminatorias para Francia 98, en la que los rotos nos dejaron afuera por diferencia de goles. Hay cosas más importantes en qué pensar. Porque, como usted bien sabe, los goles de Claudio Pizarro o Ñol Solano no van a cambiar en nada la triste realidad en la que vivimos.

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—¡No vivimos!, porque eso ¡no es vida! —dictaminó el taxista señalando a un niño desarrapado y famélico que pedía limosna, deambulando entre los automóviles que, en cualquier instante, podían atropellarlo—. Los pobres de este país ¡jamás vivimos!, tan solo intentamos vivir… y muchos morimos en el intento. —Yo nunca he vivido la pobreza en carne propia, pero estoy seguro que el fútbol perjudica, sobre todo, a los más pobres. —No comparto su opinión. Porque el fútbol ha sido desde siempre, ese medio que le permite al pueblo, olvidarse, aunque sea por unos instantes, de todos sus problemas. Todo el país se une en un solo grito cada vez que juega la selección. —Usted me está dando la razón… El país sólo se une cuando juega la selección, pero ¿y después? Durante noventa minutos se olvidan de lo miserables que son. En raras ocasiones la alegría dura un poquito más cuando gana la selección, pero nada más. —Alguien dijo por allí que tanto el fútbol como la religión son el opio de los pueblos —metió su cuchara el gordo, desde el asiento trasero—. Son los mejores medios para mantener a la gente dócil e idiotizada. Una canción de Celia Cruz terminó y el animador dio paso al flash informativo: «Gracias, Raúl. Hoy es miércoles quince de octubre del año dos mil tres. Faltando diez minutos para las trece horas y tal como lo habíamos anunciado anteriormente, el número de muertos se incrementa en Bolivia. Se agudiza la crisis en el vecino país y no hay solución a la vista, porque el presidente no cede y los manifestantes tampoco. En otras noticias: se estima que más de treinta mil taxistas se quedarán sin trabajo cuando entre en vigencia el nuevo Reglamento Nacional de Vehículos que, entre otras cosas, establece que los autos con menos de mil kilogramos quedarán fuera de circulación…»

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—Oiga, joven —me dijo, notoriamente compungido, el taxista—: no sé qué hay que hacer para entender a este país. A los que trabajamos honradamente nos quieren quitar nuestra herramienta de trabajo. ¡Esto es atroz! ¿Qué quieren que hagamos? ¿Robar? —… —¿Usted sabe cuántos vehículos Tico y Volkswagen hacen servicio de taxi en todo el país? —No tengo la menor idea. —Señor, eso es un abuso que atenta contra el bolsillo de todos los taxistas del país —Nadie hablaba con el gordo, pero él quería hablar con todos—. El Gremio de Taxistas tiene que ponerse fuerte, ¡fájense!, y no permitan este atropello. Uno tiene que hacer valer sus derechos. —Por su manera de hablar usted parece político —le dijo el taxista al gordo, mirándolo a través del espejo retrovisor. —Señor, le ruego que no me ofenda —El gordo lo paró en seco—. ¿Político? Yo jamás me metería en política. Lo único que yo quiero en esta vida es ser escritor. Además en este país no hay políticos de verdad. Esta fauna está plagada de politicastros: gente de medio pelo que no sabe por dónde va el país. —Ya tranquilízate Marco —lo interrumpió Patricia—, por gusto haces tanto hígado. Tienes que controlarte, cuando hablas así te pareces al arrebatado de Napoleón Quispe. Haces los mismos gestos. —¿Ustedes conocen a Napoleón Quispe en persona? —preguntó el taxista, con notorio interés. —Sí, nos enseña en la universidad —le respondió Patricia. —Todos los días lo escucho por las mañanas —afirmó con orgullo el taxista, celebrando la respuesta de Patricia—. Es el mejor periodista del país, siempre está con el pueblo… ¿Miren pues? Así que me estoy codeando con los cachorros de Napoleón Quispe: ¡ojalá sigan su

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ejemplo! —Yo miré a Patricia por el espejo retrovisor, ella me guiñó el ojo y me mostró una sonrisa agridulce—. ¿Y es exigente?, ¿le gusta desaprobar a sus alumnos? Debe ser bravo aprobarle un curso. —Yo no sé —dijo el gordo—. A mí no me enseña. Yo estudio derecho en San Marcos. Ellos dos son sus alumnos. —¿Y usted, se quedó callado? —me dijo el taxista, mientras manipulaba la palanca de cambios con violencia. Seguramente notó en mi rostro que yo no quería tocar ese tema—. Dígame algo de Napoleón Quispe. —… —¿Aquí nomás señorita, o un poquito más allá? —preguntó el taxista, pasando por alto mi incomprensible mutismo. Detuvo el taxi justo al frente del chueco letrero azulino de brillantes letras amarillas que rezaba: «Bar La Cucaracha». Debajo del tablero aparecía Paco, enfundado en un chaleco oscuro parecido al que usan los reporteros gráficos; él era el gracioso y musculoso tipo que oficiaba de seguridad en la puerta del bar. —Sí, aquí esta bien —dijo el gordo, entregándole al taxista dos monedas de un sol—. Falta china y no tengo sencillo, sólo tengo cien soles, ¿Lalo tienes cincuenta céntimos? —Toma, yo tengo —le dijo Patricia, alcanzándole unas monedas que extrajo de su portamonedas de cuero. Ellos bajaron del taxi pero yo no lo hice. Creí que lo mejor que podía hacer era retirarme en ese momento, porque inclusive estaba sin muchas ganas de tomar unos tragos (ya que no acostumbro beber a mitad de semana, salvo raras excepciones). —Bájate de una vez —me exigió Patricia, abriendo mi puerta con ligera molestia.

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—Joven, estoy un poquito apurado —pretextó el taxista, enturbiando el tono de su voz—. No sé si podría apurarse porque se me está haciendo tarde. —Sí, es que me he adormecido un poco, le pido que me disculpe —alcancé a decirle al percatarme con un poco de sorpresa de lo ridículo e infantil de la escena. —No hay problema, más bien tómese un vaso a mi salud y que tenga un buen día. —Gracias. Hasta luego.

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SIETE TODAVÍA me parecía mentira que habíamos llegado hasta allí para que el enamorado de Patricia y yo nos conociéramos. Patricia fue la primera en ingresar, la siguió el gordo y yo le puse fin a esa fila india saludando a Paco antes pisar el bar. El amplio local, como siempre, se insinuaba lóbrego y plagado de coloquios frívolos que expelían licor y tabaco, sólo quedaban un par de mesas libres. Al fondo, en el extremo izquierdo, había un tipo que nos daba la espalda, estaba acodado en el mostrador y platicaba animadamente con el «tío Leopoldo»

—así

llamábamos cariñosamente al dueño del local; lo único que sabíamos de él era que había nacido en Rosario, Argentina y que radicaba en el Perú desde hace aproximadamente unos cinco años, por motivos que él siempre se empeñó en ocultar con obstinación puritana—; mientras éste, instalado en el banquillo más alto de todo el bar, limpiaba con un paño húmedo algunos de los cuadros que formaban un abanico de imágenes que atiborraban las amarillentas paredes del local. Dichos cuadros no eran más que fotos enmarcadas de grandes personajes argentinos: aparecía Carlos Gardel con guitarra y sombrero, Julio Cortázar fumando un humeante habano, la rugosa imagen de José Hernández tomándose la copiosa barba, Ernesto Che Guevara con esa mítica boina ornada por una fulgurante estrella solitaria, Diego Armando Maradona enfundado en la casaquilla azulina del Nápoles, César Luis Menotti con un balón de fútbol apoyado en su cintura, y otros tantos que no conozco. —¡Alonso! —gritó Patricia, e inmediatamente el tipo que nos daba la espalda volteó y, sonriendo efusivamente, abrió los brazos. Ella, abrumada por la emoción, corrió hacia él y justo antes de llegar, resbaló con el casco vacío de una botella de cerveza que descansaba en medio del suelo, pero él logró atajarla antes de que ella rozara el suelo. La

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tomó de la cintura, la aferró con violencia a su cuerpo y le dio un beso tan largo y exagerado que hizo que todos los anónimos bebedores de las mesas del local interrumpieran sus conversaciones y libaciones para espectar en silencio a la llamativa pareja que, ciertamente, empezó a causar sensación. —¡Che, pará de una vez! —le gritó el tío Leopoldo al tipo llamado Alonso, mostrando un gesto complaciente—. Acaso querés asfixiarla, ¡dejála!, porque le podés arrancar los labios a la pobre mina. El gordo y yo nos quedamos casi en la entrada observando — como lo seguían haciendo todos los circunstantes— a Patricia en los brazos del sujeto de la barra. Cuando por fin la soltó, empezó a acariciarle los hombros mientras le hablaba al oído. Ella sonreía y le aliñaba las cejas con esa delicadeza que sólo tienen las mujeres. —Van a pasar o se van a quedar parados como un par de giles — nos dijo el tío Leopoldo con una severidad terminante. El gordo le sonrió nerviosamente, luego me miró y me largó la invitación que yo no quería recibir: —Vamos, te voy a presentar a Alonso. — Ya —le alcancé a decir sin muchos bríos y con ganas de un buen trago; y es que cuando vi a Patricia, atrapada en los brazos de ese tipo, intuí que, en realidad, ella siempre me había gustado… Hay cosas y sensaciones íntimas que me sacuden el cuerpo y que nunca he alcanzado a entender: en esos momentos, por ejemplo, me sentía ¡decepcionado! Sí, estaba decepcionado sin tener un fundamento válido.

«¿Por

qué

diablos

me

has

decepcionado?

—pensé,

apesadumbrado—. Patricia eres una pobre ramera.» Cuando nos acercamos a ellos, recién alcancé a verlo nítidamente y, en verdad, se parecía mucho a mí: tenía la misma talla, color de piel y ojos, gestos, corte de pelo, facciones, etcétera. (No sé si viene al caso

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decirlo, pero mi mamá siempre decía que todos tenemos en alguna parte del mundo a nuestro doble. Tal vez, acababa de encontrar al mío.) —Alonso te quiero presentar a tu gemelo —le dijo Patricia, luego me miró y agregó—: Se llama Eduardo… Eduardo Echenique, te va a caer muy bien. —Hola Eduardo —me dijo con un acento raro y presuntuoso; creo que también se sorprendió al notar nuestro considerable parecido—. Soy Alonso Chávez, el enamorado de Paty. Oye, ¿eres algo de Bryce Echenique? —Que yo sepa no, aunque… —¿Si o no que se parecen? —nos preguntó Patricia, interrumpiendo mi respuesta. —Bueno, creo que tenemos algo, pero muy poco —traté de malograrle la fiesta. —Sí Paty, no es para tanto —me apoyó Alonso, utilizando esa horrible voz que estaba aderezada con un acento engolado; y continuó—: Pero me estabas hablando de tu parentesco con Bryce Echenique, ¿lo conoces? —En realidad sí —le mentí y escruté su reacción antes de continuar—: es mi tío. Pero no me gusta decirlo, porque todo el mundo quiere que se lo presente y, como comprenderás, yo no puedo hacer eso: él es una persona muy ocupada… ¿Tú admiras a mi tío? —¡Claro! —me dijo gratamente sorprendido y el gordo me miró con inocultable incredulidad—. Es un gran escritor. Me gustó mucho Un mundo para Julius, esa novela la leí como tres veces, me parece excepcional. Ahora estoy hojeando Guía triste de París. —Creo que te gusta mucho esa rama de la literatura —le dije con cierto desencanto—, yo sinceramente no leo muchas novelas. Me gustan más los ensayos y los cuentos; Ribeyro es el mejor cuentista que

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hemos tenido, hay un cuento de él que me fascinó cuando estaba en el colegio… Pero ahora no me acuerdo del nombre… —Los gallinazos sin plumas —intervino el gordo, con una voz adormecedora. —No, ése es bueno pero el que yo digo es otro —le dije y alcancé a recordar el nombre del cuento—: El profesor suplente, el cuento se llama El profesor suplente. —Sí, sí he leído ese cuento, es muy bueno —afirmó Alonso—. Yo también creo que Ribeyro ha sido nuestro mejor cuentista. Y el mejor novelista que el Perú tiene es, sin duda, Mario Vargas Llosa. —Paren un poco la mano y acomódense aquí —nos dijo el tío Leopoldo señalando una mesa vacía que acababa de limpiar—. A mí también me gusta la literatura, en esa pared tengo a varios fenómenos de mi país: ¡escritores bárbaros! Nos sentamos en la mesa y empezamos a explorar todos los retratos de la pared. El tío Leopoldo se acomodaba el mostacho mientras ojeaba con orgullo todos los rostros de sus famosos paisanos que, en blanco y negro, adornaban las paredes del bar. —¿Con cuántas empezamos? —nos dijo el tío Leopoldo, dirigiéndose a la barra. —Tres heladas, al toque —le dijo el gordo—, y una cajetilla chica de Hamilton para darle de comer a los pulmones. —Quién diría que íbamos a hablar de literatura —murmuré mirando a Patricia: ella apenas sonrió y permaneció en silencio. Desde hacía un buen rato que no abría la boca. Fue en ese momento en el que caí en la cuenta de que, estando con él a su lado, ella se transformaba camaleónicamente. No era la misma chica de la universidad, ahora adquiría una personalidad sumisa y hasta hipócrita: su mirada me daba la razón.

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—¿Cristal, Pilsen o Cuzqueña? —nos preguntó el gaucho desde la barra, dándonos la espalda y abriendo la congeladora. —Cristal nomás —dijo el gordo con indiferencia. —A falta de algo mejor —murmuró Alonso y echó una sonrisa cínica. —¿No te gusta la Cristal? —le pregunté como tratando de convencerme de algo que empezaba a sospechar. —Sí, normal —me dijo sin ganas y con la anuencia de su enamorada y de su amigo; luego titubeó un instante antes de proseguir—: Te cuento que la primera vez que vine a este bar, el argentino me hizo pasar un apuro tremendo. Yo le pedí dos Arequipeñas y él me dijo que no conocía esa cerveza: ¡que aquí no existía! —«Éste tonto es serrano, con razón habla tan horrible», pensé en ese mismo instante y lo empecé a mirar con desdén—; yo me alteré y le dije que en Arequipa sólo se toma cerveza Arequipeña. Él me miró como a un bicho raro y levantó la voz para preguntar a todos los que estaban en el bar, algo parecido a esto: «Atención todos, ¿alguien tiene una cerveza Arequipeña para este arequipeño que sólo toma Arequipeña porque así lo han decidido los arequipeños de toda Arequipa…» Y armó un trabalenguas, tan largo y ridículo, que arrancó risas en todo el bar… Desde ese momento todos empezaron a contar chistes de arequipeños y a pedir Arequipeñas sólo con el afán de molestarme… Ya sabes tú cómo les encanta a los limeños fregar a los arequipeños. —¿A los limeños nos encanta molestar a los arequipeños? —le pregunté, silabeando con sarcasmo—. Oye, por favor: no seas igualado. A nosotros no nos importan los arequipeños, porque no están a nuestra altura. Además, creo que tú tuviste toda la culpa, porque hay que ser

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verdaderamente un idiota para pedir esa marca de cerveza aquí. En Lima no tomamos cochinadas. ¿Arequipeña? Ni para limpiar el vaso. —No seas infantil, Lalo —por fin volvió a hablar Patricia, frunciendo el ceño. —Oye, no vas a tomar partido por él sólo porque es tu enamorado —le dije, ofuscado por su parcialidad—, nosotros somos limeños ¿si o no? —Sí —asintió el gordo frotándose las manos—, pero yo viví mucho tiempo en Arequipa y allí conocí a Alonso; a mí me gusta mucho Arequipa y su comida es…

—A mí también me gusta mucho Arequipa —le quité la palabra utilizando un tono conciliador, pero luego desenvainé la espada—: El problema no es la ciudad, son los arequipeños ¿no es cierto? —Mejor cambiemos de tema —dijo Patricia mientras el gordo abría con los dientes la cajetilla de cigarros que le acababa de traer el tío Leopoldo; ella volvía a ser la chica que me gustaba: la que ponía el orden y apagaba los incendios—. No sé por qué se empeñan en discutir cosas tan superficiales. Lo importante es el país, no la ciudad en donde hemos nacido, eso es algo elemental: da lo mismo ser de Piura, Loreto, Arequipa, Lambayeque, Puno o Lima, porque todos somos peruanos. El Perú está por encima de todo y de todos ¿entienden? Nos quedamos en silencio luego de la enfática reprimenda que nos dio Patricia. Después el gordo, molesto, apuró al tío Leopoldo (que se había olvidado de traer las tres cervezas a nuestra mesa). Cuando trajo las tres botellas heladas, las puso con una energía que hizo temblar las cuatro enclenques patas de la mesa. Nos pidió disculpas por el olvido argumentando que su memoria se estaba descomponiendo. Empezó a bromear respecto a nuestro sepulcral silencio y hasta se animó a

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lanzarle un piropo a Patricia; luego trajo cuatro vasos de vidrio. Alonso, disconforme, lo miró y le dijo: —Oiga señor: un vaso nada más. Vamos a tomar todos del mismo vaso. —Así chuparán los serranos como tú; pero aquí, los limeños de verdad, somos bien higiénicos —le dije con una prepotencia despectiva que volvió a incendiar la pradera—. Así que vamos a tomar con vasos individuales y se acabó. ¿O acaso quieres que yo pruebe tu baba? —No te exaltes, yo no te he insultado en ningún instante —me dijo Alonso, sin mirarme al rostro y adoptando una postura algo amanerada. —Yo, tampoco —le dije—, pero si para ti la palabra serrano es un insulto; ése es tu problema, no el mío. Yo soy costeño… Ahora dime tú, ¿eres o no eres serrano? —No le hagas caso, Alonso —dijo el gordo—, porque no vale la pena. —Sí vale la pena —repuso Alonso, levantando el tono de su voz y golpeando la mesa con la palma de la mano—, porque hay que desembrutecer a este presumido. Yo soy serrano, pero tú le otorgas un aliento despectivo a esa palabra. ¡Eres un pobre diablo! —Eso sí es un insulto —le dije—. Pero yo no me pico… El que se pica pierde. —Dejen de hincharme las pelotas —nos dijo el tío Leopoldo, luego de escuchar en silencio nuestro chispeante debate—. Voy a dejar los cuatro vasos, usen los que les dé la puta gana. Destapé una botella de cerveza, me serví un vaso entero mientras Patricia le susurraba algo en el oído a su enamorado. Luego llené el vaso de Patricia hasta la mitad y se lo entregué pero ella lo recibió con perversa indiferencia y lo puso sobre la mesa sin tomar una sola gota.

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Alonso y el gordo —nuevamente— permanecieron callados unos momentos. Cuando yo andaba por la mitad de mi vaso, Alonso prendió un cigarrillo, hizo tronar los dedos de su mano izquierda y le pidió al tío Leopoldo un cenicero. Luego de echar, lentamente, una bocanada de humo me dijo: —Tienen que entender de una vez por todas que ¡el Perú no es Lima! —Se empezó a servir un vaso de cerveza mientras seguía hablando—.

Ustedes,

los

limeños

son

superficiales,

frescos,

sinvergüenzas, mentirosos, inmorales y prepotentes. ¿O no? —¿Nosotros? —Me reí a mis anchas en toda su cara—. Te recuerdo que Vladimiro Montesinos es arequipeño, y allí también nació un tipo llamado Abimael Guzmán, ¿los conoces? Además, todos los arequipeños son hipócritas, acomplejados y retrasados. ¡Ustedes nos envidian! No aguantan que Lima sea la ciudad más importante del país. No sé quién les ha engañado que Arequipa rivaliza con Lima… Lima compite con Santiago o Buenos Aires… Te lo repito: para nosotros, Arequipa no existe. —Me apena que caigas en la mezquindad de acordarte sólo de los arequipeños que perdieron la brújula, ¿dónde quedaron Mariano Melgar, Vargas Llosa y Víctor Andrés Belaúnde? Lo cierto es que Arequipa es una ciudad paradójica, porque le ha dado al Perú las mejores y las peores mentes de la patria. Esto ha hecho que, a través de la historia, nuestra ciudad se convierta en la gran niveladora de la sociedad peruana: ¡es la ciudad de los extremos! —¿La ciudad de los extremos? —preguntó el gordo mientras apagaba un cigarro—. Es el nombre del poema que me dijiste que estabas redactando ¿no es cierto? —Sí, Marco, así he llamado al poema que estoy terminando. Arequipa es la ciudad de los antagonismos más irreconciliables, y

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cualquier sociedad necesita de esos extremos en ebullición permanente. Porque de esta manera la sociedad algún día podrá alcanzar un balance salomónico y el país anclará justo en el medio. Alonso, con inocultable emoción, sacó una billetera café de uno de los bolsillos de su pantalón y, luego de rebuscar varios compartimentos, extrajo un pequeño papel cuadriculado que estaba doblado varias veces. Lo abrió y, modulando la voz, leyó en voz alta el borrador de un poema que él había compuesto (y que yo conservo hasta estos momentos, porque, luego de leerlo, me lo regaló. Yo, después de mirar a Patricia, no me animé a rechazar el inesperado mamarracho):

LA CIUDAD DE LOS EXTREMOS Nada mejor que mi patria chica: la ciudad de los extremos. Del Perú, la jamancia más rica y un volcán que todos queremos. Sé que muchos necios me envidiarán, porque aquí el regionalismo cunde. Poseemos algo tan bajo como Abimael Guzmán y tan enorme como Víctor Andrés Belaúnde. Aquí nació Mario Vargas Llosa, también Vladimiro Montesinos; uno, de literatura pomposa, el otro, de intereses cochinos.

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Así es mi Ciudad Blanca, que engendró a muchos hombres de gloria y también a esa truculenta escoria que no sabe utilizar la palanca. Arequipa, ciudad con himnos y canciones; Ciudad Blanca, Santo Cofre de la Erudición. Con sillar se forjaron las más Gloriosas Revoluciones que marcaron la sinuosa historia de mi nación.

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OCHO MURIÓ la tarde en medio de cervezas que se multiplicaban, colillas de cigarro que perecían en el fondo del cenicero de metal, mesas contiguas que se iban quedando silenciosamente vacías, e inesperadas confesiones que brotaban gracias a la decisiva cooperación del alcohol que navegaba, cada vez con más vértigo, por todas nuestras venas: yo empecé diciéndole que era broma lo de mi parentesco con Bryce Echenique, y él me indicó que siempre lo había sabido, pero que me siguió la corriente «para ver hasta dónde llegaba con esa fábula»; él, bastante deprimido, me confesó que estudiaba Medicina en la UNSA —por presión de sus padres, que eran connotados médicos—, pero que, en realidad, soñaba con ser «poeta como Mariano Melgar…» Después de escuchar ese extenso y amargo testimonio, me animé a aceptar que yo era un racista… que no sabía si en verdad quería ser periodista. Cuando la oscuridad de la noche se empezaba a colar por la puerta del bar, sonó el celular del gordo —que era el más borracho de los cuatro, porque Patricia bebía muy poco—; él quiso ponerse de pie, para apartarse de la mesa antes de contestar, pero casi se va de bruces contra el suelo. Patricia y Alonso le advirtieron que se había pasado de copas y le ordenaron que contestara sentado. Él aceptó a regañadientes. Habló durante menos de un minuto utilizando monosílabos y con una voz anodina (que hacía juego con sus ojos adormitados). Se despidió de su interlocutor y, luego de eructar, dijo: —La chamba me llama, tengo que ir a redactar un discurso. —¿Para quién? —preguntó Alonso, haciendo argollas con el humo de su cigarro. —Para el jefe de mi viejo —respondió el gordo, echando un contagioso bostezo de cocodrilo—. Mañana va a inaugurar una sucursal

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del banco en Chorrillos. Yo le hago los discursos y siempre me cae algo, es generoso el tío: con esa plata apuesto en el hipódromo y me pago mis chelas; así que tengo que ir a inflar mi billetera… —¿Cómo vas a escribir un discurso, si estás entre Pisco y Nazca? — señaló Alonso, con un tono burlón—. Quédate nomás, porque, así como estás, no vas a terminar ni la primera oración del discurso. —Borracho escribo mejor —repuso el gordo, apurando las últimas gotas de su vaso de cerveza—. No te olvides que: La comida embrutece y… —El trago ilustra —Alonso terminó la frase, sonriendo—. Pero, entiende que tú estás hasta las patas… Ni te puedes parar solo. —No te preocupes —dijo el gordo y luego, dirigiendo una mirada furtiva hacia la puerta, levantó la voz—: ¡Por favor, alguien que me ayude a pararme! Vinieron Paco desde la puerta y el tío Leopoldo desde la barra; ambos lo ayudaron a ponerse de pie. —¿Te acompaño, Marco? —le preguntó Patricia. —No, quédate nomás, porque el flaco se puede poner celoso — bromeó el gordo. —No se preocupen, yo lo embarco —dijo Paco y le guiñó el ojo al gordo; después de eso, una de las pesadas manos del gordo se posó con delicadeza en el hombro de Paco y éste, haciéndole bromas idiotas, lo acompañó a tomar un taxi. Hasta el instante en el que el gordo se despidió de nosotros, tengo mis recuerdos muy claros y precisos. Pero de allí en adelante las imágenes son algo frágiles y peligrosamente borrosas, por ejemplo, estoy casi seguro de que nunca volví a ver Paco en todo el resto de la noche… Sí, desde que salió con el gordo, nunca más volví a ver a Paco… Es extraño: no sé por qué diablos no regresó al bar; tenía que

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haber regresado, ya que él siempre trabaja durante toda la noche — poniendo en su lugar a todos los borrachos que acostumbran hacer algunas trifulcas— y, además, cierra el bar con el tío Leopoldo. (Durante todo el día me ha remecido la idea de que el gordo tenía las mismas inclinaciones sexuales de

Alonso; y es lo más seguro,

porque por algo eran amigos tan íntimos… Pero me da pavor tan solo pensar que Paco, un tipo con el que me he metido incontables borracheras en ese mismo bar, sea también un maricón: ¿se habrá acostado esa noche con el gordo, en la apestosa cama de algún hotelucho? No lo sé, ojalá que no. En estos instantes mi cerebro es un hervidero, una caldera, una verdadera olla de grillos… A veces me parece que todos los que estaban en ese bar eran una sarta de sodomitas: el tío Leopoldo, Alonso, el gordo y Paco. Todos ellos me producen una inefable repulsión: ¡homosexuales! Los detesto con la misma intensidad con que odié al viejo Napoleón cuando me desdoró delante de todos mis compañeros... Si yo pudiera, acabaría con todos los cholos y los maricas que joden a este país.) Tengo el brazo cansado, los huesos de mi mano crujen de fatiga y al lapicero se le está agotando la tinta. Estoy extenuado: tengo que darme un descanso. Ahora ya no puedo seguir, pero sé que tendré que hacerlo dentro de poco.

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NUEVE RECUERDO con relativa claridad un momento clave de la noche: cuando me quedé a solas con Patricia —y eso aconteció porque Alonso iba periódicamente al baño, como lo hacíamos Patricia y yo, pero él casi siempre acostumbraba demorarse más que ambos; los escusados quedaban al fondo del bar, cruzando un largo y mal alumbrado pasadizo que desembocaba en un patio apenas pavimentado que tenía dos baños con letreros diminutos: el azul para hombres y el rosado para mujeres—. El bar, como nunca, estaba completamente vacío y cuando la vi, fumando calmosamente y sonriéndome adormitada en medio del incitante silencio nocturno, sentí que era mi última oportunidad; por eso decidí aprovecharla. Me paré, tomé mi silla y, arrastrándola de las patas traseras, la pegué a la suya. Ella, entre nerviosa y sorprendida, alcanzó a decir: —¿Qué estás haciendo? —Lo que tú quieres que haga, sólo lo que tú quieres que haga —le dije al oído y se lo alcancé a morder sutilmente. —Lalo: ¿qué es lo que te pasa? —exclamó, trémula y apremiada por la confusión. Le tomé la mano derecha y, cuando nuestros dedos se enlazaron, sentí que nuestros cuerpos se estremecieron. Fue en ese mismo segundo cuando hicieron presa de mí unas incontenibles ansias de abrazarla y besarla hasta que nuestros labios derramen sangre y nuestros corazones exploten de pasión: comprendí —una vez más— que si quería hacer o decir algo, ése era el único momento: —Patricia, te amo con todo mi ser —le dije temblorosamente y experimenté la nerviosidad más honda e ingobernable que haya sentido en toda mi vida, pero, a pesar de todo, continué —: No resisto más el

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verte al lado de ese imbécil que está en el baño. Tú te mereces algo mejor, ese infeliz no vale la pena. Ella se sonrojó, zafó su mano intempestivamente y alcanzó a decirme: —Tú no sabes lo que dices: estás ebrio, ¡tranquilízate, por favor! ¡Estás hecho un diablo! —¿Un diablo? —Sí —exclamó y luego agregó algo que nunca olvidaré—: no olvides que en cada instante de nuestras vidas nosotros decidimos si queremos ser dioses o diablos. Has tomado mucho y el trago te ha puesto diablo. ¡Cálmate! —¿Cómo quieres que me calme? Si estoy como estoy es por tu culpa: hoy me has decepcionado, ¡me has decepcionado!, ¡eres una ramera! —¿Qué te pasa? —me preguntó, balbuceante—. Lalo, me estás insultando. Cierra la boca, porque has perdido los cabales. —Tú eres la única culpable —la tomé de los hombros y se los empecé a frotar con violencia—. ¿Por qué me trajiste acá? Eres una perra, pero te voy a tirar bien tirada, para que veas que soy mejor que ese serrano que escribe estupideces. Empecé a forcejear con ella pero, apaciguando mis impulsos, no intenté besarla a la fuerza. Me llamó la atención que no gritara, sólo me pedía que le soltara los hombros, en ningún momento perdió el control. De pronto sentí que unos pasos empezaban a aproximarse a nosotros. Volteé de inmediato —creyendo que era el argentino— y lo vi por primera vez: era un zambo bajito de enormes ojos que vestía un grasoso mameluco verdolaga y tenía mal remangadas las mangas de ambos brazos.

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—¡Suéltame de una vez carajo, no miras que viene un tipo! —me dijo exacerbada, y la solté maldiciendo la llegada del zambo. El zambo sonrió y nos habló: —Perdonen que los interrumpa jóvenes, pero estoy buscando a… —Te has equivocado de lugar, este bar no es para negros —le dije, enervado—. Así que, de una vez, te vas yendo por donde viniste. El zambo se quedó atónito. Patricia, perdió el control, se paró y salió disparada al baño mientras repetía «¡Alonso, Alonso!». —¿Eres sordo? —le increpé, poniéndome de pie y tomando una de las botellas vacías que había en la mesa—. Te he dicho que te vayas, o quieres que te parta esta botella en tu horrible cara. —¡Basta! —gritó, lívido y deformando la cara—. No voy a acectar que me sigas insultando, yo estoy buscando al señor Leopoldo, él me ha ofrecido una chamba en este bar. Ambos sentimos un grito sordo que provenía de los baños, pero no le prestamos mucha atención. Sin perder tiempo, lo volví a vejar: —¡Fuera negro de mierda! —¿Qué te crees tú, blanquiñoso engreído? —me increpó rabioso, antes de lanzarme un impetuoso empujón que me desparramó por el suelo. Al caerme, la botella que sostenía con la mano izquierda se partió por la mitad y se transformó en una peligrosa y filuda herramienta de defensa. Me paré mostrándole la botella y lo volví a encarar: —¡Ahora te quiero ver negro asqueroso! Vas a morir como perro. Me quiso tomar la mano izquierda para que soltara la astillada botella, pero me percaté y le hice un tajo en la cara interna de su antebrazo. Un hilo grueso y sanguinolento se iba dibujando en su brazo derecho. Lo miré con asco y lo escupí.

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—Eso es lo que querías, eso es lo que querías —le repetí, mientras él se limpiaba mi escupitajo que le había caído en su sucio rostro. De un momento a otro, se lanzó, como un felino, sobre la mesa para coger una de las botellas. Yo alcancé a pasarle la botella por el cuello. Le hice un tajo mortal justo a la altura de su manzana de Adán. La sangre empezó a fluir a borbotones y me salpicó por todo el cuerpo. El negro, rugiendo de dolor, cayó pesadamente al suelo y su sangre se empezó a esparcir por todo el bar. Cuando contemplaba en silencio las últimas boqueadas del negro sentí que alguien venía corriendo de los baños. Era Patricia que, entre sollozos, repetía: «Eres un marica, Alonso eres un maricón». —¿Qué te pasa? —le pregunté sin perder la compostura—, ¿por qué lloras? Ella, al percatarse de lo que había pasado, palideció y exclamó desolada: —¡Pero qué le has hecho! Antes de que yo alcanzara a decir algo, le vino un vahído y cayó por los suelos. Yo corrí hacia ella, la abracé y le manché los hombros con toda la sangre que tenía en mis manos. La besé en los labios y ella alcanzó a balbucear con los ojos cerrados: —Los encontré, los encontré a los dos en el baño… Alonso es un maricón. Cuando aparecieron en la escena del crimen —Alonso y el tío Leopoldo— caí en la cuenta de lo que había sucedido en el baño mientras yo exterminaba al negro. Patricia había encontrado a Alonso tirando con el argentino. El tío Leopoldo todavía tenía la bragueta abierta y Alonso repetía, tartamudeando, el nombre de la mujer que nunca supo amar. Ellos me observaron aterrorizados y yo los miré con un asco indescriptible.

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—¡No se le acerquen! —les advertí, gruñendo y deformando la cara—. Si alguno de ustedes se acerca a Patricia, lo mato como al negro. La besé nuevamente en la boca y le froté esos hombros pecosos que todo el día me tuvieron intranquilo. Le acomodé su ensortijado cabello murmurando «Barbie». Anudé mis zapatos, luego me paré, cogí mi mochila y salí corriendo del bar… del nefasto bar que había cambiado mi vida. «La Cucaracha», es el nombre del maldito bar en donde me comporté como una verdadera cucaracha, como un asqueroso insecto... En ese bar me convertí para siempre en una despreciable alimaña.

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DIEZ BASTARÁ agregar en estas enigmáticas y frenéticas líneas finales que estoy escondido en la casa de verano que tiene mi tío Adolfo —el hermano mayor de papá— en Ancón. A él fue al primero que le confesé todo lo sucedido… Hoy me enteré por los diarios que el tipo al que maté se llamaba Ambrosio Risco, supe también que era repartidor de cerveza, estaba casado y tenía tres hijos. Dicen que mamá entró en estado de shock cuando le avisaron, la han internado esta mañana en la Clínica Americana. Papá me llama cada media hora y me pregunta algo que, por más que quisiera, hasta ahora no puedo responder: —Hijo, ¿por qué cometiste esa imprudencia? —No sé, no sé, papá —siempre le respondo, invadido por la confusión y el desasosiego—. Todo comenzó en la universidad…

Arequipa, 03 de noviembre de 2003.

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ORLANDO MAZEYRA GUILLÉN (Arequipa, 1980) www.orlandomazeyra.blogspot.com

URGENTE: Necesito un retazo de felicidad (Bizarro Ediciones, Lima), su primer libro de relatos, se publicó en el 2007. Estudió en el Colegio De La Salle y en la Universidad Católica de Santa María. Con Todo comenzó en la Universidad ganó el Primer Premio Nacional Universitario NICANOR DE LA FUENTE (2003), organizado por la Universidad Pedro Ruiz Gallo de Lambayeque. Su narración Ella siempre está, forma parte de la Selección Internacional del XIII Premio CARMEN BÁEZ (2006) de Morelia, México. 3:15 p.m. recibió una de las menciones en el Primer Certamen Literario AXOLOTL de Buenos Aires, Argentina. Ha publicado diarios impresos y revistas literarias virtuales como El Pueblo (Arequipa), CIBERAYLLU, Cervantes Virtual (Alicante), El Hablador (Lima), Letralia (Venezuela), Hermano Cerdo (México), Badosa.com (Barcelona), Destiempos y en el Proyecto Patrimonio de Santiago de Chile. Varios de sus relatos han sido seleccionados por el Proyecto SHEREZADE (Canadá). Otras de sus producciones aparecen el PROYECTO QUIPU que promueve el crítico Gustavo Faverón y en la bitácora GAMBITO DE PEÓN del escritor Ricardo Sumalavia.

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