Juan Carlos Gomez - Gombrowiczidas 18

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Gombrowiczidas

Juan Carlos Gómez

2009

WWW.ELORTIBA.ORG

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WITOLD GOMBROWICZ, ADOLFO DE OBIETA Y EDUARDO GONZÁLEZ LANUZA Cuando a fines de 1945 Gombrowicz anuncia en el café Rex que va a regresar a la literatura con la traducción de “Ferdydurke”, sus amigos se proponen ayudarlo. Era preciso asegurarle la subsistencia para que se dedicara exclusivamente a la traducción; Adolfo de Obieta se ocupa de organizar a los amigos. “En lugar de buscar un mecenas habíamos tenido la idea de reunir a una docena de amigos de buena voluntad cuya contribución sería de cien pesos cada uno, lo que nos permitiría reunir mil doscientos pesos, o sea una subvención de trescientos pesos por mes. Se precisaba que no se trataba de un regalo sino de un préstamo, pues los cien pesos les serían devueltos a cada contribuyente cuando se cobraran los derechos de autor. Era una especie de fondo nacional para las artes... Pero en esta ocasión, como en tantas otras, la solución vino de parte de Cecilia Benedit de Debenedetti a quien Gombrowicz dedicó la edición argentina de „Ferdydurke‟ (...)” Adolfo de Obieta había publicado, antes de que Gombrowicz emprendiera la traducción de “Ferdydurke”, un cuento que forma parte de esta novela: “Filifor forrado de niño”. A pesar de la buena voluntad que le manifestaba el hijo de Macedonio Fernández Gombrowicz no hacía excepciones con él. “Hubiera podido escribir un libro sobre el arte de caer en desgracia. Creo que González Lanuza ha dado cátedra acerca de las cien maneras de hacerse querer; Gombrowicz hubiera podido describir las cien maneras de resultar desagradable (...) A parte del hecho de que diera vueltas en torno a su órbita solitaria, era capaz, en el momento de sus apariciones, de dar pruebas de un talento único para desagradar. Hubiera podido escribir un libro sobre el arte de caer en desgracia (...)” “No hacía como algunos aristócratas que se muestran groseros durante dos minutos para liberarse para siempre de una persona molesta, sino que a veces se entusiasmaba con sus maniobras de autodefensa y era capaz de alienarse a personas que podrían admirarle y ayudarle. Ese demonio nunca lo abandonó (...)” “Me gustaría añadir, para rendirle un homenaje, que nunca lo he oído quejarse. Este hombre que había escrito „Ferdydurke‟, que se había quedado sin nada, encontraba probablemente más gracia y más lógica que nosotros en su propia vida. El aristócrata podía ser incisivo, excesivo, antipático, pero no podía ser amargo. Su respuesta no era el gruñido, ni la irritación, ni la resignación, su respuesta era Gombrowicz” Eduardo González Lanuza padeció el exceso de antipatía que despertaba Gombrowicz más que ningún otro hombre de letras argentino. Cuando apareció el “Diario argentino” escribió una nota excelente para la revista “Sur”, un texto que la Vaca Sagrada le pidió como testimonio para su “Gombrowicz en Argentina”, pero no lo publicó. De igual modo le mandó un ejemplar dedicado a través de Alicia Giangrande. “Debo agradeceros los trabajos que os habéis tomado para enviarme el tomo del repelente Gombrowicz, o como sea, aunque acaso hubiese sido mejor que directamente se lo hubierais entregado a alguno de sus admiradores. No sé por qué la señora Rita se tomó el trabajo de pedir mi autorización para publicar mi artículo de „Sur‟ y, a última hora, decidió prescindir de él, pero no de alguna carta de ese caballero en la que me alude con su habitual insolencia.: „Está aquí González Lanuza que huye ante mí tal un

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conejo ante un león embravecido, pero no tiene donde escaparse así que lo agarro y lo jodo‟ (carta desde Piriápolis, 14 de febrero 1963 a Mariano Betelú a quien en otras cartas le llama „cariñosamente‟ con el significativo sobrenombre de „Flor de Quilombo‟!!!) (...)” “En verdad, cuando lo veía llegar con su estampa de antipático profesional, de haber sido ello posible, mi primer deseo hubiera sido desaparecer, no por el insensato temor conejil que me atribuía, sino por liberarme de la presencia de su presuntuosa y presunta superioridad, que me producía, no temor, sino algo muy distinto: aburrimiento. La pedantería siempre me ha resultado insoportable: era bastante sintomática su preferencia por la inmadurez juvenil, no del todo desprovista de cierto matiz pederástico” Hay que decir, sin embargo, que González Lanuza escribió hace más de cuarenta años un buen texto sobre el “Diario argentino”, una pequeño ensayo que aventaja con holgura muchas intervenciones posteriores de los escritores hispanohablantes. Algunos de sus pasajes nos muestran cuánta era la paciencia que tenía con Gombrowicz. “Erguido, con el aire de quien se ha tragado un asador y se siente feliz al no acabar de digerirlo, sentado frente a su interlocutor, pero no del todo de frente, sino de modo tal que su mirada forme un ángulo, no excesivo pero evidente, digamos de unos quince grados, para que esa pequeña pero significativa desviación señale las diferencia entre el ser y el no-ser, accediendo al reconocimiento del semi-ser ajeno, no por caridad, sino por necesidades intelectuales imprescindibles para no confesarse que está hablando a solas (...) Nos dice que durante un tiempo se hizo pasar por conde. En realidad habría que reprocharle la excesiva facilidad del embuste, pues su natural empaque lo hace de una verosimilitud abrumadora (...)” “Padecí el flagelo de su inteligencia, tan lúcida como inaguantable por su inmisericorde falta de intermitencias, durante las largas tardes arruinadas por ella, de un verano entero en mi retiro piriapolitano (...)” “Llegaba con el confesado propósito de discutir conmigo. Ver disminuir la numerosa soledad de mis pinos marítimos por la condescendiente presencia de un caballero polaco que venía a imponerme su personal necesidad de training intelectual adjudicándome una hipotética, y desde luego provisoria, existencia, sin otra finalidad que la de cerciorarse de la indiscutible seguridad de la suya, no era para mí, ni desde luego para mi mujer, un especial motivo de deleite (...) No soy un excesivo cultor de lo que se llama „urbanidad‟. Lo declaro antes de referir una anécdota reveladora de que a todo hay quien gane (...)” “Una de esas tardes estaba en casa nuestro amigo Franco de Segni que preparaba una exposición de „móviles‟, y que había hecho con algunos de sus modelos, unos graciosos dijes de oro. Mi mujer tenía uno puesto cuando apareció el inevitable Gombrowicz. El encuentro entre Franco y Witold no era de los fáciles. Para tratar de facilitarlo, mi mujer se sacó el dije y se lo alargó al recién llegado, diciéndole: –Es obra de nuestro amigo. Gombrowicz se limitó a tomarlo entre sus dedos con la asqueada curiosidad con que podría haberlo hecho con un bicho poco interesante, y tras muy breve silencio emitió su inapelable veredicto al tiempo que devolvía el cuerpo del delito: –Inmoral. (...)” “Una de sus fobias de entonces era Borges, que acababa de recibir el premio Formentor, poco después adjudicado al propio Gombrowicz, y como conocía mi admiración por su obra, procuraba estimular mi indolencia polémica con sus ataques ingeniosamente malévolos de divertida arbitrariedad (...)”

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“De pronto se me hizo sospechosa cierta actitud reticente que en vano trataba de ocultar lo ya inocultable: –Gombrowicz –le dije– ¿Ud. ha leído a Borges?; –Naturalmente que no –respondió imperturbable– ni pienso, con la pobre opinión que tengo sobre su obra... Nunca he oído dicterio más borgiano contra Borges, cosa nada extraña, pues en materia de arbitrariedad es más lo que les asemeja que lo que les diferencia entre sí” Puede ser que en la naturaleza de las provocaciones de Gombrowicz esté presente el conflicto sartreano de la lucha de las trascendencias en la que cada uno trata de exceder al otro con la suya... puede ser. “El Gran Dictador” es una película de Chaplin en la que Hitler y Mussolini, sentados en los sillones de una peluquería, levantan sus asientos con una palanca buscando ambos elevarse sobre el nivel del otro y sobrepasarlo, un símbolo de la lucha entre dos trascendencias. La casa de González Lanuza en Piriápolis fue un lugar de maniobras en el que Gombrowicz se introdujo cuanto quiso sin que nadie lo llamara. Acostumbraba a caracterizar estas intrusiones estrafalarias en la correspondencia que mantenía con nosotros. “Está aquí González Lanuza que huye ante mí tal un conejo ante un león embravecido, pero no tiene donde escaparse así que lo agarro y lo jodo” El pobre González Lanuza, miembro ilustre de la Academia Argentina de Letras, que quería parecer una persona respetable, de repente se dio cuenta que a esa augusta sociedad de escritores había entrado un mono por la ventana que les saltaba de un lado a otro y no lo podían atrapar. El mono, nacido en Polonia, con el tiempo llega a tenerles cariño y confianza a esos desgraciados y los empieza a morder. Y los pobres hombres de letras tranquilizados a duras penas después de muchos años de lucha con su neurastenia y con sus infortunios, no saben qué hacer.

WITOLD GOMBROWICZ Y JAN LECHON Gombrowicz pronunciaba con picardía la palabra Lechon, pues el nombre del poeta se nos asociaba en el café Rex con el cerdo mamón o con el aspecto de un joven obeso. Son bastante conocidas las diferencias que Gombrowicz mantenía con Jan Lechon: la del caballo de la nación, la del cambio de opinión y la de los judíos. Jan Lechon era un miembro distinguidísimo del grupo de los Skamandritas. Los escritores polacos no le habían proporcionado a Polonia ninguna transformación excitante, expresiva y definida. El grupo Skamander estaba constituido por jóvenes agradables pero sin peso, y la vanguardia pergeñaba panfletos grandiosos y revolucionarios concebidos por cabezas provincianas y desesperadas. Polonia se había convertido en un país que soñaba ponerse a la altura de París, entonces, Gombrowicz rompió las relaciones con la gente de su país y con lo que creaban, se dispuso a vivir su propia vida, fuera la que fuese, y a ver con sus propios ojos. Gombrowicz no se sentaba a la mesa de los Skamandritas en los café legendarios de Ziemianska, de Ips y de Zodiak, él actuaba casi únicamente en la planta baja de los cafés, mientras las plantas más altas prácticamente las ignoraba. Boy Zelenski era muy asiduo a esos cafés: –Oiga, dicen que es usted quien reina en el Ziemianska, y que no admite en su mesa a ninguno de nosotros.

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“Efectivamente, no los admitía, era profeta y payaso, pero sólo entre seres iguales a mí, aún no del todo formados, sin pulir, inferiores..., a los otros, los honorables, con quienes no me podía permitir una broma, una mofa, una provocación, a quienes no podía imponer mi estilo, prefería no tratarlos; me aburrían y sabía que yo también los aburría (...) Los poetas de Skamander eran conscientes de su lugar sólo hasta cierto punto, conocían su lugar en el arte, pero no sabían cuál era el lugar del arte en la vida. Conocían su lugar en Polonia, pero ignoraban el lugar de Polonia en el mundo, ninguno de ellos se elevó tan alto como para ver la situación de su propia casa” Las diferencias que mantenía Gombrowicz con Lechon respecto al caballo de la nación surgieron a propósito de una conferencia que dio el Skamandrita en Nueva York para la colonia polaca. “Nuestros sabios de la escritura, ocupados generalmente en la salvaguarda del idioma polaco, no pudieron cumplir con su papel de asignarle a nuestra literatura el lugar que le correspondía entre las otras, de conferir rango mundial a nuestras obras maestras. Sólo un gran poeta, un maestro de la lengua, podría dar a sus compatriotas una idea acerca del nivel de nuestros poetas, situados a la altura de los más grandes del mundo, convencerles de que nuestra poesía está hecha del mismo metal noble que la de Dante, Racine y Shakespeare” A Gombrowicz le pareció que Lechon quería hacerse pasar por ese gran poeta y maestro de la lengua que daría a sus compatriotas la idea del nivel universal de la poesía polaca. “Pero me gustaría llegar a ver el momento en que el caballo de la nación agarre con los dientes la dulce mano de los Lechon” Las diferencias que Gombrowicz mantenía con Lechon respecto al cambio de opinión tienen que ver con una particularidad muy especial de la crítica literaria. Una de las ocupaciones principales que tienen los hombres de letras es la de leer, pero acostumbran a decir que leen más de lo que en realidad leen. Gombrowicz hizo experimentos memorables en Polonia y en la Argentina para demostrar que esta afirmación es hasta cierto punto cierta. En dos momentos distintos y no muy lejanos entre sí, Jan Lechon, escribía sobre Gombrowicz cosas contradictorias. Que era loco, sórdido y hediondo, y poco tiempo después, que su obra era excelente y que le producía mucho placer. ¿Por qué cambió de opinión? Gombrowicz descubre que cambió de opinión porque nunca la había tenido. ¿Y por qué nunca la había tenido? Porque no había leído a Gombrowicz, o porque lo había leído así nomás, echándole un vistazo, que es lo mismo que había hecho Gombrowicz con los poemas de Jan Lechon. De este modo concluye que ésta es la razón por la que existe una mayor orientación en las lecturas que hacen los estudiantes obligados a leer, que en muchos literatos profesionales que hablan con maestría de textos que no conocen. Para conocer con más detalle las diferencias que Gombrowicz mantenía con Lechon respecto a los judíos tenemos que saber antes qué relación tenía Gombrowicz con los judíos. “Esos terribles destructores, esos revolucionarios eran en su mayoría benévolos como niños, bastaba rascar un poquito para descubrir su tendencia soñadora, impregnada de una fe casi mística, su mordacidad se unía en forma extraña a la blandura (...) Yo torturaba cuanto podía su ingenuidad, toda mi táctica se centraba en invertir los papeles a fin de que ellos y no yo se convirtieran en románticos”

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Mientras Polonia fue para Gombrowicz un surtidor de formas rígidas, la Argentina lo regresó a ese tiempo de la vida en que las formas son más blandas. Las convulsiones europeas tenían una réplica en América, pero débil, alcanzaban a un conjunto reducido de personas, mientras Europa estaba completamente movilizada. Y las formas polacas tenían aún un grado mayor de esclerosis que las de Occidente. Algunos miembros de la nobleza polaca se unían a los judíos para darle un poco de aire financiero a sus blasones, eran unas uniones desgraciadas pues sus hijos no llegaban nunca a ser reconocidos en los salones. Los integrantes de la clase alta se comportaban como si nada se supiera, la buena educación los obligaba a evitar en presencia de esas familias la más ligera alusión a los judíos. En su familia el antisemitismo estaba considerado como una prueba de estrechez mental y nadie sentía hostilidad hacia ellos, aunque sí conservaban prejuicios de carácter social. Gombrowicz tenía por costumbre poner en evidencia lo grotesco de la actitud de la nobleza hacia los judíos. Fue en la universidad donde se aproximó verdaderamente al medio semita y descubrió muy pronto que con ellos podía moverse más libremente que con los demás, en todo lo que la libertad tenía de locura y de descontrol. En el café lo llamaban “el rey de los judíos” porque a su mesa concurría una gran cantidad de semitas, eran sus oyentes más fieles. Pero no era solamente la libertad y la audacia el atractivo que tenían los judíos para él, tardó algún tiempo en descubrirlo pero, finalmente, se dio cuenta que tenía con ellos algo más en común: la actitud frente a la forma. No era de extrañar que ese pueblo trágico, sufriendo a través de los siglos enormes deformaciones, tuviera una forma grotesca: barbudos, con levitas, poetas en éxtasis concurriendo a los cafés, millonarios en la bolsa, unos personajes increíbles. Los judíos sienten en su propia carne la vergüenza de este ridículo, pero no saben liberarse de la deformación que los oprime, por tal razón se perciben a sí mismos como una caricatura, como una broma extraña del Creador. Esta actitud tensa de los judíos hacia la forma que les impide ser del todo judíos, como son del todo campesinos o nobles los campesinos o nobles con una forma heredada por generaciones, lo fascinaba a Gombrowicz, era eso precisamente lo que destacaba en sus creaciones: la pugna del hombre con la forma para descubrir su tiranía y para luchar contra su violencia. “Eran entonces problemas casi inconcebibles para la gente de mi medio, que se movía, pensaba y sentía según un modo establecido de una vez por todas, heredado de sus antepasados (...)” “Sólo cuando la guerra y la revolución vinieron a romper este ritual y se pusieron a modelar a la gente como muñecos de cera, cuando todo lo que parecía eterno resultó ser frágil y huidizo, entonces mis ideas adquirieron peso. Pero yo ya me había dado cuenta antes cómo, justamente, respecto a los judíos, esas maneras soberanas y altivas de la gente de mi esfera se derrumbaban penosamente. Los judíos parecían ser un elemento comprometedor ante el cual uno no podía comportarse adecuadamente” Gombrowicz ha manifestado en más de una oportunidad que le debía mucho a los judíos, era un filosemita que consideraba al antisemitismo polaco como bonachón. En el contraste con los judíos se le revelaba la torpeza de la formas ancestrales polacas, su falta de adaptación a la vida.

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El modo judío incorporado al modo polaco era un elemento explosivo que debía dar la oportunidad de elaborar un nuevo tipo de polaco capaz de encarar el presente. “Ayer lo escuché atacando la ingenuidad judía; –¿Qué quiere decir?; –Verá, es que los judíos y yo somos carne y uña, me he especializado tanto en judeología, que podría escribir sobre ellos un tratado. Quienes no conocen a los judíos piensan que son astutos, perversos, refinados, fríos. Pero, en verdad, solamente cuando uno ha comido con ellos un barril de arenques se entera de hasta qué punto son ingenuos. Sin embargo, el caso es que es una ingenuidad ligada a la astucia, así como su romanticismo (ya que son más románticos que Chopin) está ligado a la lucidez; verá, ellos son ingenuamente ladinos y románticamente lúcidos; –No es tanto así; –Oiga, ayer al escuchar cómo los pinchaba, me dije en seguida: vaya, éste les dará una lección, éste sí que ha encontrado su talón de Aquiles” Gombrowicz no estaba de acuerdo con estos comentarios de Jan Lechon, tenía con los judíos una unión espiritual nada superficial, fueron siempre y en todas partes los primeros en comprender y valorar su trabajo de escritor, sin embargo, sus relaciones intelectuales no se extendieron nunca al terreno de la amistad personal. No era tanto la frialdad intelectual de los judíos lo que le chocaba, sino la ingenuidad con la que se dejaban impresionar por el intelecto, una admiración confiada e infantil por la razón científica, las teorías y la cultura en general. Los judíos desempeñaron un papel muy importante en el desarrollo polaco de la época de Gombrowicz. Él se sentía atraído desde su juventud por sus inquietudes intelectuales, por su racionalismo y porque, al mismo tiempo, le proporcionaban una gran variedad de elementos cómicos que tenían mucho que ver con sus debilidades y ridiculeces. No todos los judíos piensan que el antisemitismo polaco era bonachón, como lo pensaba Gombrowicz. Una tarde, jugando al ajedrez, le transmití a Najdorf la invitación a la Embajada de Polonia que le estaba haciendo el embajador Noworyta, tenía muchos deseos de conocerlo: –Vea, Gómez, voy a aceptar porque soy polaco y porque no quiero hacerlo quedar mal a usted pero, me cuesta, los polacos no nos quieren, odian a los judíos. El único personaje judío de la obra artística de Gombrowicz que yo recuerdo es la madre de Stefan, en “El diario de Stefan Czarniecki”, un prototipo de la monstruosidad y del poder del dinero. En el “Diario” también metió un personaje judío, pero Eisler, a diferencia de la madre de Stefan, tuvo que pagarle a Gombrowicz para que lo incluyera en sus escritos. “De allí, alrededor de las doce, me fui al Rex a tomar un café. Se sentó a mi mesa Eisler, con quien mis conversaciones suelen ser más o menos como sigue: –¿Qué hay de nuevo, señor Gombrowicz?; –Pero, por favor, señor Eisler, entre usted en razón, se lo ruego”

WITOLD GOMBROWICZ Y ANDRÉ GIDE La actividad más importante de Gombrowicz en su vida, y casi única, fue escribir. Sin embargo no fue un escritor prolífico, le costaba trabajo pasar de una obra a otra, le costaba también terminarlas, el final le parecía siempre arbitrario. Esta dificultad para

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asomar la cabeza con sus escritos lo hacía sufrir, no tenemos que olvidarnos que Gombrowicz era más un hombre de ágora que de claustro. Cuando empezó a colaborar en “Kultura”, la revista más importante de la emigración polaca publicada en París, con algunos fragmentos de “Transatlántico”, se le dio por escribir unos artículos en forma de diario que le gustaron al redactor: –Este género le va bien, ¿no querría usted continuar? “Un amigo me había prestado el „Diario‟ de Gide en francés. Witold se mostraba desdeñoso con respecto a Gide: –Ese francés y sus historias de homosexuales. Como no había leído casi nada de él, hablaba más bien de la idea que se había hecho. Insistí para que leyese el „Diario‟, y al final fui yo el que no pudo terminar el libro porque Witold no quería separarse de él. Sus comentarios se referían a la significación de diario como género literario. Descubrió un nuevo modo de expresión, un instrumento, y reflexionaba sobre el modo de utilizarlo. Leyó el „Diario‟ de Gide en la posición de escritor, es así como él leía siempre, como creador, como artista. Esta lectura le despertó la idea de escribir su propio „Diario‟, tan distinto, sin embargo, al de Gide” Este relato del Esperpento pone al descubierto que los inconvenientes que tenía Gombrowicz para cerrar la obras y André Gide dieron nacimiento a sus diarios. Dos de los reproches más frecuentes que suelen hacerle a Gombrowicz son los de su falta de sinceridad y su histrionismo, cargos que son más bien aplicables a sus diarios que a su obra artística. Sin embargo, hay que decir que los diarios de Gombrowicz tienen una génesis particular. En efecto, los empieza a escribir porque, según lo sentía él, su empleo de bancario le impedía emprender proyectos literarios de mayores alcances. Comienza a publicarlos cuando todavía no había alcanzado la celebridad pero, lamentablemente para Gombrowicz, la gente sólo compra diarios de escritores famosos. “Posiblemente sea injusto y algo cruel que mi alta vocación haya estado marcada por una falta de ilusiones tan terrible, por una lucidez tan implacable que me persigue todo el tiempo (...)” “La ira que me acomete cuando pienso en un artista como Gide, ¿no estará relacionada con el hecho de que él, a pesar de todo, era capaz de leerle a alguien un texto suyo sin esa desesperante sospecha de estar aburriendo? También pienso que un poco de conciencia de lo que llamamos la importancia social del artista me hubiera sido más conveniente que esta certeza mía de ser socialmente un cero, un marginal” Tuvo que vencer inconvenientes importantes para continuar el desarrollo de este género literario durante diecisiete años (1953-1969), diez en la Argentina y siete en Europa. “Además yo..., con mi vida... Si se suprimiera del „Diario‟ de Gide toda la parafernalia de nombres ilustres, imagino que perdería buena parte de sus clientes. Yo me veía en el café Rex con Eisler, a quien conseguía sacar algunas monedas ganándole al ajedrez. Mi vida secreta no poseía la fuerza ni el color que nutren las memorias de los vagabundos auténticos” Las cosas cambiaron radicalmente cuando se mudó a Europa, allá empezó a comportarse como un mutante, como esos vegetales que adquieren el tamaño del lugar donde los transplantan. Quizás lo que ocurrió fue que se convirtió en una persona seria, en un adulto, en un inmaduro viejo. “(...) hoy, por ejemplo, me levanté a las 9 (me levanto temprano) desayuné (...) me puse a escribir una nota política (pues la grandeza me obliga a tomar la palabra en asuntos de excepcional importancia)”

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De apuro, también, se tuvo que construir un pasado familiar, un árbol genealógico (dibujado ya lo tenía, lo había desarrollado en sus horas de ocio mientras que fingía que trabajaba en el Banco Polaco), pues la fama lo obligaba a esclarecer su pertenencia a una familia de linaje noble, según lo imaginaba Gombrowicz. En el Rex nos decía que no podía comprender cómo Gide podía hacer tantas cosas en el mismo día: –Yo apenas tengo tiempo de escribir un par de renglones y comerme un sandwichito. Sus historias con Gide comenzaron en el año 1928, con su primer viaje a París, cuando se hizo amigo de Jules, un joven de una cultura muy refinada que conocía a Gide y lo visitaba en la casa que tenía en la isla de Cuverville. Treinta y seis años después Gombrowicz vuelve a visitar con su imaginación a André Gide. “En Royaumont, cerca de París, pasé tres meses. Después huí del otoño, primero a la Messuguier, en la proximidades de Cannes. Alquilé la habitación donde antaño había vivido Gide. Mi senda sigue por fin la huella de los hombres que conozco bien desde hace años, como si los alcanzara físicamente post mortem, y siento en mí una voz que dice: estabas desterrado” De Jules no se sabía a qué debía ese honor que le dispensaba Gide, si a su catolicismo, a su talento literario o a su tez melocotón, ya que Gide poseía una naturaleza tan universal como sorprendente. Tenía un gran entusiasmo por los asuntos del espíritu, no faltaba a ninguno de los grandes conciertos ni a ninguna exposición importante. “Un día fuimos al circo con Jules y las payasadas de dos clowns nos parecieron divertidas: –¿Por qué no traes aquí a Gide para que descanse un poco de sus obras maestras?; –Me gustaría, pero si se pone a llorar...; –¿A llorar? Será de risa; –No. Él siempre llora cuando algo le gusta mucho. Es capaz de deshacerse en lágrimas mirando la mejor comedia precisamente porque es buena y divertida. Me pareció grotesco y comencé a burlarme de Gide, al fin y al cabo no era la primera vez, pero Jules se ofendió” En el año 1960 un diario de Berlín Oeste, el “Tagesblatt”, publicó una encuesta internacional a la que respondieron treinticinco grandes maestros de la literatura. Les preguntaron cuáles eran los cinco escritores que más habían influido en ellos. Entre los interrogados estaban Herman Hesse, André Breton, John Dos Passos, Georg Lukácz. Gombrowicz también figuraba en esa lista, aún vivía en Buenos Aires, acababan de traducirlo al alemán y su fama europea crecía semana a semana, en medio de la más ciega indiferencia argentina. Gombrowicz incluyó en el quinteto de los grandes maestros de la literatura a Dostovieski, Nietzsche, Thoman Mann, Alfred Jarry y André Gide. “André Gide. Los Diarios. Tal vez porque yo también escribo un Diario... y sólo Gide ha emprendido con seriedad la elaboración de este género tan amplio y tan existencial, que habrá de prevalecer, sin duda, sobre el relato contemporáneo” A mí me parece que entre Gide y Gombrowicz hay algo más, algo más que pasa por el camino de Sartre: las cuestiones del acto gratuito y de la representación de los sentimientos. Para Sartre, sea como fuere, siempre hay que elegir, y si no se elige también se elige. Sartre tiene la costumbre de poner ejemplos, es una costumbre que tienen todos los pensadores que comprenden claramente lo que dicen y se sienten seguros aunque simplifiquen las expresión de sus ideas. El hombre es un ser sexuado que puede tener

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relaciones con seres del otro o del mismo sexo, puede tener hijos o no tenerlos, la elección que haga lo hace responsable y lo compromete con la humanidad entera. Aunque ningún valor a priori lo determina, su elección no tiene nada que ver con el capricho. Gide teoriza sobre el acto gratuito porque no sabe lo que es una situación, él obra por simple capricho. Y aquí Gombrowicz se pone de parte de Gide, el acto de elegir es para él una nebulosa de la que no puede surgir ninguna responsabilidad. Pero la cuestión más importante era la de la representación de los sentimientos, y en esto estaban de acuerdo los tres: Gide, Sartre y Gombrowicz. Cuando un discípulo le pide consejo a Sartre durante la guerra sobre si tenía que quedarse con la madre o enrolarse en la Resistencia, el filósofo hace una serie de reflexiones. El hijo puede saber si quiere más a la madre sólo si se queda junto a ella, no lo puede saber antes. No puede determinar el valor de este afecto sino con un acto que lo ratifique y defina. Pero el hijo le pide al afecto que justifique el acto, entonces se encuentra encerrado en un círculo vicioso. “Gide ha dicho muy bien que un sentimiento que se representa y un sentimiento que se vive son dos cosas casi indiscernibles: decidir que amo a mi madre quedándome junto a ella o representar una comedia que hará que permanezca con mi madre, es casi la misma cosa. Dicho de otro modo, el sentimiento se construye con actos que se realizan; no puedo pues consultarlo para guiarme por él. Lo cual quiere decir que no puedo ni buscar en mí el estado auténtico que me empujará a actuar, ni pedir a una moral los conceptos que me permitirían actuar” Quien conozca bien a Gombrowicz sabe que podría haber puesto su firma debajo de estas palabras de Sartre, la idea de la representación de los sentimientos es el centro de gravedad alrededor del cual giran las ideas de Gombrowicz. Gide le dio entonces más que un modelo para escribir los diarios, él también creía que los sentimientos empiezan a existir cuando se representan.

WITOLD GOMBROWICZ Y PABLO NERUDA Gombrowicz se veía a sí mismo como un hombre de una naturaleza noble pero también débil, como un rebelde con un reflejo moral simple pero a la vez fuerte. Esta naturaleza lo inclinó a manejarse con una moral granulada para enfrentar a las morales del siglo, el comunismo y el existencialismo, y a la moral milenaria del cristianismo de la que rechazaba sus concepciones erróneas de la igualdad y de la inmortalidad del alma. En los diarios analiza la posición moral de Camus como uno de los casos de los moralistas en la literatura de posguerra. Así como es cierto que la cantidad de los que sufren le pone límites a la comprensión del dolor, como cumplidamente lo había mostrado en el cuento de los escarabajos, también es cierto que la cantidad de los que hacen sufrir le pone límites al sentimiento de culpa, hecho que Camus escamotea para alcanzar sus propósitos. Separa al hombre de su relación con los demás, necesita realizar esta operación para llevar a buen fin su maniobra con la tragedia. Los moralistas no confrontan el alma individual con la existencia, sus proposiciones teóricas andan detrás del perfeccionamiento de la conciencia. Pero la cuestión para

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Gombrowicz es otra, es saber hasta qué punto su conciencia es suya. La conciencia es un producto colectivo, así que con ella no se lo puede tratar al hombre como si fuera un alma autónoma. La actitud trágica de Camus es diferente a la de Schopenhauer, la del alemán es la consecuencia del desarrollo de un pensamiento que se manifiesta como una expansión de una función vital, la del francés es fría y oculta el hecho de que su infierno es intencionado. Camus renuncia al placer que produce la comprensión del mundo para quedarse a solas con la tragedia, porque en nuestra época el hombre trágico es grande, es profundo y es sabio, pero no es el mundo el que se ha vuelto más trágico, sino el hombre. Gombrowicz piensa que a la literatura le resulta indispensable una moral, que sin moral no existiría la literatura, que la moral es el sex appeal de la literatura puesto que la inmoralidad es repulsiva y el arte debe ser atrayente. Una de las razones por la que le resulta difícil darle un tratamiento literario a la moral es porque el sentido moral posee un carácter individual y procede de la idea de un alma inmortal, y en el mundo de Gombrowicz el hombre es creado por los otros hombres. Sin embargo, la moralidad en sus obras se manifiesta con mucha intensidad, es más fuerte que Gombrowicz, él no la busca, pero ella lo busca a él y lo gobierna. La posguerra trajo una ola moralizadora en la literatura a caballo de los comunistas, los existencialistas y los católicos, pero en esta literatura resulta casi imposible separar la moral de las comodidades. Desgraciadamente, el lujo parece acompañar a esta moralidad también en un sentido concreto. Gracias a este tipo de moralidad Sartre, Camus, Mauriac, Aragon, Neruda… tuvieron una gran influencia en las jóvenes generaciones, fueron premiados con el Nobel y con la Academia, y consiguieron de un sistema capitalista inmoral riquezas, honores y amor. Con la moral el artista seduce a los demás y embellece a sus obras, es su sex appel, en consecuencia debería tratarla con la mayor delicadeza. El arte explícitamente moralizador era para Gombrowicz un fenómeno irritante. Que el escritor sea moral, pero que hable de otra cosa, que la moral nazca de sí misma al margen de la obra. Se propuso debilitar en sus escritos todas las construcciones de la moral premeditada con el fin de que nuestro reflejo moral espontáneo pudiera manifestarse por sí mismo. Esta moral del artista se desarrolla con plenitud en la poesía, y es ahí donde apunta especialmente Gombrowicz. La conferencia que dio Gombrowicz en la librería Fray Mocho el 28 de agosto de 1947 fue una reunión tumultuosa, los poetas presentes se empezaron a alterar, reaccionaron con insultos y un viejo poeta le revoleó su bastón. Las palabras que pronunció resultaron tan elocuentes que Nowinski se decidió y lo empleó en el Banco Polaco a fines de ese año en el que hacía su segundo debut su obra más querida: “Ferdydurke”. Gombrowicz dice en “Contra los poetas” algo que muchos años atrás le había manifestado a su profesor de polaco en el liceo y que ya había escrito en “Ferdydurke”. Los versos no le gustaban en absoluto y lo aburrían, una afirmación que Gombrowicz utiliza contra la poesía en verso y no contra la poesía que aparece mezclada con otros elementos más prosaicos, como en los dramas de Shakespeare, en la prosa de Dostoyevski y en una corriente puesta de sol. El leguaje de los poetas es para Gombrowicz el menos interesante de todos y la manera en que los poetas hablan de sí mismos y de su poesía es ridícula y del peor estilo.

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“Contra los poetas” es un ensayo belicoso que le nació a Gombrowicz de la irritación que le habían producido los poetas de Varsovia, su poeticidad convencional lo tenía harto, pero la rabia lo obligó a ventilar todo el problema de escribir versos. A parte de la alteración que se produjo en el público presente y del bastonazo que le quiso pegar el viejo poeta, se desató una batalla tremebunda en la prensa. Gombrowicz no podía esperar que los signos de interrogación que le había puesto a la poesía fueran a ser enriquecidos por los periodistas. Su razonamiento antipoético merecía un análisis bien hecho, no se lo podía despachar en cinco minutos con cuatro garabatos, su idea era nueva y estaba basada en un sentimiento auténtico. Gombrowicz tenía clavada una espina, especialmente con la poesía de Neruda. Cuando algún joven despistado se le presentaba como admirador de Neruda y de sus “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”, Gombrowicz se retorcía en la silla, no podía soportar la presencia del cuerpo viejo y corrompido de Neruda al lado de ese canto al amor. Aunque no está debidamente registrado ni en sus diarios ni en sus innumerables biografías hay que decir que Gombrowicz se encontró una vez con Neruda en una residencia cordobesa. En una de las vacaciones que Gombrowicz pasó en la ciudad de Córdoba se alojó en la residencia de un nuevo rico argentino que había llegado al lugar con unas monedas en el bolsillo y que en la actualidad poseía doscientos millones, un Rolls Royce, un yate, un avión y una piscina de tres plantas que se adaptaban a cada nivel del terreno. “Soporto mal la riqueza, la brutal preponderancia del dinero por lo general me ofende, de modo que interiormente me preparé para mostrarme disgustado y rebelde. Pero resultó que mi rebeldía estaba fuera de lugar” Gombrowicz se fue dando cuenta de que en la mesa donde estaba cenando había una especie de sinceridad infantil y una falta total de afectación y arrogancia. El dueño de la casa, a diferencia del tío en “Ferdydurke”, miraba sin temor a los criados, y eso porque aún hoy seguía trabajando duro, probablemente más duro que sus propios sirvientes. No había reticencias entre el magnate y los empleados, la situación era evidente para todos, en la vida unos tienen suerte y otros no la tienen. “Es cierto que en la Argentina, y quizás en toda América, se da menos importancia al dinero que en Europa. El dinero es más ligero. Es más inocente. Tiene menos pretensiones. Y cambia de manos con facilidad” El vecino de mesa, un coronel simpático y conversador, le señala discretamente a un señor corpulento sentado junto a la señora de la casa: –Es Neruda. Y aquí comienza el desarrollo de un malentendido que tiene un final inesperado, como tantos otros finales inesperados que lo persiguieron durante el cuarto de siglo que vivió en la Argentina. Neruda era un bardo comunista que tenía mucha suerte, pero el pobre Gombrowicz era un burgués instalado en el capitalismo que vivía apenas mejor que un obrero. El cantor del proletariado, censor de la explotación del hombre por el hombre, se revolcaba en millones largos gracias precisamente a su melopea revolucionaria recitada a los cuatro vientos. “No hay mejor cosa que ser un poeta rojo en el podrido Occidente: se goza de una fama universal, también detrás del „telón de hierro‟, se gana un montón de dinero y encima

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todos los placeres de ese capitalismo podrido están a mano. Sin hablar de que una situación casi oficial te convierte en una especie de embajador o ministro” Cuando se había realmente contrariado con todos estos pensamientos que le habían venido a la cabeza se la acerca la señora de la casa: –Señor Gombrowicz, el señor Neruda es un gran admirador suyo. Gombrowicz no comprendía nada, ¿cómo ese enemigo suyo podía ser su admirador? El coronel, muy nervioso, le da un codazo: –Es Neruda, pero no el que usted piensa. Es otro Neruda. Éste es del Chaco. Juró para dentro de sí aprovechar la primera ocasión que se le presentara para vengarse de ese coronel gracioso, mientras tanto salieron a pasear por el campo. Pero, lamentablemente para Gombrowicz, la primera ocasión para hacer una nueva broma se le volvió a presentar al coronel. A la vuelta del paseo se sentaron en el salón, y como las puertas estaban abiertas se metió una serpiente. “Perdí la conciencia de lo que pasaba conmigo y sólo al cabo de un rato constaté que estaba de pie sobre una frágil mesita de caoba: un milagro de equilibrio, que no sé cómo se produjo” Antes de irse a dormir en la maravillosa residencia del magnate Gombrowicz fue víctima de otra broma del coronel. “El coronel me preguntó si me gustaba que me gastaran bromitas. Le contesté que sí, que un hombre dotado de un sentido del humor como el mío puede deleitarse con cualquier bromita. El coronel se alejó un momento para beber agua, mientras yo pegaba un brinco impresionante, debajo de mi sillón se produjo un estallido ensordecedor. ¡Me había puesto un petardo!”

WITOLD GOMBROWICZ, MIGUEL GRINBERG Y ALEJANDRO VACCARO El Zorro, Embajador de la República de Polonia, me mordía los tobillos y me daba golpes en las costillas, quería que consiguiera participantes para la mesa redonda de la Feria del libro en el año del centenario, no le entraba en la cabeza cómo podía ser que todos se negaran, era un desaire para Gombrowicz, para los ponentes polacos: el Pequeño K y la Vaca y, en fin, para todos los polacos que vivían en la Argentina. El Pato Criollo, que se le había retobado personalmente al Zorro, me sugirió que, perdido por perdido, lo invitara a Revólver a la Orden, un filósofo escritor consultado frecuentemente sobre una gran variedad de asuntos, pero no me atreví a tanto, me pareció un desatino de parte del Pato Criollo, casi con seguridad tenía la intención de que yo introdujera en la mesa a un participante que, por distinguiese del resto, podía despacharse con cualquier extravagancia. Que sea lo que Dios quiera, pensé para mis adentros, hablé con el Zorro y le sugerí que invitara al Buhonero Mercachifle. Si bien es cierto que el estilo de este gombrowiczida connotado es un tanto anacrónico y tiene un comportamiento propenso a los desvaríos, había conocido a Gombrowicz y esto para mí era suficiente. El Buhonero Mercachifle aceptó, pero una semana antes del día de la mesa redonda fue a la embajada y tuvo una conversación con El Zorro. Le dijo que para él era un honor que lo hubiera invitado como ponente pero que sólo participaría si le pagaba doscientos pesos.

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El Zorro en un primer momento quedó sorprendido, cuando recuperó la calma le explicó que la historia de Polonia estaba llena de infortunios desde la conversión de Mieszko al cristianismo. A continuación le hizo un relato pormenorizado de los grandes escollos que habían tenido que sortear el rey Estanislao, los mariscales Kosciuszko y Pilsudski y, finalmente, remató el discurso con un breve comentario sobre los contratiempos económicos que habían tenido en la época del comunismo. Estas desgracias habían empobrecido a Polonia de tal manera que él no estaba en condiciones de pagarle lo que le pedía, pero que reconocía el valor de su obra. El Buhonero Mercachifle no participó de la mesa redonda. El Zorro es polaco, el Buhonero Mercachifle es hijo de polacos, como se ve ambos tienen una sangre que se pone muy espesa cuando hay que negociar. La pregunta de qué relación tenía Gombrowicz con el dinero no es fácil de responder porque durante mucho tiempo no lo tuvo y cuando empezó a tenerlo debía regularlo con cuidado y controlar muy bien sus desembolsos, pero su actitud siempre era la de un terrateniente administrando los gastos del campo. Cuando lo conocí, en el año 1956, ya no usaba las triquiñuelas de las tres palabras consecutivas ni la de la inclusión del nombre de los contertulios en los diarios que le habían servido para conseguir un poco de plata en los momentos de apuro, por entonces se comportaba como un verdadero señor, pagaba sus cuentas, dejaba propinas, otorgaba becas y hasta hacía regalos. En la época de su mayor miseria era más lírico con el contante y sonante, nos contaba que había inventado una estratagema para hacerse de algo de dinero, aunque no sé si tuvo la oportunidad de ponerla en práctica. Consistía en lo siguiente: –¿Puede usted prestarme veinte pesos? Se los devolveré, digamos, el jueves. El martes pediré treinta pesos a otra persona y se los devolveré el viernes. Entonces, de esos treinta pesos que pido prestados el martes, meto diez en el bolsillo y los otros veinte serán para usted. El miércoles pido otros cuarenta pesos prestados, devuelvo los que me habían prestado el martes y los diez restantes son para mí. Es una cadena. De este modo todo el mundo tiene confianza en mí; –Sí, ¿pero qué pasará con el último préstamo?; –¡Ah, eso sólo Dios lo sabe! En la Embajada de Polonia, el día de la presentación de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”, hablaba con la Poetisa Impenitente Piquetera, un apodo que le fue puesto por su amor al pueblo: –Che, Goma, ¿vos sos loco?, ¿cómo le fuiste a pedir al Buhonero Mercachifle que te presentara el libro?, ¿no sabés que es tarado?; –Sí, pero fue de relleno, lo presentaron también el Zorro, el Negroide Piquetero, el Socialista y el Régisseur Fanfarrón, además fue amigo de Gombrowicz; –Dejate de joder, ¿y por qué nadie habló del prólogo de Aira?; –¿Y quién iba a hablar, si ese prólogo es una verdadera mierda?; –Ah, no, no puede ser; –¿Vos lo leíste?, Aira se está cayendo, ¿viste lo del “Gauchito”?; –Sí, no pude terminar el libro; –Claro, yo tampoco, ese pelotudo se está convirtiendo, si es que no lo fue siempre, en un escritor para mujeres. Aquí la Poetisa Impenitente Piquetera se me escapó. El Buhonero Mercachifle integró el quinteto que presentó “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” en la Embajada de Polonia. Su intervención se convirtió en un delirio inexplicable, durante algún tiempo me estuve preguntando por qué lo había

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invitado, más aún me lo preguntaba después de que la Poetisa Impenitente Piquetera me dijera en la embajada que era medio tarado. A pesar de que el Buhonero Mercachifle pareciera que sobrara en los asuntos de Gombrowicz, el Esperpento decía por ejemplo que había sobrado en la película de Fischerman, se las arregló bastante bien para permanecer entre los miembros de los gombrowiczidas legendarios. Es quizás por esta pertenencia conservada misteriosamente a través de los años que aparece tan sonriente en la fotografía. El lenguaje vive el mismo proceso de abstracción que el dinero, ambos resultan reunidos en la misma vorágine circulatoria que licúa las pasiones humanas a la misma velocidad que achata las cosas. El dinero es un Esperanto limitado, pero justamente por eso comprensible por todo el mundo pues es muy claro lo que quiere decir un billete, el dinero tiene un solo significado. Yo había construido un sistema circulatorio entre las palabras y el dinero que pasaba por los Protoseres. Cuando el Embajador de Polonia, motejado el Zorro por sus profundos conocimientos de la estrategia diplomática, empezó a moverse para preparar la celebración del año centenario de Gombrowicz se vio en apuros, no había plata para la celebración y no había libros de Gombrowicz, entonces me invitó a un almuerzo en su casa de San Isidro para elaborar un plan. Fue entonces que construí otro sistema circulatorio entre las palabras y el dinero que pasaba por Polonia. Yo ya le había adelantado al Zorro que todos los caminos conducían al Socialista y al Homúnculo, pero resultó que los caminos hacia los libros de Gombrowicz y hacia el dinero estaban cortados. El Socialista empezó a esconderse en las copas de los árboles cuando se enteró de que los de la Seix Barral no lo autorizaban a imprimir los libros de Gombrowicz en la Argentina, por lo menos para antes de las jornadas del Centro Cultural Borges y de la Feria del Libro. El Zorro, que se había empezado a poner intranquilo, le pidió ayuda a la Vaca Sagrada y la viuda se la pidió a los españoles, pero la intermediación no dio resultado, es decir, el resultado fue tardío, tres de las novelas de Gombrowicz aparecieron recién cuando las jornadas del Borges y de la Feria ya se habían extinguido. La campaña del Homúnculo, recientemente nombrado presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, tuvo grandes altibajos. Yo supe que este personaje siniestro invertía dinero en proyectos polacos cuando llegaron a la Argentina el Larguirucho y el Pegajoso, dos cineastas polacos miserables que aparecieron por acá para filmar “List z Argentyny”, una película que utilizaron para burlarse de nosotros con el cuento del hijo ilegítimo de Gombrowicz al que finalmente habían encontrado viviendo en la Argentina. Para cerrar el negocio del año del centenario organizó una excelente cena en su casa de la Recoleta en la hizo todo lo posible por mostrar su liberalidad y su magnificencia. El Homúnculo es un adorador devoto del Asiriobabilónico Metafísico, pero las escasas intervenciones que ha tenido para meter la nariz en los asuntos de Gombrowicz terminaron siempre mal. Después del horrible esperpento de “List z Argentyny”, una película en la que el Homúnculo aparece como un bondadoso benefactor, el Lechuguino, director del Instituto Cervantes de Varsovia, lo invitó a un seminario que se hizo en Polonia sobre Gombrowicz para que hablara de las huellas que había dejado Witold en la Argentina, pero como el pobre Homúnculo no pudo encontrar ninguna huella en la Argentina ni en

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ninguna otra parte del mundo pues no había leído ni media línea de Gombrowicz, faltó a la cita. En la cena se puso de manifiesto que estaba dispuesto a colaborar con el proyecto pero sólo con ideas y no con dinero. Esta decisión le produjo una cierta zozobra al Zorro que intentó convencerlo, pero lo único que se llevó en los bolsillos fue la idea de que tenía que pedirle plata a los empresarios polacos radicados en la Argentina y a un socio del Homúnculo. El tiempo empezó a galopar y no aparecía ni la plata que se necesitaba para realizar el homenaje ni los libros de Gombrowicz. El Zorro trataba de tranquilizarme con discursos vanos que no tenían ningún contenido, mientras tanto yo me fui dando cuenta que el embajador no estaba bien preparado ni predispuesto para pedir dinero. Entonces ocurrió un episodio confuso en el que las partes se acusaron mutuamente. Según parece el Zorro habló con el socio del Homúnculo y le pidió plata, pero no para la embajada sino para el mismísimo Homúnculo a efectos de que él y no la embajada pudiera llevar a cabo con sus propias manos el proyecto de “El enigma de Gombrowicz” en el Centro Cultural Borges. Este malentendido puso en peligro las buenas relaciones de los socios, todo hacía presumir que la plata no aparecería y la aventura terminaría en un desastre. Pero en ese momento se produjo un milagro. El Ministerio de Cultura de Polonia en forma providencial creó el Instituto del Libro dos meses antes del comienzo de los homenajes. A partir de ese momento el Burócrata abrió los grifos del dinero, los billetes empezaron a caer sobre el Borges y la Feria del Libro, y la aventura tuvo un final feliz. Mientras tanto, el Socialista seguía escondido en las copas de los árboles, recién bajó cuando la Seix Barral lo autorizó a que imprimiera tres novelas de Gombrowicz en la Argentina. El Homúnculo también empezó a esconderse porque yo lo acorralaba para que se avergonzara de sus orígenes. El Dandy cuenta que para fabricar un argentino se necesita un poco de barro y un poco de bosta, en partes iguales, que si al fabricante se le va la mano con la bosta, sale un uruguayo, y que si se le va la mano un poco más, esto lo cuento yo, sale un Homúnculo.

WITOLD GOMBROWICZ Y TADEUSZ BOY-ZELENSKI Las polacas de su generación tuvieron un verdadero maestro en Tadeusz Boy-Zelenski. Médico, poeta, escritor, crítico literario y teatral, traductor de más de cien títulos de literatura francesa, desmitificador de las tradiciones nacionalistas de la nobleza y de la iglesia, fue asesinado por la Gestapo en 1941. Pertenecía a la generación anterior a la de Gombrowicz, inteligente y talentoso dedicó buena parte de sus energías a achicar la brecha que existía entre Polonia y Occidente. Gombrowicz se le presentó una tarde en el café Zemianska: –¿Señor Zelenski?; –Sí; – Me permitiría unas palabras, aunque no tengo el honor de ...; –Siéntese; –Verá usted, yo soy un pasajero sentado sobre una silla, la silla está sobre una caja, la caja sobre unos sacos, los sacos sobre un carro, el carro sobre un barco, el barco sobre el agua... Pero, ¿dónde está la tierra firme y cómo es...? Nadie lo sabe; –No lo sabemos. Navegamos y navegamos en este barco polaco pero no tocaremos tierra hasta que no nos hundamos.

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Gombrowicz no se sentaba a la mesa de Boy en los café legendarios de Ziemianska, de Ips y de Zodiak, actuaba casi únicamente en la planta baja de los cafés, mientras las plantas más altas prácticamente las ignoraba. Boy era muy asiduo a los cafés: –Oiga, dicen que es usted quien reina en el Ziemianska, y que no admite en su mesa a ninguno de nosotros. “Efectivamente, no los admitía, era profeta y payaso, pero sólo entre seres iguales a mí, aún no del todo formados, sin pulir, inferiores a los otros, los honorables, con quienes no me podía permitir una broma, una mofa, una provocación, a quienes no podía imponer mi estilo, prefería no tratarlos; me aburrían y sabía que yo también los aburría (...) Los poetas de Skamander eran conscientes de su lugar sólo hasta cierto punto, conocían su lugar en el arte, pero no sabían cuál era el lugar del arte en la vida. Conocían su lugar en Polonia, pero ignoraban el lugar de Polonia en el mundo, ninguno de ellos se elevó tan alto como para ver la situación de su propia casa” Gombrowicz se veía poco con Boy, apenas tenía contacto con las mujeres que lo rodeaban, un séquito de segunda mano, mujeres de letras entradas en años que constituían el estado mayor femenino del maestro. También había mujeres jóvenes y hermosas, actrices, poetisas o a veces simplemente muchachas atraídas por un ambiente donde su belleza podía resplandecer si correr riesgos. Pero estas jóvenes que venían a buscar la vida fácil en la órbita de Boy, tenían una actitud deliberada, y su deseo de emancipación era demasiado estereotipado, entonces, no resultaban atractivas y hasta llegaban a ser irritantes. “De todos modos debo reconocer que realizó grandes cosas en favor de la normalización de la mujer polaca. Utilizo el término normalización teniendo en cuenta la situación que se había creado” La vieja generación de las mujeres de la intelligentsia cargaba con los lugares comunes que había heredado de la tradición y de la literatura de la época anterior, unas mujeres que estaban dispuestas a cumplir una misión y hablaban en nombre de principios superiores. Eran unas señoras un tanto exageradas, poco flexibles, ingenuas y casi infantiles frente al papel glorioso que habían elegido. Las hijas de estas señoras ya ejercían un mayor control sobre sí mismas. Una señorita normal, que no rehuía ni a la diversión ni al flirteo, que deseaba casarse, no se sentía cómoda en la armadura de sus madres que no estaba hecha a su medida, a menudo perdía el sentido de la proporción, comprendía mal lo que se le pedía y cuáles eran sus deberes. A todo esto se agregaba una contradicción entre el ambiente de los establecimientos de enseñanza donde reinaba el liberalismo y el espíritu de austeridad que alimentaba su casa. “Este desequilibrio en las mujeres era para nosotros, los jóvenes, un gran problema. Nunca se sabía con qué mujer se iba a tropezar uno y qué clase de suplicios sufriría con ella” La actividad periodística de Boy dio buenos resultados combatiendo la falta de equilibrio de estas mujeres a las que le faltaba naturalidad y que no tenían una medida para regular sus palabras ni su comportamiento. Fue una buena escuela de humor, de conocimiento de la realidad y de convivencia con la sociedad moderna. “El sentido común de Boy influía incluso en aquellas que lo consideraban un demonio, o peor aún, un masón; a través de sus amigas, de su compañeras, penetraba en los

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ambientes más conservadores, y poco a poco cambiaba la manera de ser femenina, esa forma a la que yo atribuía tanta importancia, viendo en ella la clave de muchos frenos y el secreto de numerosos males. Las adversarias más encarnizadas de Boy se tornaban, en el curso de la lucha contra él, más libres, más elásticas, diría, más hábiles” Boy estaba acercando el modelo de la femineidad polaca al modelo francés, pero entonces vino la guerra y el comunismo y la historia dejó descalzos a los hombres. Polonia se estaba transformando lentamente pero, de pronto, la historia empezó a moverse otra vez bajo sus pies. El contacto de Gombrowicz con las mujeres era muy distinto al que tenía Tadeusz BoyZelenski. Gombrowicz no le tenía odio a las mujeres, no era misógino, pero, ¿y miedo?, ¿no será que era ginófobo? La cuestión de que su homosexualidad le produjera vergüenza y la heterosexualidad de sus relaciones con Rita dan para pensar que le tenía miedo a las mujeres y que el miedo era el origen de su homosexualidad. Dejemos este dilema para otra oportunidad, pero si fuera cierto que era ginófobo, el miedo se convertiría en el archiorigen de los dolores de Gombrowicz. “Personalmente no sabía tratarlas, me refiero a las mujeres, pues me comportaba realmente como no debía (...)” “Me vengaba de ellas haciéndome el loco y el payaso cuanto podía, y en el fondo de mi alma odiaba a esas maestras indulgentes y presumidas, esas guías, institutrices y... desgraciadamente, a menudo... críticas (...) Por fin llegó un momento en que me rebelé y saqué la conclusión de que había que exterminar la feminidad de la literatura (...)” “Pero yo no me enterado nunca si las mujeres en la literatura y la femineidad literaria eran verdaderamente enemigos míos, y si mis reproches eran justos. Puesto que de la justicia de nuestras pretensiones no nos convencemos hasta que comenzamos a luchar por ellas” Sus contactos con las actrices en Polonia dejaban mucho que desear. Cuando se propone llevar al teatro a “Ivona, princesa de Borgoña”, lo consulta a Tadeusz Boy-Zelenski: – Pregúntale a Mira, ella te dirá. Mira Ziminska era actriz, a más de ser inteligente tenía un gran sentido del humor, pero Gombrowicz se llevaba mal con los actores, especialmente con las actrices, consideraba que los intérpretes pertenecían a una clase inferior de artistas. “Con las actrices me mostraba aún más implacable que con los actores, y tenía la costumbre de fingir que no las conocía; me presentaba solemnemente a cada una de ellas en cada encuentro. Un día, cuando me presenté cortésmente por quinta vez a una diva, ésta agarró un vaso de agua y sin pensarlo dos veces me lo vació en la cabeza (...)” “Mira, por suerte, no me guardaba rencor, pero sus horizontes teatrales no eran tan amplios como para poder apreciar una obra tan innovadora como „Ivona‟. Me dijo que el principio no estaba mal, pero que el resto no valía nada” Iba de fracaso en fracaso y los escritores seguían mofándose de Gombrowicz por las dificultades que tenía con las mujeres. Janusz Minkiewicz, un poeta satírico famoso por sus conquistas en el mundo de la galantería, le dijo una tarde en el café: –Ahora regreso a casa porque espero una llamada de Lala... A las cinco he quedado con Cela, y a las once me espera una locura con Fila. ¡Hasta la vista!

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A Gombrowicz le empezaron a molestar las damas de la sociedad ya desde joven, la más de las veces le resultaban insoportables por su grandilocuencia ingenua y supercómoda. El programa sublime de estas mujeres era conseguir un marido que ganara dinero o que sacara beneficios de sus dominios, mientras ellas desempeñaban el papel de guardianas de unos ideales a los que no les miraban los dientes porque les venían de unos padres y abuelos venerados. La nueva generación estaba irritada con esta falsedad de su actitud y de su tono, cada vez más evidente. Estos estilos agonizantes de las formas polacas que se remataban como a un animal enfermo, fueron una verdadera ganga para Gombrowicz en los tiempos que escribía “Ferdydurke”. Pero los problemas no sólo estaban afuera de Gombrowicz, también estaban dentro de él. “Y yo también, sólo al cabo de cierto tiempo, tomaba conciencia de que nada podía salir de semejantes amores basados en una mistificación (...) Efectivamente, no salía nada. Todos ellos terminaban dolorosamente cuando la joven descubría que yo, aunque encantado con ella, no le permitía acceder a mí, siempre hermético, entregado a mis asuntos, nunca verdaderamente sincero y abierto, ni por un minuto (...)” “Sin embargo, yo, por mi parte, no podía ser diferente, ya que hubiera sido más fácil, por ejemplo, comprender la naturaleza de un cocodrilo que la mía, formada por influencia y factores que eran completamente desconocidos para ellas” Hace ya algún tiempo me anda dando vueltas por la cabeza una idea extraña que se me está formando acerca de Gombrowicz, una idea que no es tan descabellada como pudiera parecer a primera vista, y que también se la puede asociar a una historieta cómica famosa en la que un día dialogan en una plaza la estatua de un filósofo y el protagonista: “–Todo lo que el hombre hace es pa‟ levantar minas; –Pero, maestro, ¿y las matemáticas?; –Pa‟ levantar minas; –¿Y la filosofía, maestro?; –Pa‟ levantar minas; –¿Y el estudio de nuestros antepasados?; –Pa‟ levantar minas…

WITOLD GOMBROWICZ Y MARCEL PROUST Gombrowicz devoraba a los polacos con la vista para investigar las características de sus movimientos, su forma de hablar y sus caras. Mientras vivió en Polonia no estuvo seguro de las impresiones que le despertaban los polacos, pero aquí, en la Argentina, pudo contrastar esas impresiones con un material humano de los más variado, compuesto de todas las razas y de todas las naciones posibles. “Es para mí como una especie de placer doloroso el mirar de improviso a un polaco y verlo de esta nueva forma, igual que se ve a un extranjero, pudiendo verificar de ese modo mis impresiones anteriores cuando estaba aprisionado por la polonidad y, ¿para qué ocultarlo?, bastante atormentado por ella. Hace poco, en Buenos Aires, experimenté de un modo repentino e inesperado una confrontación así” Se refiere al encuentro con un director de orquesta polaco del que fui testigo. Mientras el público escuchaba con atención un concierto en la Facultad de Derecho, Gombrowicz sacó un gotero del bolsillo, lo ascendió cuanto pudo con el brazo bien extendido y

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empezó a descolgarse gotas en la nariz desde lo alto, haciendo todos los aspavientos posibles para llamar la atención. Cuando terminó el concierto fuimos a ver al director polaco, Stanislaw Skrowaczewski, habló un rato con él incomodado por el placer doloroso de la confrontación, acordaron un encuentro para el día siguiente y nos fuimos. Después de un tiempo le pregunté a Gombrowicz qué le había parecido nuestra orquesta al maestro polaco: –Vea, no quiero desanimarlo, me dijo que tiene el nivel, más o menos, de las bandas de música que tocan en las plazas de Varsovia. “Fui por casualidad a un concierto, llegué tarde, entré en la sala cuando ya sonaba el tema del primer alegro de la „Eroica‟; no tenía idea de quien era aquel tipo delgado que dirigía, pero la ejecución de la sinfonía beethoveniana era notable y en algunos detalles tan original que discutí sobre el asunto con Gómez, el amigo argentino que me acompañaba” Las características físicas y espirituales del maestro Stanislaw Skrowaczewski que Gombrowicz había notado durante el concierto, se le organizaron en esa forma de tipo polaco que ya conocía, igual que lo que ocurre con un paisaje cuando un detalle nos lo permite identificar como algo familiar. “Pero al mismo tiempo, creedme, todo eso estuvo acompañado de una desagradable puntada en el corazón, quizás a causa de tantos enfrentamientos míos con aquel „tipo polaco‟ al que yo también pertenecía” No hay que buscar en esta reacción de Gombrowicz un complejo de inferioridad, su condición de forastero impenitente lo había curado de ese problema y se sentía cómodo en cualquier ambiente. Ese exotismo de su país que le recodaba el director de orquesta no era solamente misterioso, también parecía una forma de huir de las preocupaciones y de las luchas de cada día muy típica de los polacos. “Lo captó el ilustre Marcel Prust al describir sus encuentros con un pequeño grupo de „muchachas en flor‟; al conocerlas más de cerca, cuando le fueron reveladas sus preocupaciones, intereses, sueños y penas, las encantadoras muchachas dejaron de encantarle; y lo mismo le ocurrió con los salones de la aristocracia parisina, que se le convirtieron en aburrimiento cuando dejaron de ser algo desconocido y misterioso. Pero para Proust la vida consistía sobre todo en conocer, o sea en matar el encanto que nace de nuestra ignorancia” El propósito que tenía Gombrowicz cuando se encontraba con algún polaco era el de verlo en su misterio. No obstante el misterio polaco tenía los pies de barro. Polonia era un país que no se destacaba demasiado, que carecía de una cara propia, pero los polacos, sin embargo, no pasaban por el mundo desapercibidos, aunque en la mayoría de los casos llamaban la atención por sus extravagancias. A pesar de todo, el misterio polaco existe, una cierta manera polaca que atrae e interesa al extranjero. El ilustre Marcel Proust podía alcanzar algunas verdades sobre el misterio con su refinamiento pero Gombrowicz andaba buscando una actitud más drástica, no tan protegida por los afeites y los bibelots. “¿Por qué lo admiramos? Lo admiramos ante todo por haber osado ser delicado y no haber vacilado en mostrarse así, tal como era... un poco en frac y un poco en bata de casa, con una frasco de medicamentos, con una pizca de maquillaje homosexualhistérico, con fobias, neurosis, debilidades, esnobismos, con toda la miseria de un francés ultra sutil. Lo admiramos porque detrás de ese Proust contaminado, raro,

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descubrimos la desnudez de su humanidad, la verdad de sus sufrimientos y la fuerza de su sinceridad. Pero, ¡ay!, cuando examinamos mejor volvemos a descubrir detrás de la desnudez a Proust en bata, en frac o en camisón junto con todos los accesorios, la cama, las medicinas, los bibelots. Es un juego a la gallina ciega. No se sabe aquí qué es lo definitivo, si la desnudez o la vida, la enfermedad o la salud, la histeria o la fuerza (...)” “Por eso Proust es un poco de todo, profundidad y superficie, originalidad y banalidad, perspicacia y candor... cínico e ingenuo, exquisito y de mal gusto, hábil y torpe, entretenido y estudioso, ligero y pesado... ¡Pesado! Este primo me aplasta. Soy de su familia... yo, ultra sutil, pertenezco al mismo medio. Sólo que... sin París. Me ha faltado París. ¡Y mi delicado cutis no protegido por los afeites siente la mordida del áspero Tandil” Para combatir a Proust Gombrowicz busca una figura de contraste, y a pesar de todas las diferencias que tiene con él elige a Sartre. Su obra fundamental, “El ser y la nada”, era practicamente desconocida en Francia, pero igualmente los franceses hablan pestes de Sartre. Lo acusaban de repetirse demasiado, de estar desfasado en el tiempo, de que sus novelas y su teatro eran ilustraciones de sus teorías, de que su filosofía era una teoría de su arte, y de que, en fin, Sartre estaba acabado. Proust es colmado de mimos hasta en la tumba, Sartre, en cambio, es tal vez el único de los grandes artistas franceses detestado por sus compatriotas. “Quién demonios es, en comparación con las montañas de revelaciones sartrianas, un Borges argentino, sopita aguada para literatos? Pero a Borges lo tratan con guantes de seda, mientras que a Sartre lo zamarrean... ¿Será sólo a causa de la política? ¡Sería una mezquindad imperdonable! ¿Mezquindad? ¿Acaso no será la política, sino simplemente la misma mezquindad lo que está en la base de esta animosidad? ¿Se detesta a Sartre porque es demasiado grande?” Francia se le había dividido en dos en esos diarios que estaba escribiendo: Sartre y Proust. Nos habla de su piadosa peregrinación a la plazoleta de Des Deux Magots, donde observa desde la calle las ventanas del piso de Sartre, y donde se da cuenta que los franceses habían elegido a Proust en contra de Sartre. “Si bien es cierto que Proust tiene un componente trágico, duro y cruel, no es menos cierto que esa tragedia es comestible, contiene una intención gastronómica, está relacionada con el plato, la verdurita y la salsa” En el lado opuesto, el de Sartre, está el pensamiento francés más categórico desde Descartes, rabiosamente dinámico y que echa por tierra los placeres sibaritas de toda Francia. Proust es impotente en comparación con la tensión creadora por Sartre. Pero gran parte de las deducciones de “El ser y la nada” eran inaceptables para Gombrowicz, a pesar de la unicidad de su pensamiento se hacía sentir la falta de un principio complementario fundamental en el cogito de su sistema, su teoría pecaba de una terrible unilateralidad y Sartre, como moralista, psicólogo, esteta y político, sólo era la mitad de lo que debía ser. Pero es Sartre quien echa abajo las puertas cerradas; aquello que en Proust y en toda la literatura francesa es continuación, en Sartre toma el carácter de una iniciación. Sartre recupera el orgullo y la fuerza creadora contra la conciencia de Proust, todavía ávida, pero ya en un nivel más bajo que la de Montaigne.

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Para desenmascarar el refinamiento y la falsa desnudez de ese espíritu francés que tan bien representaba Proust Gombrowicz decide hacer una experiencia crucial. Estaba almorzando en un local muy distinguido a orillas del Sena conversando animadamente con franceses muy atildados del ambiente literario: –¡Quién es ese escritor; –Es un escritor eminente; –Sí, eminente, pero ¿quién es?; –Viene del surrealismo y se pasó al objetivismo; –Muy bien, objetivismo, pero ¿quién es?; – Pertenece al grupo Melpomène; –No tengo nada en contra de Melpomène, pero ¿quién es?; –Una combinación de géneros: el argot con una metafísica de elementos fantásticos; –Sí, la combinación me parece bien, pero ¿quién es?; –Cuatro años atrás le concedieron el Prix St. Eustache..., y tú ¿cómo te consideras?; –Yo no soy escritor, ni miembro de nada, ni metafísico ni ensayista, soy yo mismo, libre, independiente, vivo...; –Ah, sí, eres existencialista. Los contertulios estaban turbados con la mirada ingenua de Gombrowicz que les traspasaba la ropa, y es aquí cuando decide hacer el experimento: se empieza a bajar los pantalones. “(...) cundió el pánico, salieron rajando por puertas y ventanas. Me quedé solo. El restaurante estaba desierto, hasta los cocineros habían huido... Sólo entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo, de lo que pasaba..., y me quedé así, hecho un tonto, con una pernera puesta y la otra en la mano” Kot Jelenski lo ve y entra al restaurante: –¿Qué pasa? ¿Te has vuelto loco?; –Empecé a desvestirme y todo el mundo se dio a la fuga; –Eres un insensato, ¿a quién pensabas asustar con la desnudez? En ningún lugar del mundo encontrarás tanta afición por quitarse la ropa como aquí. Te has encontrado con unos conejos, yo te traeré unos leones que aunque bailes en cueros sobre la mesa no moverán una pestaña. Hicieron una apuesta al estilo de los caballero polacos del el siglo diecinueve. Los invitados estaban imperturbables hasta que llegaron a los postres y Gombrowicz se empezó a quitar los pantalones; –Excúsennos, por favor, la hora, se nos hace tarde. Gombrowicz y Kot se miraron: –No es posible que se hayan asustado, si la desnudez es su especialidad. “Observa, la cosa es que esa gente, incluso al desnudarse se viste, y la desnudez sólo significa para ellos unos calzones más. Pero cuando yo me he bajado sin más los pantalones, les ha dado un soponcio, más que nada porque no lo he hecho según Proust, ni a lo Jean Jacques Rousseau, ni según Montaigne o en el sentido del análisis existencial, sino simplemente para quitármelos”

WITOLD GOMBROWICZ Y MICHEL MOHRT Sin saber a qué santo encomendarse con ese Gombrowicz tan difícil Jeremi Stempowski decide presentarle a algunos polacos de la colectividad y también a algunos escritores argentinos como Manuel Gálvez y Arturo Capdevila. Estos dos distinguidos escritores le brindaron a Gombrowicz una exquisita hospitalidad, pero la sordera de Gálvez, las ocupaciones de Capdevila y su propia falta de seriedad lo

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pusieron finalmente en las manos de unas jóvenes estudiantes que lo iniciaron en el mundo de la galantería argentina. En esta prehistoria de sus aventuras en la Argentina el grupo de Victoria Ocampo brillaba como una estrella. La actividad de escribir le proporciona a los hombres de letras una mayor facilidad de la que tienen los hombres que no escriben para darle distintos aspectos a lo que son y a lo que les ocurre, siendo Gombrowicz un buen ejemplo de todo esto. Siete años antes de la conferencia que pronunció en la librería Fray Mocho a la que tituló “Contra los poetas”, los argentinos lo pasaban de mano en mano: Manuel Gálvez a Arturo Capdevila, Arturo Capdevila a su hija Chinchina, y Chinchina a sus amigas. En el año mortal de 1940 Gombrowicz flirteaba con esas chicas que lo llevaban a los museos, lo invitaban con masas, mientras él les retribuía con charlas que armaba sobre el amor europeo. En ese año fatídico Roger Pla le había presentado a Antonio Berni y en la casa del pintor dio una charla sobre el por qué y el cómo Europa había sentido el deseo del salvajismo, y cómo esta inclinación enfermiza del espíritu europeo podía aprovecharse para la revisión de la cultura demasiado alejada de sus propias bases. Pero le falló el estilo, las palabras que pronunció resultaron mediocres y Pla le reprochó el tono sentimental de la conferencia y el carácter elemental de unos razonamientos que rozaban la ingenuidad. Eran los tiempos de su prehistoria argentina, debería correr todavía mucha agua para que la Condesa, esa dama argentina que había "resultado ser un báculo de virtudes y un calor de encantos, a pesar de la neurastenia que la perseguía", le abriera paso a la resurrección de Gombrowicz apoyando la edición argentina de “Ferdydurke”. La razón por la que Gombrowicz haya sido tan mal recibido por el Asiriobabilónico no es demasiado comprensible. Si bien es cierto que era algo arrogante e histrión se encontraba en una situación marcadamente inferior, era un extranjero sin prestigio ni fortuna. Un hombre cuya patria y familia habían sido destrozadas y que podía haberle despertado un sentimiento protector como se lo había despertado a Manuel Gálvez y a Arturo Capdevila, en cambio le despertó desprecio desde un principio. El Asiriobabilónico y el Dandy eran joviales y sarcásticos pero en el caso de Gombrowicz, una persona en un completo estado de inferioridad, debieron haber atenuado la mordacidad que utilizaban con los otros integrantes del gremio, pero no lo hicieron. A pesar del derrumbe social e intelectual que padecía Gombrowicz en sus primero años de vida en la Argentina se empecinaba en seguir dando clases de aristocracia. Antonio Berni observaba en la Fragata cómo Gombrowicz hacía muecas delante de un espejo mientras tomaba actitudes de emperador, de obispo o de militar. ¿Qué, está dialogando con sus dobles?; –Miro mis rasgos de aristócrata, parece que mis facciones, día a día, registran mejor todo mi linaje. ¿Qué cosas diferenciaban a un verdadero aristócrata de una persona sin nobleza?: el sombrero, las pipas, unos zapatos lustrados, un impermeable sucio pero, muy especialmente, los tobillos. Era terrible la manía que tenía con los tobillos, nos hacía exhibiciones de tobillo, en este punto se decidía la verdadera raza del aristócrata. A pesar de la incertidumbre y de la angustia, cuando Gombrowicz se va de la Argentina se divertía estimulando a algún periodista amigo para que publicara alguna nota

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destacando su situación estrafalaria y situándolo en algún balneario brasileño de moda, seduciendo a famosas estrellas de cine como Zsa Zsa Gabor. “Me olvidé del asunto de Berlín. Todo anunciaba una diversión formidable, tal como a mí me gusta, desconcertante, que desequilibra, a medio hacer” Estas maniobras quedaron en muy poco y prácticamente nadie se enteró de nada, Gombrowicz tuvo que esperar todavía un tiempo más para que se le abrieran las puertas de esa formidable diversión. Pero el momento finalmente le llegó. Cuatro años más tarde, en 1967, recibe el Premio Internacional de Literatura por el que se le había despertado un apetito feroz al enterarse, leyendo una nota de “Le Monde”, que el galardón había pasado de diez mil a veinte mil dólares. Lo primero que atinó a hacer cuando supo que lo había ganado fue preparar una lista de sus enemigos literarios, regocijándose de antemano con la amargura desesperante que les iba a despertar. Ya con el premio en la mano escribe el diario del hijo ilegítimo para mortificar a sus enemigos polacos de Londres. Y unas horas antes de recibirlo Michel Mohrt, un ilustre francés distinguido con los más altos honores, que corona su carrera siempre ascendente con el nombramiento en la Academia Francesa, le pone el broche de oro al irresistible ascenso de Gombrowicz. “El crítico francés Michel Mohrt, al defender mi candidatura en su magnífica intervención en la sesión del jurado, dijo entre otras cosas: „En la creación de este escritor hay un secreto que yo quisiera conocer, no sé, tal vez es homosexual, tal vez impotente, tal vez onanista, en todo caso tiene algo de bastardo y no me extrañaría nada que se entregara a escondidas a orgías al estilo del rey Ubú‟ (...)” “Esta perspicaz interpretación de mis obras y de mi persona, de acuerdo con el mejor estilo francés, fue pregonada con bombos y platillos por la radio y por la prensa internacional y, en consecuencia, los jóvenes que se reúnen en la plazoleta de Vence al verme pasar comentan por lo bajo: –Mirad, ése es el viejo bastardo, impotente y homosexual que organiza orgías. Y puesto que la delegación sueca me había apoyado en ese jurado por mi condición de escritor humanista, algunos informes de prensa llevaban un título rimado y muy llamativo: ¿Humanista u onanista?” La culpa de que la intelligentsia argentina lo haya ignorado y maltratado durante un cuarto de siglo la habían tenido los hipopótamos polacos, según lo manifestaba el mismo Gombrowicz. “Escuchadme, hipopótamos: yo no me quejo de que vuestra estupidez profesional o articulista haya difamado sin cesar mi trabajo literario, que como se ha comprobado hoy, tiene algún valor. Hicisteis lo que pudisteis por fastidiarme la vida y en parte lo conseguisteis. Si no fuera por vuestra mezquindad, vuestra superficialidad, vuestra mediocridad, tal vez no hubiera pasado hambre durante tantos años en la Argentina, y también otras humillaciones me hubieran sido ahorradas. Os interpusisteis entre yo y el mundo, banda de infalibles maestros de escuela y periodistas, deformando, tergiversando, falseando los valores y las proporciones. Bien, al diablo con vosotros, ¡os perdono! Y no espero que ninguno balbucee hoy algo parecido a unas tímidas disculpas, sé demasiado bien qué es lo que se puede esperar de unos pillos como vosotros (...)” “Pero ¿cómo perdonaros el que hayáis logrado vencerme en mi victoria final sobre vosotros? Sí. Alegraos. Habéis ganado en vuestra derrota. Porque habéis hecho que mi

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éxito haya llegado demasiado tarde..., diez, veinte años más tarde..., cuando ya estoy demasiado cerca de la muerte y ella contamina de derrota hasta mis triunfos...; ¿sabéis?, ya no soy lo suficientemente vigoroso para poder disfrutar de mi desquite, ¿Triunfo? ¿Megalómano? ¿Presumido? Pero si hasta de esto me habéis privado, no puedo gozar ni de mi ascensión ni de vuestra derrota, ¿cómo voy a perdonarlo?” Cuando al final de su vida le preguntan si la holgura europea no le había llegado un poco tarde, Gombrowicz se acuerda de los hipopótamos polacos y de los empecinados argentinos que le habían dado la espalda durante un cuarto de siglo. “Evidentemente, para mí es un poco triste porque no sólo la edad, sino también la enfermedad, me impiden gozar de todas estas cosas. Pero yo he tenido siempre la sensación de que el arte no puede dar dividendos. Un artista que se siente, ante todo, creador de una forma profunda o personal, no puede pretender además unos ingresos; por algo así más bien hay que pagar. Hay un arte por el cual se es pagado, y otro por el cual hay que pagar. Y se paga con la salud, con las comodidades, ... Naturalmente, no sé si soy un artista importante o no, pero de todas formas, en ese sentido, mi vida ha sido más bien ascética”

WITOLD GOMBROWICZ Y RAJMUND KALICKI Mi relación con el Pequeño K tiene más de dos lustros de existencia, empezó en 1997 y padeció, como todas mis otras relaciones, algunos contratiempos. Es traductor, miembro de la redacción de la revista “Twórczosc”, y de vez en cuando se le mete en la cabeza que tiene que escribir, por esta razón ya tiene publicados algunos libros. Existen dos compilaciones de testimonios argentinos sobre Gombrowicz: “Gombrowicz en Argentina” de la Vaca Sagrada y “Tango Gombrowicz” del Pequeño K, un libro que lleva el título del nombre que le puso el Asno a su testimonio. “Ella no me quiere a mí por una envidia estúpida, porque sabe que mi „Tango Gombrowicz‟ es mejor que su „Gombrowicz en Argentina‟, y no digo esto para jactarme; mi selección es mucho más personal, más abierta, con emociones, y su versión de las cosas es seca, académica, más bien aburrida (por no decir „muerta‟)” El Pequeño K está blasfemando contra la Vaca Sagrada, este Marco Aurelio moderno que odi profanum vulgus, sangra por la herida. Pero él dice que no, que él no es un escritor, por lo menos así nos lo quiere hacer creer. “Aquí, en una realidad bastante burocratizada, opté por apartarme; soy misántropo, suelo repetir a menudo, es una enfermedad que no causa dolores y hasta da un cierto placer, casi aristocrático. Por la misma razón no me veo como escritor, de vez en cuando escribo algo, tal vez sea un traductor pero un escritor no, nunca. Por eso no me interesan los lectores ni los críticos. Puedo menospreciarlos. Si hago algo, lo hago tan solo para mí mismo. Soy dueño de mí mismo (...) Es un tema bastante trillado –but it works” El Pequeño K se mueve en una dimensión desconocida para mí, es el amigo del que más sé y del que menos sé, a veces, Elías Canetti me ayuda un poco a comprenderlo. “A medida que crece, el saber cambia de forma. No hay uniformidad en el verdadero saber. Todos los auténticos saltos se realizan lateralmente, como los saltos del caballo

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en el ajedrez. Lo que se desarrolla en línea recta y es predecible resulta irrelevante. Lo decisivo es el saber torcido y, sobre todo, lateral” En la época en la que el Pequeño K traducía “El túnel”, el Pterodáctilo le escribía cartas que tenían un tamaño no mayor al de un boleto de colectivo, pero ahora Don Arnesto no lo recuerda. ¿Quién lo hizo?; –Kalicki, un polaco que te tradujo a vos y a Borges; –¿Y dónde vive?; –Vive en Polonia, claro, dónde va a vivir; –¿Y qué hizo?; –Se olvidó de traducir todo lo que le dije a Peicovich sobre tu relación con Gombrowicz; –¿Sabés?, seguramente lo hizo por algún resentimiento; –¡Pero qué resentimiento ni qué pelotas, lo hizo porque es un boludo!; –¿Quién es un boludo?; –Kalicki es un boludo; –Ah, ¿y quién es Kalicki? El Pequeño K es muy orgulloso, una debilidad que yo aprovecho para mortificarlo, para herirlo en la carne viva. Él responde desde lo alto y con gallardía, me ignora en forma olímpica, pronuncia palabras apodícticas llenas de desprecio hacia el vulgo y se esconde detrás de los siglos. “La jerarquía es la hija primogénita y preferida del Absoluto y por eso no cualquiera puede darle palmadas en el culo. El vulgo tiene preferencias poco individualizadas, mide la calidad por los aplausos, no creo que dentro de dos o tres generaciones sigan leyendo a Joyce con tanta emoción como hace años, en cambio Marco Aurelio perdurará dos mil años más, ¡qué raras son las cosas sin pretensiones! Odi profanum vulgus et arceo también tiene dos mil años” De vez en cuando me convierto en un poseso, el diablo se apodera de mí para transformarme en un íncubo endemoniado que desea tener comercio carnal con alguna polaca pero, como no puedo tener ese comercio, me veo obligado a descargar ese impulso malsano que me domina por completo en alguna persona. El Pequeño K me venía anunciando desde hacía algún tiempo que en el “Diario patagónico” me elevaba a alturas increíbles así que le pedí a la Madame du Plastique que me tradujera los pasajes en los que se refería a mí, exclusivamente a mí, y esto por dos razones importantes: para ahorrarle trabajo a la polaca, por un lado, y para evitar un contacto prolongado con la forma de escribir del Pequeño K, por otro. La Madame du Plastique me tradujo una docena de líneas y de lo primero que me enteré es de que el Pequeño K me estaba presentando en su libro como un gordo barrigón medio bajo que le gritaba a los periodistas como un energúmeno. Me quedé esperando las siguientes líneas a ver cómo se las arreglaba ese degenerado para elevarme a esas alturas increíbles, pero, nada, la Madame du Plastique enmudeció, pasó una semana sin dar señales de vida. Ese tiempo fue más que suficiente para que se formara dentro de mí un estado de cólera incontenible, no sé si éste no habrá sido justamente su propósito, a lo mejor resulta que es una mujer perversa a pesar de que va a misa todos los días, o también podría ser que el demonio se hubiera apoderado de ella y la hubiera convertido en un súcubo así como a mí me había convertido en un íncubo. La cuestión es que no me quedó más remedio que tratarlo de contrahecho, reptil, cínico, desfachatado, payaso, gusano y víbora mientras le daba, y para toda la eternidad, cristiana sepultura al “Diario patagónico”. Como yo no soy el hijo del dueño, es decir, no dispongo de las facilidades que tiene él de hacerse publicar cualquier cosa, decidí bautizarlo por los siglos de los siglos con el mote de Pequeño K.

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“(…) te diré que en mi „Diario patagónico‟ sos mi hermano mayor (…) Salió así y me quedé sorprendido pero ya no tenía ganas de desarticular la cosa, de romper un todo que tiene sus ritmos y sus misterios (…) Creo que mi diario tendrá una vida más o menos larga aunque no para muchos. Exige imaginación y cierta preparación intelectual, yo soy parco en palabras (…)” “Y cuanto más hablo yo en el diario menos convincente me vuelvo. Y vos creciendo. Y ahora, boludito, date cuenta de mi grandeza espiritual y de mi generosidad: cuando advertí que las cosas en mi texto ocurrían así, no modifiqué nada. Sí señor, para ser grande hay que achicarse un poco (¡Vos sos grande por grande y yo por generoso!) Y la despedida sí que me salió como una obra maestra, muy pausada, muy conmovedora (…) Sí, en mi texto te reprocho benignamente que sos monotemático y tautológico, pero, ojo, todo esto para elevar tu originalidad artística. Porque sos un artista y a la vez una obra artística viva, caminante, respirante. Una obra maestra en su categoría” Este elogio tiene algo de irreal, pareciera que el Pequeño K me estuviera diciendo: te doy para que me des, en todo caso resulta claro que tiene algo de ridículo y de falso, es un elogio calculado, arrogante y de una falsa modestia cuando se compara conmigo. A pesar de todas sus diferencias los polacos se unen en Gombrowicz, pero recientemente se ha producido un cambio muy importante, y según parece el Pequeño K había previsto ciertos acontecimientos que dan cuenta de un giro siniestro de la historia, un giro muy negativo a los que está muy acostumbrada Polonia. “La suerte de Gombrowicz corre ahora un peligro enorme, está entre la espada y la pared, por un lado los curas y por otro lado los admiradores, todo esto va a terminar mal. „Ferdydurke‟ se ha convertido en una lectura obligatoria en los colegios y con el tiempo lo van a banalizar por completo, jodiendo con su obra, simplificándola y convirtiéndola en un lugar común. La única salvación sería prohibir su lectura en todo el país por una o, mejor, dos generaciones” Cuatro años después de que el Pequeño K escribiera estas palabras proféticas, los comandantes de esa región de Europa que en la antigüedad se llamaba el País a las orillas del Vístula, los Gemelos Pimentones, prohibieron la lectura de la obra de Gombrowicz en todos los colegios de Polonia. De cómo escriben los polacos sobre Gombrowicz poco puedo decir porque no conozco el idioma, pero lo poco que conozco no es bueno. La Vaca es un gombrowiczólogo que, como muy bien dice el Viejo Vate, lo plancha a Gombrowicz, escribe para los congresos, para las editoriales y para el público y quiere quedar bien con todo el mundo. El Pequeño K no es gombrowiczólogo, pero también lo plancha, sus textos están dictados por la falta de esfuerzo, por la ligereza y por la pereza, Gombrowicz se hace humo entre sus manos. El Viejo Vate es otra cosa, es un poeta. En el número de noviembre de “Twórczosc” comenta el “Diario patagónico” del Pequeño K, y otra vez habla de mí. “Las opiniones de Kalicki sobre Gombrowicz se deben tal vez a su espíritu de contradicción, especialmente para con Juan Carlos Gómez quien es para mí el más importante exégeta de Gombrowicz entre los escritores vivientes de todo el mundo. Ningún espíritu científico puede competir con él teniendo en cuenta su unión espiritual muy particular con el maestro y sus competencias intelectuales tan singulares de las que surgió como prueba sugestiva su brillante e insuperable trilogía gombrowicziana publicada en „Twórczosc‟ (2004). Uno no llega a entender por qué esa trilogía no ha

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despertado interés en ningún editor de la patria del gran escritor a quien los manipuladores de la autoridad nunca podrán esconder ni destruir”

WITOLD GOMBROWICZ Y ANTONI SOBANSKI El Pato Criollo escribe en el prólogo de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” unas palabras que me llamaron la atención, y no porque sean paradojales como suele ocurrir a menudo con las afirmaciones de este notable gombrowiczida, sino porque a primera vista parecen ciertas. “El argentino y el extranjero: el extranjero asciende un escalón más en lo concreto de la realidad al desterrase. Si bien suele hablarse del exilio como de un universal del que se predican angustias y productividades, no se lo puede generalizar porque es un producto biográfico de la Historia. El desterrado hace una construcción imperfecta, arma un país con los fragmentos de otro. Es un trabajo parecido al de construir la felicidad, que se arma con fragmento de otras vidas, fragmentos cuyos bordes nunca coinciden exactamente” Inspirado en este pasaje del Pato Criollo sobre el argentino y el extranjero me puse a buscar algunos de los fragmentos de Polonia y de Europa con los que Gombrowicz había armado a la Argentina y me encontré con algunas dificultades desde el mismo comienzo del proyecto pues Gombrowicz no había asimilado muy bien que digamos en su juventud esas partes con los que debía construir otro país. En la Polonia de Gombrowicz no se daban cuenta de cuáles eran las verdaderas relaciones que existían entre el arte y el mundo espiritual con la enfermedad. Para los polacos el artista no era un neurótico que se curaba a sí mismo como dice Freud, sino un creador con un exceso de fuerza vital y salud llamado talento. Mientras tanto Gombrowicz andaba penando con las perturbaciones psíquicas de su herencia y con su anormalidad, y esta falta de valor personal y estas anormalidades eran justamente las que le permitían ubicar su obra en un clima más real y más trágico. Le permitían también adquirir una distancia en relación a su debilidad y un sentido más agudo sobre la salud y la normalidad. Pero los polacos no entendían que un enfermo sabe mejor que un sano lo que es la salud, al igual que un hambriento sabe mejor lo que es el pan. Los ladrillos de París tampoco le sirvieron de gran cosa a Gombrowicz para armar a la Argentina, especialmente en lo que concierne a una belleza argentina de la que estaba enamorado. “–¿Le gusta París?; –Así, así. A decir verdad no he visitado nada; –¿Por qué?; –No me gusta levantar la cabeza delante de los edificios y, en general, las visitas turísticas me aburren y deprimen; –¿Así que París no ha tenido la suerte de caerle en gracia?; – Bueno... más o menos... no mucho; –Pero, cómo, ¿no le gustan las perspectivas de la Place de la Concorde?; –Cómo no, siento respeto por todo ese Gótico y por el Renacimiento. Lástima que la población no esté a la altura... Para ser sincero los parisinos son más bien feos y carecen de encanto...” Sobre el aspecto y el encanto de los polacos tampoco estaba muy seguro, pero algunos polacos le resultaban realmente atractivos, como por ejemplo su amigo Antoni

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Sobanski. Tonio era un periodista e hijo de una familia de la nobleza rica y terrateniente, una persona de gran cultura, aunque no había terminado ninguna carrera universitaria a pesar de que había comenzado varias. Pertenecía al mundo cultural de la Polonia de antes de la guerra. Su libro, “Un civil en Berlín”, reeditado hace unos años en Polonia es una colección de sus reportajes de Alemania en los años 30. Viajó a Berlín varias veces y comentó el nacimiento y el desarrollo del fascismoen Europa. Son textos muy buenos y muy profundos: vio los peligros que pasaron desapercibidos para los gobiernos europeos, se dio cuenta cómo terminaría todo esto. Durante la guerra se fue a Londres y allá murió. El punto flojo de Tonio era su donjuanismo impenitente con el que había malogrado más de una familia. Antonio Sobanski, uno de los hombres más característicos de la Varsovia de preguerra y de las transformaciones que se producían en Polonia, no confiaba demasiado en las caras de los polacos. Sobanski era un conde terrateniente, un bohemio que detestaba el campo, que había roto con las tradiciones y que había asimilado todos los fermentos intelectuales y artísticos. Gombrowicz estaba deslumbrado con ese aristócrata extraordinariamente inteligente, un europeo de una gran cultura y de modales perfectos. No era snob ni un pedante amanerado, era un hombre de elite, pero su terreno de acción se limitaba a la clase superior. Más que nadie sabía que el encanto de una nación, su capacidad de fascinar y seducir, eran armas más poderosas que los cañones, y que el mundo trataba de un modo totalmente diferente a un pueblo que lo impresionara por su estilo y por su encanto en cambio de por su poder de fuego. “Veía en el país un material de primera categoría, creía que los polacos, llenos de temperamento, fantasía, sensibles al arte, hubieran podido seducir al mundo si no fuera por una terrible combinación de esclerosis, de provincialismo, de falsa vergüenza, de pathos y de una virilidad militar forzada, una mezcolanza que les confería una rigidez atroz” Con estos fragmentos tan heterogéneos Gombrowicz llegó a la Argentina y se propuso armar un país caracterizado por su diversidad de razas. Si bien es cierto que los inmigrantes de todos los países del mundo suelen vanagloriarse llenando de alabanzas a su país natal, los polacos son una caso muy especial, tanto que Dostoievski acostumbraba a decir que cuando los polacos se van de Polonia y pisan suelo extranjero se declaran condes. Gombrowicz mismo escribió en los diarios muchas páginas referidas a esta característica que tienen los extranjeros de hacerse su propia propaganda, maniobra de la cual Gombrowicz no estaba exento. Y puesto que desde su llegada a la Argentina se había especializado en dar charlas sobre el amor europeo tomando como ejemplo el modelo del donjuanismo de Sobaiski, empezó a incursionar en el amor de los jóvenes argentinos en las reuniones que tenía con Chinchina Capdevila y sus estudiantes amigas. “La amargura de la parte masculina de los jóvenes argentinos respecto al amor libre es enorme, tanto más que la imaginación y las mentiras de los europeos les pintaban a la lejana Europa como un lugar donde ocurrían maravillas” El joven inmigrante le llenaba la cabeza al joven argentino, recurriendo a un tono de superioridad despreocupada, con historias de mujeres que en su país eran más modernas y no ponían inconvenientes, y el joven argentino escuchaba todos esos relatos lleno de admiración y de envidia.

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Para Gombrowicz la esencia de una nación no se manifiesta en los análisis sino en la acción. El arte y el hombre son imprevisibles para sí mismos, la literatura no soporta los programas ni el sometimiento a las teorías, sólo acepta la audacia y el descaro creativos. La falta de una relación directa con la vida es la causa del carácter secundario de las culturas de las naciones secundarias, naciones tímidas y sin desenvoltura, que no son creativas porque no tienen contacto directo con la vida. Cuando Canal Feijoo y Gombrowicz se encuentran en Mendoza por casualidad se dan unas palmaditas en el hombro: –¿Qué hace usted por aquí?; –He venido por negocios. Venga conmigo. Allí, a la vuelta de la esquina, se está celebrando un encuentro de poetas de Catamarca con ocasión de un concurso de belleza. Era una reunión de ínfima categoría, un público grosero hacía ruidos estrepitosos, mientras las candidatas asustadas, temblaban y se agitaban como mariposas. Los poetas encargados de honrar a la reina esperaban junto a la pared muy bien vestidos. A Gombrowicz le vinieron a la memoria los jóvenes poetas polacos de antes de la guerra, vestían una ropa que era el colmo de la miseria y el descuido pero escribían un poco mejor que los argentinos. “Conmigo muestran desconfianza –ya me conocen–, y uno de ellos me advierte de entrada: –Tú, Gombrowicz, ¡sobre todo no hagas el tonto!; –¿Yo? ¡Qué va! –digo pacíficamente– ¡Jamás! La pena es que vosotros sí que hacéis el imbécil. Os han traído aquí para que cantéis la elección de la reina de la belleza, siendo la cosa menos poética que podía ocurrirle a un poeta moderno. ¡Una trivialidad antipoética y sentimentalona! ¡Puro kitsch!; –¡Eres un bobo! Se trata de provocar un escándalo. Somos seis y cada uno de nosotros va a declamar su poema para reivindicar la libertad sexual. ¿Comprendes?” La prudencia femenina en la Argentina no procede solamente de España, es también el resultado de una manera de vivir tranquila y burguesa, pensada para fundar una familia e instalarse en una casita con jardín. La joven argentina tiene todas las posibilidades de casarse bien y de pasar el resto de su existencia honradamente y sin riesgo. “A esas vírgenes una aventura, sencillamente, no les va bien. Por tanto, todo aquí está calculado para obligar al hombre a casarse, política femenina que ha triunfado incondicionalmente sobre el deseo de aventuras del hombre (...)” “Lo que pasa es que... el diablo está al acecho. El hombre está al acecho. Y mis poetas se estaban preparando para una ofensiva”

WITOLD GOMBROWICZ Y CHARLES BAUDELAIRE En su estudio sobre Baudelaire Sartre trata de mostrar de manera concreta que lo que se denomina el destino de un hombre es siempre idéntico a su libre elección de sí mismo. Baudelaire eligió siempre existir para sí tal como apareció en la mirada de los demás, es el hombre que ha elegido verse como si fuera otro ser, su vida es sólo la historia de ese fracaso. También Gombrowicz quería existir para sí tal como aparece en la mirada de los demás cuando hace conocer en los diarios su intención de que los lectores vean en él lo que él les sugiere que es. Quería imponerse a los hombres con esa personalidad sugerida para

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quedar luego sometido a ella por el resto de su vida. Quería diferenciarse en los diarios del pensamiento dominante y obligar a los lectores a confirmar esa diferencia que él mismo establecía, para descubrir la naturaleza de su presente y unirse a los lectores en una nueva actualidad. Baudelaire eligió verse en su madre como si fuera otro ser, y Gombrowicz eligió a los lectores con el mismo propósito. Los lectores eran respecto a él esa misma mirada paterna que demandaba en su niñez para que observara el despachurramiento al que sometía a las pobres ranas. Las madres de Gombrowicz y de Baudelaire, sin proponérselo, empujaron a sus hijos a un desatino y a un absurdo que ellos más tarde convirtieron en uno de los elementos más importantes de sus arte, pero por caminos muy diferentes. La relación que Gombrowicz mantenía con su madre tenía todas las características de un drama clásico, a veces cómico y otras veces trágico, una relación en la que sus verdaderos sentimientos eran contradictorios. Luce el sol; –Pero ¿qué dices?, ¡si está lloviendo!; –¡Qué manía tenéis de decir siempre tonterías!; –Bueno, digamos que no llueve, pero si empezara a llover, llovería. Era un deporte con el que su hermano Jerzy y él arrastraban a la madre a discusiones absurdas, una de las primeras iniciaciones en el ejercicio de la dialéctica que tuvo Gombrowicz: – ¡Otro divorcio en la familia!; –¿Qué estás diciendo?, ¿otro divorcio en la familia?, ¡no es posible!; –Te lo aseguro, me lo contó la tía Rosa, parece que ella se enamoró de su peluquero; –Cielos, qué escándalo. Al final de esta conversación teatral entre Jerzy y Witold aparecía la madre temblando de indignación: –¡Si la mujer de Henryk es tan desvergonzada no volveremos a recibirla!: –Pero, ¿por qué?, la tía Ela se divorció dos veces y ahora juega al bridge con sus tres maridos, dice que forman un equipo perfecto y que gracias a sus divorcios sus hijos tenían el doble de parientes. No le reprochaba a su madre el ser como era. En otros órdenes, tenía cualidades excelentes: bondad, nobleza, probidad, inteligencia, mientras sus debilidades eran un poco el producto de sus nervios y el resultado de la vida artificial y de una educación no menos artificial que había recibido. Pero el hecho de no querer ser lo que era, de no reconocerse a sí misma, terminó vengándose de ella, porque los hijos le declararon la guerra. Fue allí donde Gombrowicz comenzó su dolorosa aventura con las diversas distorsiones de la forma polaca. “En el mismo año 1933, en que se publicó mi primer libro, murió mi padre. Hacía meses que estaba enfermo, pero su empeoramiento se produjo en forma repentina, de modo que sólo mi madre y yo asistimos a su muerte (...)” “Mis hermanos no llegaron del campo hasta el día siguiente. Esa muerte me ha dejado recuerdos bastantes vergonzosos. Cuando expiró, intenté abrazar a mi madre para al menos de esta forma mostrarle mis sentimientos, pero el gesto me salió con torpeza y en un abrir y cerrar de ojos me di cuenta de toda mi miseria: era incapaz de tener unos sencillos reflejos humanos, de mostrarme cordial, cariñoso, estaba paralizado por la forma, por el estilo, por toda esa maldita manera de ser que me había creado... ¡resulta pues que no había sido capaz de aportar un poco de calor a mi propia madre en semejante momento! En nuestra familia vivíamos distanciados, éramos demasiado críticos, irónicos, sarcásticos, teníamos un exagerado sentido del ridículo, lo cual mataba en nosotros cualquier reflejo espontáneo (...)”

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Baudelaire, a diferencia de Gombrowicz, había elegido verse en su madre como si fuera otro ser. Cuando murió su padre Baudelaire vivía adorando a su madre, ignoraba que existía como persona, se sentía unido al cuerpo y al corazón de su madre por una especie de participación primitiva y mística. “Yo estaba siempre vivo en ti, tú eras únicamente mía. Eras un ídolo y un camarada a la vez.” La madre era un ídolo, el hijo estaba consagrado por el afecto que le profesaba la madre; lejos de sentirse una existencia errante, vaga y superflua, se piensa como hijo de derecho divino. Está siempre vivo en ella: esto significa que se ha puesto al abrigo en un santuario. Y precisamente porque se absorbe entero en un ser que le parece existir por necesidad y por derecho, está protegido contra toda inquietud, se funde con lo absoluto, está justificado. Este poeta maldito, comprometido por su participación en la revolución de 1848 y por la publicación de “Las flores del mal” en 1857, acabó por desatar una violenta polémica gestada en torno a su persona. Los poemas fueron considerados ofensas a la moral pública y a las buenas costumbres y su autor fue procesado. “Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias” Las cartas que Baudelaire le escribe a su madre son un relato completo de su vida personal, en las que le habla de las deudas, de los escándalos, de los disgustos y de una humillación continua que va transformándose en un reclamo desesperado de dinero y de amor. “Mi querida madre: si posees realmente un alma maternal y si todavía no estás harta, ven a París, ven a verme, e incluso ven por mí (...) Ya no soy aquel niño ingrato y violento. Largas meditaciones sobre mi destino y sobre tu carácter me han ayudado a comprender todas mis faltas y toda tu generosidad. Pero, en resumidas cuentas, el mal ya está hecho, hecho por tus imprudencias y por mis faltas. Es evidente que estamos destinados a querernos, a vivir el uno para el otro, a acabar nuestra vida lo más decorosa y lo más tranquilamente que sea posible (...)” “Y no obstante, en las circunstancias terribles en que me encuentro, estoy convencido de que uno de nosotros matará al otro y de que terminaremos por matarnos mutuamente. Después de mi muerte, tú no podrás seguir viviendo, eso está claro. Yo soy el único motivo que te hace vivir. Después de tu muerte, sobre si todo si murieses a consecuencia de un choque causado por mí, me mataría, eso es indudable (...) Hubo en mi infancia una época de cariño apasionado hacia ti; escucha y lee sin temor. Nunca te habré dicho tanto (...) Más tarde, sabes que atroz educación quiso tu marido que me diera; tengo cuarenta años y no puedo pensar sin dolor en los colegios, lo mismo que en el temor que me inspiraba mi padrastro (....) Finalmente, pude hacer mi vida y desde ese momento se me dejó caer del todo (...)” “Sólo me atraía el placer, una excitación permanente; los viajes, los muebles preciosos, los cuadros, las mujeres, etc. Hoy recibo cruelmente el castigo por ello (...) Es evidente que si no hubiera habido tutor, todo se lo hubiera llevado la trampa, no habría habido

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más remedio que tomarle el gusto al trabajo. Ha habido tutor, „todo se lo ha llevado la trampa y soy viejo y me siento desgraciado‟ (...) Sé que esta carta te afectará dolorosamente, pero en ella hallarás de buen seguro un tono de dulzura, de ternura e incluso de esperanza que muy rara vez has oído. Y te quiero”

WITOLD GOMBROWICZ, SUCHANOW

KRYSTYNA

RODOWSKA

Y

KLEMENTYNA

“En nuestro país la inteligencia, la sutileza, la razón, el talento, están indefensos ante toda clase de inferioridad proveniente de los bajos fondos de la sociedad, la miseria, las extravagancias, el salvajismo, las desviaciones y desenfrenos, el embrutecimiento y la brutalidad; por eso a quien llamamos intelectual ha estado siempre y sigue estando algo atemorizado... Lo único que quizás haya cambiado es que hoy en día esa violencia del inferior sobre el superior está mejor organizada...” Yo no sé si será por estas palabras que Gombrowicz escribió hace casi medio siglo, o por alguna otra razón, la cosa es que cuando pienso en Polonia tengo un poco de miedo aunque, lo reconozco, no esté amenazado por sus bajos fondos ni por ninguna otra cosa de la que tenga conciencia. “Literatura na swiecie” es una revista literaria polaca que compite con “Twórczosc”, el órgano de prensa de los homoeróticos a juicio de la Vaca que publica mis escritos; los jóvenes hacen cola detrás de la primera revista y los más añosos detrás de la segunda. Krystyna Rodowska, integrante de la familia de la Madame du Plastique, es una poetisa polaca ilustre y eximia traductora, publicó en “Literatura na swiecie”, “El jueguito continúa”, una nota que no está nada mal en la que hace reflexiones sobre “Cartas a un amigo argentino”, el libro editado por “Emecé”. En un momento determinado del escrito se pregunta sobre mis verdaderas intenciones. “¿Qué es lo que se esconde detrás de esa determinación y de esa obsesión con la que ahora Gómez se está esforzando por conseguir la gloria, no solamente la del querido „Maestro‟, sino también la suya?” En ese tiempo Krystyna Rodowska mantenía un conflicto amargo con Klementyna Suchanow y con la Vaca a causa justamente del desempeño que tenía la joven gombrowiczida en la revista de los jóvenes. “No sólo yo, sino todos los integrantes de la revista estuvimos de acuerdo respecto de su incompetencia e insolencia. Por esto, el nombre de la co-traductora que aparece en la revista no es abiertamente el mío (...), de acuerdo a un buen consejo que me dio Piotr Sommer, pues Klementyna no merecía el respaldo que hubiera podido darle mi nombre (...) La actitud de Jarzebski hacia mí es de mala fe, lo hace para ponerse del lado de su joven amiga, Klementyna (...) Jarzebski es un psicólogo tan capaz y listo como lo es Klementyna en materia de traducciones y escritura” Cuando la Suchanow vino a Buenos Aires y trajo en su cartera “El drama del ego en el drama de la historia”, una nota escrita por la Vaca, pensé que era una de esas jóvenes adoratrices de las que él me hablaba en sus cartas. Como a la oportunidad la pintan calva decidí aprovechar esta ocasión para desacreditar la actividad de Klementyna en

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Buenos Aires y para darle celos a la Vaca, entonces le escribí una carta uno de cuyos pasajes dio la vuelta al mundo. “Klementyna Suchanow se vino con tu „El drama del ego en el drama de la historia‟ debajo del brazo; nos comportamos como dos actores consumados, mientras ella destacaba tu actividad sobresaliente de investigador gombrowiczida yo le deslizaba sobre la mesa el „Goma‟ de Henryk Bereza. Con apuro y muy poco interés cada uno leía, o fingía que leía, yo tu texto, y la Suchanow el del Viejo Vate (...) Ahora bien, ¿de dónde sacaste que Klementyna no me gusta?, me gustó y muchísimo, el que parece que no le gustó a ella fui yo. Date cuenta, la vi una sola vez durante siete horas seguidas al cabo de las cuales yo tenía, por la parte baja, unas diez ginebras encima. Al principio me pareció una espía tuya, una ayudante de la facultad, una especie de Vaca pero de un nivel más bajo, sin embargo, a medida que pasaban las horas y las ginebras, me empezó a deslumbrar su encanto, en parte espontáneo pero en mucho mayor medida, premeditado” “Cuando sacó una banana del bolso y se la comió ya era para mí una diosa de la juventud. No recuerdo ni media palabra de la conversación, lo que sí recuerdo es que pasadas más o menos dos horas empecé a tener ensueños eróticos con la joven, me imaginaba que se iba desnudando poco a poco, que empezaba a jadear, le recorría el pubis y los senos con los ojos de la imaginación, yo no participaba con mi presencia en ese sueño, era sólo para Klementyna, no la iba a atormentar a la pobre con mi aparición ni siquiera en sueños, y ella seguía revolviéndose los cabellos, cerrando los ojos... No me volvió a llamar, y yo, después de ese encantamiento que ella, por lo menos en parte, debió percibir, no podía insistir. Aunque sé muy poco de lo que hizo por acá es seguro que su paso despertó sentimientos variopintos y enamoramientos ocasionales” “Pero, che, ¿qué hay detrás de la Suchanow? Supe recientemente que en “Literatura na swiecie” no tienen una buena opinión de ella, dicen que detrás de esa carita inocente y bella (sí, sí, hermosa como Isabella Rossellini) se esconde una arpía terrible, una farsante desvergonzada, una arribista ignorante, gente de Polonia le está pidiendo a la Madame du Plastique, desconsolada, que le corte el paso en Buenos Aires, que no le dé apoyo, y la pobre Madame no sabe qué hacer porque la admira, es decir, la admiraba. Resulta que Klementyna hizo su segunda aparición rutilante por la Argentina, ahora como ponente en un congreso de literatura, esto me lo cuenta la Madame du Plastique que no es muy buena relatora que digamos: le interesa muchísimo el reino mineral, también el vegetal, el animal menos, las personas casi nada” “El día de la ponencia la pobre Madame du Plastique se vino a las corridas desde San Isidro con la esperanza luminosa de participar en la consagración de Klementyna, pero... La conferencia sobre las relaciones de la literatura polaca con la cubana (Gombrowicz vs Piñera) no despertó un gran entusiasmo; sus cuatro oyentes, entre los que se encontraba la Madame du Plastique con su marido, que igualaban en cantidad a los expositores, escuchaban atónitos la voz de la Suchanow casi inaudible que pronunciaba palabras ininteligibles a una gran velocidad, y eso fue todo. María estaba muy contrariada porque le había prometido una copia del texto de la ponencia, y no se lo había dado. ¿Un pubis farsante?, ¿unos senos ignorantes?, ¿los cabellos y los ojos de la Medusa?”

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Los investigadores de los pasos que han dado los hombres de letras en el transcurso de sus vidas son unos obsesos que persiguen los detalles. Gombrowicz carga sobre sus espaldas unos cuantos de estos especialistas, algunos de ellos forman parte del club de gombrowiczidas. La Suchanow, verbigracia, está juntando papeles de Gombrowicz y sobre Gombrowicz casi desde el nacimiento y los cataloga con un cariño maternal, con el mismo que tienen los entomólogos cuando clasifican los insectos. El riesgo que uno corre al ponerse en contacto con estos investigadores especialistas es que, por la fuerza de la costumbre, nos conviertan también a nosotros en un papel. Gombrowicz estaba harto de estos expertos come papeles y de los que le cuentan el culo a las hormigas. “¿Qué impresión experimentáis al leer mi diario? ¿No la de un campesino de la región de Sandomierz que se ha encontrado en una fábrica agitada por unas tremendas sacudidas y vibraciones y se pasea por ella como si anduviera en su propia huerta? Aquí tenemos el horno incandescente, en el cual se fabrican los existencialismos, aquí Sartre prepara con plomo licuado su libertad responsable. Allá, el taller de la poesía, donde mil obreros, sudando a mares y en medio de una carrera alucinante de cadenas de montaje y engranajes, trabajan materiales cada vez más duros con un cuchillo superelectromagnético cada vez más afilado; allí, unas calderas sin fondo en las que bullen distintas ideologías, visiones del mundo y diversas fes. Aquí tenemos la vorágine del catolicismo (...)” “Allá, más lejos, los altos hornos del marxismo; aquí, el martillo del psicoanálisis, los pozos artesianos de Hegel y las fresas fenomenológicas; después, las pilas galvánicas e hidráulicas del surrealismo o del pragmatismo. La fábrica, gimiendo y precipitándose entre estrépitos y torbellinos, va produciendo instrumentos progresivamente más perfectos que a su vez sirven para perfeccionar y acelerar la producción, de tal modo que todo se vuelve cada vez más poderoso, más violento y más preciso (...)” “Pero yo me paseo entre estas máquinas y sus productos con gesto ensimismado y por lo demás sin demasiado interés, igual que si me paseara por mi huerta, allá en el campo. Y de vez en cuando, al probar este o aquel producto (como si fuera una pera o una ciruela), me digo: –Hm, hm..., era un poco duro para mí. O bien: –Al diablo con esto, es incómodo, demasiado rígido. O también: – ¡No estaría mal si no estuviera tan caliente! Los obreros me lanzan miradas hostiles. ¡Acaba de aparecer un consumidor entre los productores!”

WITOLD GOMBROWICZ Y ALICIA GIANGRANDE Alicia Giangrande nacida en Polonia terminó sus estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Varsovia en el mismo año en que apareció “Ferdydurke”. Emigrada a la Argentina después de la guerra se dedicó a la pintura, se casó con Silvio Giangrade y fue una buena amiga de Gombrowicz. “Estuve presente en el „bum‟ de „Ferdydurke‟ en Polonia cuando los periódicos principales le dedicaron grandes artículos. A Gombrowicz lo conocí personalmente en la Argentina en 1950, yo todavía vivía en el centro de Buenos Aires y de vez en cuando venía a visitarme.

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Finalmente Alicia se mudó a la “Piedra amorosa”, así se llamaba la casa que tenían los Giangrande en una quinta de Hurlingham, y es allí donde yo la conocí una tarde en que le contaba a los invitados cómo había estado presente en la casa de Zofia Nalkowska el día en que Bruno Schulz la visitó y le dio a leer “Las tiendas de color canela”. Alicia y Silvio eran buenos, cordiales y lo querían a Gombrowicz. En esa quinta tuve que padecer el primer encuentro con los Giangrande por culpa de una broma pesada que me gastó Gombrowicz aprovechándose de mi ignorancia. Desde muy joven la admiración había constituido para Gombrowicz un problema muy especial. No sé que es lo que habrá hecho en Polonia pero por aquí entraba a las exposiciones renqueando apoyándose en alguno de nosotros; si alguien le preguntaba por qué renqueaba respondía que lo hacía para compensar algún desequilibrio de la propia exposición, o que renqueaba porque le dolía mucho una pierna y que era una verdadera lástima que la belleza de la pintura calmara mucho menos el dolor que una aspirina. Cuando me presentó las esculturas metálicas del esposo de Alicia hizo todo lo posible para que yo no me pusiera en pose de admirador: –Vea, son unos pluviómetros muy especiales que se fabrican aquí para una empresa agrícola. Yo no supe a qué atenerme pues las esculturas de Chio no se diferenciaban gran cosa de esos artefactos, pero tenía mis sospechas de que no eran pluviómetros. Alicia Giangrande organizaba reuniones literarias en su casa con temas elegidos de antemano, había preparado en su quinta una mesa redonda a la que dio en llamar: “La influencia nefasta de Gutenberg en la literatura de nuestro tiempo”. Los invitados principales eran Gombrowicz y Sabato, pero también estaban González Lanuza, Julio Payro, Guillermo de Torre y otros más. Gombrowicz empezó a hablar de los escritores en general y de los hombres de letras presentes en particular. “Ustedes hablan de literatura sin parar pero en realidad ninguno ha leído a Shakespeare ni a Cervantes; –¿Pero qué barbaridades está diciendo usted?; –Bueno, pero aunque los hayan leído es seguro que no los comprendieron bien pues sólo un genio puede comprender a otro genio” Los viajes que hacía con Gombrowicz a Hurlingham a veces se convertían en una aventura que poco tenía que ver con la literatura. Una noche regresábamos a Buenos Aires. El tren estaba repleto, los coches de pasajeros estaban completos, viajábamos en un coche de cargas. Un grupo de brutos fumaba e imprecaba cerca nuestro, y como Gombrowicz los miraba con una mirada intensa de desprecio, ellos también nos empezaron a mirar. Mientras crecía la tensión Gombrowicz empezó a hablar en francés, un poco para mí pero, más bien, para la ciudad y para el mundo. Yo no tenía ganas de meterme en líos con esos brutos, así que lo miraba y sonreía beatíficamente. A Gombrowicz, sin ningún punto de apoyo, se le fue transformando la mirada; del desprecio pasó al disgusto, del disgusto a la neutralidad, y de la neutralidad al miedo. Estas situaciones se le debieron presentar con alguna frecuencia, Gombrowicz que era un busca pleitos y un provocador. “A veces venía a tomar el té con su amigo Gómez. Me acuerdo un día en el que quiso oír unos discos. Escuchaba religiosamente la música con Gómez. En un momento dado, salí al jardín. Todavía era invierno y encontré una gran flor de magnolia que acababa de abrirse. Entré para decirle que viniera a ver lo bella que era. Witold me respondió sin moverse: –Le creo, Alicia. Y siguió escuchando la música”

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En la casa de Hurlingham de los Giangrande se filmaron algunos pasajes de “Gombrowicz o la seducción”, la película de Fischerman, el más entrañable de todos resultó el de la pequeña niña polaca recitando el chip chip. Antes del viaje que hicimos con Gombrowicz a Piriápolis, a fines de 1961, Gombrowicz pasó unas vacaciones en la quinta de Alicia y Silvio Giangrande. Llevaba en la valija varias decenas de páginas de “Cosmos” y el libro de un grabador alemán que le dedica a Alicia. “Noble Alicia, este regalo es de mi editor alemán. A mí, que soy un profundo ignorante de la pintura, me deja indiferente. Piense un poco, Alicia, ¿dónde podría conseguir los tratados de Lhote (en español) para Flor de Quilombo, mi protegido de Tandil. Hoy he comido una milanesa con puré, lo que demuestra que mi hígado funciona más o menos bien. Esta dedicatoria es existencialista al nuevo estilo. Me inclino ante usted y ante el Gandhi (Silvio) de Hurlingham. W. Gombrowicz” Los intentos que hizo Alicia para ayudar a Gombrowicz, igual que tantos otros intentos, resultaron vanos. A pesar de todos los infortunios que había padecido no ponía ninguna voluntad por aceptarlos. Lo habían zamarreado en las pensiones cuando se escapaba sin pagar, había llegado desfallecido a la casa de algún polaco para que le dieran de comer, había dormido sobre papeles de diario en una casa de Morón, había recorrido los suburbios para que los cadáveres le dieran de almorzar en los homenajes que le hacían al muerto. El hambre, el frío y las chinches no le faltaron en los primeros años de vida en la Argentina. “A veces me pregunto qué hubiera pasado si la seriedad con la que me toman en Europa me hubiera sido demostrada allá, en la Argentina. Creo que hubiera sido un factor negativo, porque mi literatura tenía que formarse en la soledad” Grandes árboles, una casa blanca de una sola planta, y unos perros negros y greñudos que demostraban su afecto saltando sobre los invitados. Silvio había sido capitán de la marina de guerra italiana, y hablaba poco. “Uno llega a un lugar, toma té, conversa, después abre la valija, dispone las cosas en la habitación de los invitados... ¿No es uno de los temas centrales de mi vida? Escuchar nuevos susurros, respirar aire extraño, penetrar en un sistema desconocido de sonidos, olores, luces” Gombrowicz había ido a Hurlingham a descansar y a encontrarse consigo mismo para seguir con “Cosmos”. Alicia era pintora y Silvio escultor, se habían convertido poco a poco en una pareja de plásticos. “Al hablar con ellos, su dedicación al arte en esa quinta y ese proyecto suyo tan mimado, me ha parecido próximo a la bancarrota; en lo que decían no había alegría, sino más bien amargura, decepción, en fin, esas muestras de desencanto con que ahora me encuentro continuamente en el mundo de la pintura” En las artes plásticas se ha impuesto una manera de ver y de recrear que hace que una persona del todo mediocre pueda llegar a crear una obra nada mala. Gombrowicz estaba complacido con la decadencia de ese arte impuro que siempre había estado ligado al instinto de posesión y al comercio, más que al placer estético. Poco a poco Gombrowicz se fue dando cuenta que Helena, la sirvienta de la casa, no se comportaba de un modo normal.

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Era aplicada y amable, pero... Alicia le cuenta que es paranoica, que el diagnóstico se lo había hecho el psiquiatra. “A veces tiene ataques, y me hace escenas, pero después se le pasa. Lo peor es que, como dice el médico, es peligrosa, en el momento menos pensado puede tener una crisis de verdad y agarrar un cuchillo; –¿Y no tenéis miedo de estar con ella? Cio pasa mucho tiempo fuera de casa y usted está sola; –¿Y qué podemos hacer? ¿Despedirla? ¿Quién emplearía a una loca? ¿Y su hija? ¿Qué hacer con la niña? ¿Enviar a Helena al hospital? No está lo bastante loca, sería inhumano encerrar en un manicomio a una persona como ella... Además los manicomios están repletos, son un verdadero infierno” Había dos asuntos que Gombrowicz distinguía muy especialmente en sus rituales: el placer que le proporcionaba la comida y el miedo a ser asesinado. Con el cuento que le estaba contando Alicia Gombrowicz enseguida pensó que podía ser asesinado. Comía con buen apetito, de una manera disciplinada y ceremoniosa y se negaba sistemáticamente a compartir su habitación con nadie por temor a que lo estrangularan. Esta aprensión la usó como argumento para escaparse de las casas de los Giangrande y de los Swieczewski después de haber pasado unos días de vacaciones en ellas. No existe manía de Gombrowicz de la vida de todos los días que no aparezca en sus creaciones. El asesinato toma las formas de la antropofagia en el cuerpo de un niño al que unos aristócratas se manducan en un almuerzo, de la estrangulación de animales y de personas y, en fin, de todo tipo de muertes como en las obras de Shakespeare. Mientras toma una decisión sobre qué hacer con la locura de la sirvienta sigue meditando en esa casa de Hurlingham; a su juicio el hombre nunca se ha planteado suficientemente el problema de la cantidad. No es lo mismo ser un hombre entre mil millones que sólo entre doscientos mil. No es lo mismo un hombre de la época de Demócrito que de la de Brahms. “Vive en nosotros la conciencia del hombre único del tiempo de Adán. Nuestra filosofía es la filosofía de los Adanes. El arte es el arte de los Adanes” La expresión no sólo debería estar separada entre la fase ascendente de la juventud y la descendente de la vejez, sino también debería identificar a qué cantidad de hombres expresa. La épica, la sociología y la psicología a veces expresan al rebaño humano, pero desde el exterior, como a cualquier otro rebaño. No es suficiente que Homero o Zola se ocupen de la masa ni que Marx la analice, esas voces deberían tener algo que nos permita saber si pertenecen a un mundo de miles o de millones hombres, deberían estar saturadas de la cantidad hasta la médula. Estas reflexiones sobre la cantidad las hace a propósito de la sirvienta Helena. Si él no se apiada de ella quién se va a apiadar. Pero no es la piedad de una sola persona, también la piedad se ha multiplicado, sólo en Buenos Aires debe haber en ese momento una cien mil almas apiadándose de alguien. Y la piedad en grandes cantidades le produce risa, una risa muy particular y tremendamente humana. Quiere comprobar si este problema es real o imaginario, pero no tiene tiempo de saberlo, tiene que huir, que otros centenares de miles de cabezas se ocupen de todo esto, él tenía miedo de ser asesinado. Era tal la atracción que el asesinato ejercía sobre Gombrowicz que cuando sospechaba que alguno de nosotros no había leído “Ferdydurke”, o lo había leído en forma incompleta, nos preguntaba en qué capítulo asesinaban al conejo.

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Alicia era menos formal con otras personas que con Gombrowicz. Una tarde entró con el Pterodáctilo a una casa de electrodomésticos de un amigo. Como el amigo no estaba, en un descuido de la empleada, el Pterodáctilo agarró una aspiradora y los dos salieron corriendo del negocio. Entraron al Petit Café de Santa Fe y Callao donde estaba sentado el amigo conversando tranquilamente; –¿Qué hacen ustedes con esa aspiradora?; –No sabés, es lo único que pudimos salvar, un robo con armas de puño en tu local, ¡qué susto! El amigo salió corriendo del Petit Café como un loco, con la aspiradora en la mano.

WITOLD GOMBROWICZ, RAFAEL CIPPOLINI Y MARCELO DAMIANI El Cebollita es un distinguido integrante del club de gombrowiczidas al que conocí junto al Aceitoso en el Centro Cultural de España cuando el Bucanero tiró la casa por la ventana para presentar “Cartas a un amigo argentino” en una noche memorable. Siempre aparecían juntos, llegué a pensar que eran una pareja, pero en lo que respecta a Gombrowicz andaban detrás de cosas diferentes, el Aceitoso detrás de la correspondencia y el Cebollita detrás de la traducción de “Ferdydurke”. El Porcus Hungaricus, por aquel entonces un sombrío profesor de Literaturas Eslavas de la Universidad de Barcelona y director de la revista “Lateral”, le pidió al Aceitoso que se pusiera en contacto conmigo después de la aparición de “Cartas a un amigo argentino” pues tenía interés en publicar parte del epistolario y un reportaje que tenía que hacerme el Aceitoso. Tuve algunos encuentros con el Aceitoso, en uno de ellos con mucha mala suerte pues se le ocurrió regalarme un libro suyo dedicado. A pesar de todo eran más los entretenimientos que los disgustos pues el Aceitoso sabía jugar al ajedrez. Nos pasábamos las horas jugando, era muy buen jugador y me ponía en aprietos, estábamos postergando el reportaje para el final pero finalmente el Porcus Hungaricus le puso un plazo perentorio. Para salir del apuro, yo no estaba muy inspirado que digamos para hacer un reportaje con el Aceitoso al que consideraba un don nadie, se me ocurrió darle los reportajes que ya me habían hecho Cristina Mucci, Roberto Alifano y Esteban Peicovich. Tan mal no le salió, aunque se le notaban las partes pegadas, pero al lado de algunas cartas de Gombrowicz y de otras mías que aparecieron el la publicación del Porcus Hungaricus, pasó desapercibido. El Pterodáctilo y el Buey Corneta presentaron en el Centro Cultural de España “Cartas a un amigo argentino”, y debieron hacerlo junto al Asno, pero como el Asno no pudo venir desde Tandil le escribió algunas cartas al Cebollita. “(...) me imagino a Gómez hablando sin parar y riendo a carcajadas. Una vez me salvó la vida porque estaba en un hospital con un ataque de hipo que me impedía tomar los remedios que me salvaron la vida, y sólo de verle la cara, el ataque de risa (en el borde de la muerte) me quitó el aterrador hipo que duraba tres días (...) Creo que el joven Alan lo va a sobrellevar. Horas con Arnesto no son tan malas como horas con Goma (...) Yo apuesto a que Goma no parará de hablar. Que todo sea a la mayor gloria de Witoldo (...) Él era el interlocutor filosófico de Witold, encarnó la voz antagónica del diálogo en

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presencia del viejo (...) Yo mantuve una distancia que Witold siempre advirtió y tal vez respetó más allá de las chicanas y las bromas. Goma fue más generoso (...)” Como el Cebollita, a pesar de sus desvaríos patafísicos, quería aparecer como un escritor serio y muy documentado, me pidió ayuda para escribir una nota sobre la traducción de “Ferdydurke”. Saqué copias de algunas páginas del “Gombrowicz íntimo”, la versión española pirata de “Gombrowicz en Argentine” de Marcos Ricardo Barnatán que apareció en 1987, y concerté un encuentro con el Cebollita en el Centro Cultural Borges, quería retribuirle la gentileza que había tenido conmigo copiándome las cartas que le había escrito el Asno. Pero el Cebollita me jugó una mala pasada y faltó a la cita. Se me ocurrió pensar que se estaba vengando seguramente de algo que le había hecho yo, como se vengaba Gombrowicz del Asno en Tandil cuando el Asno le hacía bromas pesadas, pero como no sabía de qué se estaba vengando lo mandé a la mierda que lo parió. Pasó el tiempo y la vida volvió a reunirnos junto al Esperpento en una mesa redonda del Malba a la que dieron en llamar “Gombrowicz y los argentinos”. El título de la ponencia del Cebollita, no podía ser de otra manera, tenía que ver con el contenido de los documentos que me había pedido a mí: “La traducción al castellano de „Ferdydurke‟ es un mito porteño” El conocimiento que mostró en la disertación sobre este asunto no puede superarse, está a la altura de las mejores exposiciones. “Son muchos los que coinciden en que Gombrowicz conocía „Ferdydurke‟ absolutamente de memoria. Hace apenas unas horas, Juan Carlos Gómez (más conocido en los círculos gombrowiczianos por su apodo, „Goma‟) volvió a narrarme minuciosamente la portentosa escena (...)” “El polaco ofrecía a su nuevo interlocutor (fuera quien fuese) la edición argentina de su novela y le exigía que buscase y optase por tres palabras cualesquiera, pero consecutivas; el desafío, curiosamente, era pare él mismo: se obligaba a responder con exactitud la página en cuestión, ahí donde el desafiado subrayaba su arbitrio. Parece ser que lo hacía por dinero y casi nunca se equivocaba (...)” Así empezó el Cebollita una exposición muy documentada que cautivó a un público entusiasta. La cantidad de enlaces que estableció para explicar esta traducción de “Ferdydurke” fue muy grande, vasta nombrar el elenco de hombres de letras que aparecieron en su discurso: Virgilio Piñera, Humberto Rodríguez Tomeu, Adolfo de Obieta, Luis Centurión, Manuel Gálvez, Eduardo Mallea, Arturo Capdevila, Lafleur, Roger Plá, Antonio Berni, Carlos Mastronardi, Coldaroli, Jorge Calvetti, Ernesto Sabato, Raimundo Lida... Y remató la conferencia haciendo mención a las segundas partes que, según todos sabemos, nunca fueron buenas. “Cuando hacia 1964 la Editorial Sudamericana decide sumar a su catálogo la novela que es un éxito en Francia desde su publicación en 1958, Sabato vuelve a embestir y aconseja reemplazar la histórica traducción por una nueva. Juan Carlos Gómez, militante ferdydurkista desde 1956, año en que conoció a Gombrowicz en la Rex, le escribe a Vence, donde reside, anoticiándolo de la intención sabatina. El polaco responde de inmediato, defendiendo la labor del Comité: a fin de cuentas, no hacía otra cosa que defender su memoria. Miles de palabras en su lugar exacto”

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Yo mismo estaba deslumbrado con el conocimiento del Cebollita, pero hacia el final de la mesa redonda ocurrió algo que me hizo dudar sobre si la seguridad con la que hablaba el expositor tenía un buen fundamento. En efecto, el Cebollita le estaba comentando a una parte del público que se le había acercado para felicitarlo, algunos de los contratiempos padecidos por Gombrowicz mientras administraba justicia en los tribunales de París. Alrededor de Gombrowicz suelen formarse algunas confusiones aunque no sé si alguna alcanza la altura de ésta en la que el Cebollita lo pone a Gombrowicz administrando justicia en los tribunales de París, pero hay una que le pasa raspando. Gombrowicz y el Asno hacen un viaje a Montevideo y van a una conferencia que da Dickman en la Asociación de Escritores. En la sala flota en el aire la cortesía, la banalidad y el aburrimiento. Paulina Medero preside la sesión: –Tenemos el honor de presentar al señor Gombrowicz a quien saludamos; quizás quiera decirnos unas palabras; –Bien, Paulina, pero de hecho ¿qué es lo que he escrito? ¿Cuáles son los títulos? Dickman acude en auxilio de Paulina: –Yo sé, Gombrowicz publicó una novela en Buenos Aires traducida del rumano, no, del polaco, “Fitmurca”... no, “Fidefurca”. Se produce un malestar generalizado.

WITOLD GOMBROWICZ Y ARTHUR SANDAUER “¡Mísero de mí! Estoy en cama. Lumbago (...) Le aconsejo, Dominique, que no vaya en coche con Sandauer; es un pésimo conductor (...) Desgraciadamente no puedo hacer nada por el momento. Dentro de unos días me propongo elegir para usted un texto de igual longitud que „Dante‟. Hitler es demasiado breve, son apenas dos páginas del „Diario‟ (...)” Las relaciones de Sandauer con Gombrowicz eran ambiguas. Sandauer tenía las manos atadas en la Polonia Popular, además quizás estuviera tomando alguna revancha de lo que Gombrowicz había escrito en los diarios sobre él. Lo había caracterizado como una especie de escarabajo solitario que seguía su propio camino, un mastodonte, un monje, un hipopótamo, un excéntrico, un inquisidor, un mártir, un aparato, un cocodrilo... un sociólogo. “En una literatura patriótica y moralizante como la polaca, Gombrowicz representa un fenómeno excepcional. Basta con recorrer cualquiera de sus libros para convencerse de que, en el lugar del patriotismo, lo que aquí domina es el egotismo, que el único imperativo de esta obra es la fidelidad hacia sí mismo” A juicio de Sandauer las tendencias progresistas se vieron contrastadas por el implacable culto a la separación de la literatura de la vida. Fue el tiempo en que Gombrowicz quería 'cuculizar' la literatura polaca, ejerciendo una gran influencia sobre sus contemporáneos con su literatura dominada por el infantilismo y el subconsciente. En su novela, cuyo título constituía ya de por sí un programa (puesto que 'Ferdydurke' no significa nada), quiso reducir la vida humana a unos reflejos infantiles, y las cuestiones sociales a la época de la niñez y a la esfera de los reflejos subconscientes. Sandauer centró sus críticas a Gombrowicz sobre su homosexualidad y sobre su fascismo.

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“Apuesto a que estos recuerdos de Berlín caerán las manos de gacetilleros, a que la política bailará a su alrededor una danza negra, a que yo, artista, seré entregado al articulista, yo, hombre, me convertiré en pasto de redactores, en blanco de los ataques de publicistas, seré bocado de nacionalismos, capitalismos, comunismos y el diablo sabrá qué más, me convertiré en víctima de ideologías y mitologías, además, seniles, aniñadas, escleróticas, burocráticas y, en definitiva, perfectas para tirarlas a la basura” Pero no solamente de gacetilleros, también había caído en las manos de Sandauer, que después de los siete años de silencio que le venían de Polonia desde la época del deshielo, escribe sobre su fascismo y sus perversiones sexuales. Las confidencias que hace Gombrowicz sobre su homosexualidad son confesiones a medias, porque no siempre lo había sido, y porque, a su juicio, casi no había hombre que no hubiera experimentado esa tentación. “¿Qué puede saber ese cactus de Sandauer, me pregunto, sobre el Eros, pervertido o no? Para él el mundo erótico siempre será una habitación aparte, cerrada con llave, que no se comunica con otras habitaciones de la vivienda humana. La sociología, sí, la psicología..., éstas son las habitaciones donde se siente como en su casa. Pero el erotismo es para él una monomanía (...) Algunos verán en mi mitología del „Joven‟ la prueba de mis inclinaciones homosexuales; pues bien, es posible. No obstante, deseo hacer una observación: ¿es seguro que el hombre más hombre permanece insensible por completo ante la belleza del muchacho? (...)” “Y aún más: ¿cabe decir que la homosexualidad, milenaria, extendida, siempre naciente, no es otra cosa que extravío...? Y si ese extravío es tan frecuente, si se halla tan universalmente presente, ¿no es acaso porque prospera sobre el terreno de una atracción innegable?” Las fábulas volátiles de los artistas son consistentes sólo cuando nos revelan alguna realidad, la que fuere, y la pregunta que nos debiéramos hacer sobre las perversiones eróticas de Gombrowicz es si ellas han llevado al descubrimiento de alguna verdad; si no fuera así no vale la pena romperse la cabeza, sería un caso para ser tratado por la medicina. Para Gombrowicz el hombre joven debe convertirse en un ídolo del hombre realizado que envejece. El dominio orgulloso del mayor sobre el menor sirve para borrar una realidad, la realidad de que el hombre en declive sólo puede tener un vínculo con la vida a través del joven, ese ser que asciende, porque la vida misma es ascendente. La naturaleza insuficiente y ligera del joven es un factor clave para la comprensión del hombre y del mundo adultos, existe una cooperación tácita de edades y de fases de desarrollo en la que se producen cortocircuitos de encantamientos y violencias, gracias a la cual el adulto no es únicamente adulto. Estas afirmaciones, aunque no están formuladas abiertamente en “Pornografía”, son las que determinan la naturaleza del experimento que lleva a cabo Gombrowicz con sus tendencias homosexuales. Pero, para cierta especie de críticos, la acción de esta novela es un fábula arbitraria y mágica que ocurre simplemente por orden de Fryderyk, un personaje sobrenatural y casi divino, que vendría a ser algo así como el alter ego de Gombrowicz. Las naturalezas no eróticas como la de Sandauer tienen dificultades para penetrar en los mundos eróticos, además, las obras de Gombrowicz son difíciles, sin embargo, la

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estupidez de los críticos debiera tener un límite, el límite de no escarbar en las perversiones de Gombrowicz sin la capacidad de descubrir a qué consecuencias llevan. El fascismo de Gombrowicz, en cambio, es irreal, de vez en cuando aparece como un reflejo de su crítica al comunismo y especialmente al provincialismo polaco que lo había atormentado desde su más tierna juventud. En el año 1938 viajando de Roma a Venecia Gombrowicz conversa en el tren con cuatro pilotos italianos: –¿Y si el Duce os ordenara bombardear todo esto, la iglesia, el palacio, la procuraduría?; –Entonces no quedaría de esto ni una piedra. Esta respuesta era de esperar, pero fue sorprendente para Gombrowicz la alegría con la que se lo anunciaban de una manera triunfal. Lo que les encantaba tanto era el hecho de que se sentían creadores de la historia, el pasado para ellos había llegado a ser menos importante que el futuro, podían destruirlo. Este sentimiento de omnipotencia, aunque no referido a las campañas militares y a los bombardeos, también lo tenía Gombrowicz. Gombrowicz vivió en una época que experimentó un ascenso irresistible de la actividad política cuyas formas más representativas fueron el fascismo y el marxismo. Todas las posiciones políticas de Gombrowicz son ajustes de cuentas que hace entre el individuo y la nación, un pedido de cuentas a ese pedazo de tierra creado por las condiciones de su existencia histórica y por su situación especial en el mundo. El propósito de Gombrowicz es reforzar y enriquecer la vida del individuo haciéndola más resistente al abrumador predominio del estado y de las instituciones colectivas que presionan sobre el hombre. “La derecha veía en mí a un bolchevique, mientras que para la izquierda yo era un anacronismo insoportable. Pero de alguna manera veo en ello mi misión histórica. Ah, entrar en París con una desenvoltura ingenua, como un conservador iconoclasta, un terrateniente vanguardista, un izquierdista de derechas, un derechista de izquierdas, un sármata argentino, un plebeyo aristócrata, un artista antiartístico, un maduro inmaduro, un anarquista disciplinado, artificialmente sincero, sinceramente artificial (...)” Pero Gombrowicz se había tomado un descanso de un cuarto de siglo alejándose de todas estas tensiones que lo habían perseguido en Europa. “Veinticuatro años de esta liberación de la historia. Buenos Aires: un campo de seis millones de personas, un campamento de nómadas, una inmigración procedente de todo el globo terráqueo: italianos, españoles, polacos, alemanes, japoneses, húngaros, todo mezclado, provisional, viviendo al día... Los auténticos argentinos decían con naturalidad „qué porquería de país‟, y esa naturalidad me sonaba a maravilla después de la furia sofocante de los nacionalismos”

WITOLD GOMBROWICZ Y CECILIA BENEDIT DE DEBENEDETTI “Precisamente en la casa de los Berni conocí a Cecilia Debenedetti en su casa de avenida Alvear donde hacía reuniones con un grupo de personas bohemias. Cecilia vivía dentro de una especie de halo brumoso: conmovida, embriagada, espantada por la vida, se despertaba de un sueño para sumirse en otro sueño aún más fantástico, luchando a la manera de Charles Chaplin con la substancia misma de la existencia... no, era incapaz

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de soportar el hecho de existir, se trataba de una mujer de cualidades eminentes y excepcionales, un alma muy noble de aristócrata” Gombrowicz había conocido a la Condesa en la recepciones que hacía en su casa de la avenida Alvear. Reuniones de bohemios, bailarines y chicas monísimas en las que Gombrowicz se recuerda siempre con una copa en la mano. “¿Conoces a aquellas dos chicas de allí, de aquel rincón?; –Son hijas de la señora que está hablando con La Fleur. Te diré lo que cuentan de ella: se llevó dos chicos de la calle a un hotel; para excitarlos les puso una inyección..., pero uno de ellos tenía el corazón débil y se murió. ¡Ya puedes imaginarte! Una investigación, la policía..., pero estaba bien relacionada, echaron tierra sobre el asunto, ella se marchó un año a Montevideo” Los jóvenes eran para Gombrowicz víctimas propiciatorias de la muerte y del sexo en sus formas más intensas. El orden social descansaba sobre esos esclavos, que apenas adolescentes eran tomados por el cuello para el servicio militar, obligados a jurar obediencia ciega, preparados para matar y dejarse matar. Gombrowicz consideraba a la juventud como un valor por debajo de los otros valores, sin embargo, también como un valor cruel que destruye a los otros valores, un valor que se bastaba a sí mismo, y hasta llega a decir que entre Dios y el joven se quedaba con el joven. Pero los jóvenes de sus narraciones, por lo general, están en apuros. Cecilia era una dama de los tiempos de su prehistoria argentina, debería correr todavía mucha agua para que la Condesa, esa dama que había “resultado ser un báculo de virtudes y un calor de encantos, a pesar de la neurastenia que la perseguía”, le abriera paso a la resurrección de Gombrowicz apoyando la edición argentina de “Ferdydurke”. Cuando a fines de 1945 Gombrowicz anuncia en el café Rex que va a regresar a la literatura con la traducción de “Ferdydurke”, sus amigos se proponen ayudarlo. Era preciso asegurarle la subsistencia para que se dedicara exclusivamente a la traducción. “En lugar de buscar un mecenas habíamos tenido la idea de reunir a una docena de amigos de buena voluntad cuya contribución sería de cien pesos cada uno, lo que nos permitiría reunir mil doscientos pesos, o sea una subvención de trescientos pesos por mes. Se precisaba que no se trataba de un regalo sino de un préstamo, pues los cien pesos les serían devueltos a cada contribuyente cuando se cobraran los derechos de autor. Era una especie de fondo nacional para las artes... Pero en esta ocasión, como en tantas otras, la solución vino de parte de Cecilia Benedit de Debenedetti a quien Gombrowicz dedicó la edición argentina de „Ferdydurke‟ (...)” Cuando Gombrowicz traduce “Ferdydurke” al español, los miembros del comité de traducción se empiezan a entusiasmar, de este entusiasmo Gombrowicz deduce algo que anota en sus diarios mucho tiempo después. “Era, pues, un libro universal. Era uno de esos pocos libros, poquísimos libros polacos capaces de conmover realmente a los lectores extranjeros de la mejor categoría. ¿Y en París? Me di cuenta de que la carrera mundial de „Ferdydurke‟ no era algo que perteneciera sólo al dominio de los sueños, cosa que ya sabía de antes, pero se me había olvidado” Pero también hace una referencia a la indicación que le da a los lectores en el prefacio para que se toquen la oreja derecha, la izquierda o la nariz según fuera el sentimiento que les hubiera despertado el libro.

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“Con esta ligereza, incluso frivolidad, introduje a „Ferdydurke‟ en el mundo argentino; y lo hice así porque ante este segundo debut mi postura era aún más intransigente con respecto al lector y a su aceptación o su rechazo” En las vísperas de la aparición de “Ferdydurke” Gombrowicz se refiere a la Condesa en su casa de Salsipuedes pensando en millones de pesos. “(...) estoy muy bien, en un lindo chalet con buena cocina y en compañía de la Condesa. Ocurre que mi estadía aquí puede ser muy fructuosa y la Condesa es tan amable conmigo que quiere presentarme a su prima que tiene dos millones y a varios otros miembros de su familia que suman alrededor de diez millones, pero tengo que mantener a toda costa mi prestigio y dignidad (...) ¡Qué culta, qué inteligente, qué fina es esta mujer!” La Condesa estaba deslumbrada con Gombrowicz y posiblemente también algo enamorada. “Nos veíamos a menudo en casa de los Berni; después Witold vino a nuestra casa. Quería que abriera un salón: –No sea perezosa, Cecilia, celebre reuniones intelectuales en su casa, la vida social es una obligación y no un placer (...)” “A veces me invitaba al Rex y jugaba al ajedrez. Yo me quedaba sola sentada a una mesa esperándolo. Esperaba, esperaba... y cuando había terminado de jugar, me acompañaba a casa. En ocasiones, por la noche, íbamos a cenar al Sorrento de la calle Corrientes, y cenábamos tranquilamente, contentos de nosotros mismos. Era un gran amigo (...) En la calle Venezuela tenía colgado un cuadro que había pintado yo, era un desnudo colgado al revés, quizás trataba de disimular el hecho de que le había gustado. En el banco polaco le hacía creer a los empleados que yo era una condesa (...)” “En mi casa de Salsipuedes, después de cenar, nos sentábamos en el porche a charlar. Durante aquellas largas veladas se hablaba de todo (...)” “Cuando terminábamos de conversar se iba al garaje donde estaba su habitación, yo veía cómo se alejaba completamente solo. Todas las veces tenía la misma extraña impresión al verle la espalda, se repetía todas las noches. Siempre de espaldas alejándose completamente solo” Seis años después de la legendaria traducción de “Ferdydurke” Bondy lee esta versión argentina y escribe una nota, la primera aparecida en Europa Occidental después de la guerra, una nota que le va abriendo el camino a Gombrowicz para su entrada triunfal en París. “Se trata de las aventuras de un hombre maduro, reintegrado por la fuerza a la adolescencia y a la escuela, que se convierte en objeto de diversas empresas de infantilización y de adultización. Publicaremos próximamente algunas páginas características con la esperanza de que los amantes de Jarry se alegrarán de descubrir a un Gombrowicz que, con una tradición eslava y gogoliana, payasesco, desafiante e irónico, crea una obra que llega a ser hasta genial, en todo caso de una sorprendente extrañeza” Bondy no le pierde pisada a Gombrowicz y sigue escribiendo sobre “Ferdydurke” hasta que, finalmente, la editorial Julliard le abre las puertas a un mundo que en Polonia y en la Argentina le había sido hostil. El restaurante Sorrento, donde acostumbraba a comer con Cecilia, se convirtió para Gombrowicz en una especie de santuario gastronómico. Allí recibí enseñanzas sobre

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los modales de la mesa: el cuchillo sólo se utiliza si no se puede prescindir de él, nunca para una omelette, una tarta, con el tenedor alcanza; la cuchara debe ingresar de costado a la boca, nunca de punta; el caldo se debe absorber en silencio; no se deben tomar los alimentos con las manos; lo que ingresa a la boca no puede salir por la boca: –¿Y los carozos y las espinas?; –Arréglese, hay que sacarlos antes; jamás usar mondadientes y mucho menos llevarse una mano a la boca para ocultar las maniobras que se hacen con él. Basta decir que Gombrowicz violaba una por una todas estas prohibiciones: –¿Qué hace, Gombrowicz?; –Vea, Gómez, una vez que se sabe, está permitido. Y es el Sorrento el que le da una idea sobre la que escribe un pasaje célebre en las páginas de los diarios en el que convierte a la comida en un mecanismo que baila al son de una música metafísica. “A derecha e izquierda, burguesía. Las mujeres se meten en sus orificios bucales trozos de carne mortecina y mueven la bocacha –eso les pasa al esófago y después al aparato digestivo–, todo ello con cara de sacrificio, y de nuevo abren el orificio para llenarlo... Los hombre se valen de cuchillo y tenedor; entre otras cosas, sus pantorrillas embutidas en las perneras se nutren aprovechando el trabajo de los órganos digestivos..., ¿sería francamente extraño abordar la actividad de la gente aquí reunida como la nutrición de las pantorrillas...? (...)” “Pero el mecanismo de sus movimientos está fijado en los más mínimos detalles, todas estas operaciones están definidas y formadas desde hace siglos: alargar la mano para alcanzar el limón, untar los trocitos de pan, conversar entre dos tragos, llenar los vasos o servir los platos al margen de una conversación, con una sonrisa oblicua –una uniformidad de movimientos casi como en los conciertos de Brandeburgo–; se ve aquí la humanidad que se repite a sí misma sin descanso. La sala, rebosante de comilona, se manifiesta en una infinidad de variantes, como una figura de vals repetida por los bailarines; y la cara de esta sala concentrada en su eterna función era la cara de un pensador”

WITOLD GOMBROWICZ Y MIHÁLY DÉS El Porcus Hungaricus era el editor responsable, ésta es una manera de decir, de la revista “Lateral”, una publicación de la misma “terra mítica” del Orate Blaguer. Cuando el Aceitoso nos puso en contacto el Porcus Hungaricus sufrió una transformación notoria y, aunque magiar, las cosas entre nosotros tampoco terminaron bien, como no lo habían terminado con el catalán, no podía ser de otra manera. Este sombrío profesor de Literaturas Eslavas de la Universidad de Barcelona le pidió al Aceitoso que se pusiera en contacto conmigo después de la aparición de “Cartas a un amigo argentino” pues tenía interés en publicar parte del epistolario en su revista, cosa que hizo en mayo del año 2000. Mientras que mi relación con el Orate Blaguer tuvo un ascenso rápido, un amesetamiento prolongado y un final en caída libre con un intento de eliminación, la que tuve con el Porcus Hungaricus fue distinta, al ascenso rápido lo siguió simplemente la desaparición.

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“Tu último fax me fascinó. Me sentí partícipe impostor de una vieja pieza teatral que no cesa: tú haciendo el perenne papel del Goma brillante y susceptible (...) he actuado como un porcus hungaricus pero he cumplido con los grandes objetivos esenciales: 1) Crear un maravilloso material con y sobre tu correspondencia con Gombrowicz 2) Iniciar una amistad que va más allá de una mera y vulgar correspondencia y, en su falta, puede convertirse en un metacarteo 3) Lograr que las chicas laterales se enamoraran de ti” El metacarteo del que habla el Porcus Hungaricus se debió en parte a una forma de ser mía que con el transcurso del tiempo se vuelve inaceptable, y también al hecho de que la mismísima revista había desaparecido. Las razones que la llevaron a la bancarrota no son bien conocidas, pero no son pocos los que piensan que algo que ver tuvo con su destino malogrado el aspecto un tanto dudoso del elenco editorial que aparece en la fotografía en la que el Porcus Hungaricus se distingue por su cabellera blanca. La feliz circunstancia de que haya coincidido la reedición de “Gombrowicz en Argentina” con el renacimiento de “Lateral” nos obliga con el Porcus Hungaricus, por lo que lo estamos haciendo miembro otra vez del club de gombrowiczidas. Yo vengo sometiendo a los editores, a los escritores y los embajadores a lo que podríamos llamar las ordalías de los tiempos modernos para poder explicar los cambios, mutaciones y metamorfosis que sufren mis relaciones con ellos con el transcurso del tiempo. Una característica común que tienen estos juicios de Dios es que los acusados son sometidos a pruebas invasivas pero extra corporales para encontrar la causa de la transformación. La repetición de este fenómeno se ha convertido para mí en un objeto decisivo, del mismo modo que le había ocurrido a Gombrowicz con un cenicero. “Yo miro esta mesa y me fijo en el cenicero. Si me fijo sólo una vez no pasa nada. Pero si vuelvo al cenicero y lo miro otra vez, entonces me voy a preguntar por qué el cenicero se ha convertido en un objeto más interesante que los demás (,,,)” “Y si vuelvo a mirarlo una tercera y una cuarta vez, el cenicero se convierte en un objeto decisivo. Por la repetición de un acto de conciencia se llega a dar una importancia terrible a una cosa que no tiene aspecto de ser tan importante. Esta emboscada de la conciencia tiene una gran importancia en mis obras” Las transformaciones que sufren mis relaciones con algunos gombrowiczidas tienen un cierto parecido con las mutaciones que observa Gombrowicz sobre la mano de un mozo del café Querandí, una mano que pasa de una inocencia absoluta a una posesión diabólica. A las diez de la mañana estaba tomando un café en el Querandí. El mozo se le acerca y Gombrowicz empieza a ponerle atención a su mano que cuelga silenciosa, secreta y desocupada pero, de pronto, sin saber por qué, sus pensamientos vuelan hacia un árbol que había visto una vez desde la ventanilla del tren. La mano del mozo lo había asaltado de repente en medio del silencio. Al volver a su casa la mano ya no estaba con él, pero una lectura que estaba haciendo de la conferencia de Heidegger sobre Zarathustra le inyectó a la mano una nueva dosis de existencia. La idea que lo llevó nuevamente al Querandí fue la del eterno retorno. Mientras se preguntaba si debía preparar la ropa para lavar, en el mismo momento, ese ser de Nietzsche que venía desde los primeros orígenes hasta las últimas realizaciones, estaba

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con él. Un ser representante de la amargura, la furia y el silencio de la humanidad. Silencioso como la mano del mozo. ¿Qué estaría haciendo la mano en el Querandí mientras Gombrowicz estaba en casa? Aquí ya podemos observar cómo por la repetición de un acto de conciencia se llega a dar una importancia terrible a una cosa que no tiene aspecto de ser tan importante. Si dejara de pensar en la mano del mozo la mano se disiparía en la facilidad de la nada, pero la mano volvía a él porque el había vuelto a ella con Nietzsche y poco tiempo después con la mano del Embajador de Polonia con quien ahora estaba conversando. Miraba esa mano diplomática apoyada en el brazo del sillón, pero no era ésa la mano, sino aquella otra abandonada allá, como un punto de referencia. Gombrowicz empieza a tener miedo del diablo, un sentimiento extraño para un incrédulo, pero la presencia del mal convertía su ser en una existencia azarosa, inquietante y susceptible del diabolismo. Le resultaba difícil aceptar cualquier tipo de certeza en un asunto en el que la falta de datos tenía el mismo significado que su abundancia. Su propia mano descansaba tranquila en el bolsillo, también descansaban tranquilas las manos sobre las rodillas de los automovilistas que corrían en sus coches. ¿Y la mano del Querandí qué estaría haciendo? Estaba vagabundeando en la periferia de sus límites en busca de no se sabe qué. ¿Y si Gombrowicz de repente se arrodillara ante la mano? Sería un intento fallido, como siempre, de construir un altar cualquiera. Una desesperación por agarrase de algo, de la mano del mozo del café Querandí. Más tarde, en el restaurante Sorrento, se le acercó el mozo, también con una mano desocupada igual que en el Querandí, una mano que sólo era importante porque no era aquélla. Está adorando un objeto que él mismo enaltece. Se arrodilla frente a un objeto que no tiene derecho a exigir que se postren ante él, de modo que el ponerse de rodillas sólo depende de Gombrowicz. Escogió esa mano del Querandí para agarrarse de algo, para tener un punto de referencia. Pero no quiere que la mano haga algo con él, o de él. Ya es de noche, llega a un café de Lavalle y San Martín. Discute con Gómez sobre el tema de Raskólnikov. Su punto de vista es que en “Crimen y Castigo” no existe un drama de conciencia en el sentido clásico de la palabra. El juicio de Raskólnikov no es de su conciencia, es un juicio surgido de un reflejo, un juicio de espejo. Este tipo de reflejo se convierte también en un mecanismo que nos lleva a decir todo lo que nos pasa por la cabeza. Esta conciencia de espejo es como fijar la mano en alguna parte, fuera de nosotros, por la fuerza de un reflejo. Así como se iba construyendo la conciencia de Raskólnikov, así es como se le estaba construyendo esa mano a Gombrowicz. Esa mano se ha convertido en un parásito, ahora se está alimentando de Dostoievski, no parará hasta chupar de Gombrowicz todas las palabras que necesite. Llegó la medianoche, habían pasado catorce horas desde el comienzo de la aventura. ¿Dónde estará la mano en ese momento? ¿Todavía en el Querandí? ¿Descansará en alguna almohada y se habrá puesto a dormir? “Me pareció tranquila al verla por primera vez en el Querandí... , pero se ha vuelto cada vez más posesiva... , y yo mismo ya no sé qué es la que podría frenarla allá, en la periferia... , donde está mi límite”

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WITOLD GOMBROWICZ, INGEBORG BACHMANN Y GÜNTER GRASS Todos los hombres, según sea el lugar donde nazcan, empiezan a tener desde jóvenes algún sentimiento negativo hacia alguna nación, pueblo o religión. La geografía y la historia pusieron a los polacos en el trance de temer y de odiar a los alemanes y a los rusos. Recién llegado a la Argentina Gombrowicz se niega a alistarse en el ejército polaco cuando un emisario viene de Londres para convocar a los compatriotas a pelear contra los nazis: –Un papel ingrato el incitar a la gente al heroísmo, cuando uno mismo está al resguardo del peligro. Pero veintitrés años más tarde se decide a correr el riesgo, aunque más pequeño que el de la guerra, y se va a Berlín invitado por el senado alemán y por la Fundación Ford para gozar de una beca de un año de duración. El cambio brusco de la Argentina por Alemania es amortiguado por la poetisa austríaca Ingeborg Bachmann, también con una beca de la Fundación Ford, de la que se hace muy amigo. Gombrowicz venía de un país como la Argentina con una inmigración procedente de todo el globo terráqueo: españoles, italianos, polacos, alemanes, japoneses, húngaros... “(...) ¿acaso la Argentina no me estaba predestinada cuando de niño, en Polonia, hacía cuanto podía para no llevar el paso en un desfile militar?” Ingeborg lo sentía como a un hombre solitario, abandonado por Polonia, por la Argentina y por su médico, con poca voluntad de hablar o discutir con los berlineses y, especialmente, como un hombre enfermo. Ella vio detrás de su altivez, la bondad y la delicadeza que enmascaraba, sin embargo, igual que a nosotros, también la torturaba: –Usted complica todo... espero que no llore, sólo la quería torturar un poco, está bien así, y basta. “En ese momento hubiera tenido que llorar, pero también reír. Tal vez era uno de sus aspectos más reales, le gustaba torturar y, al mismo tiempo, no podía torturar (...) Era un grandísimo escritor, muchos no se dieron cuenta de esto pero, no se les puede reprochar nada, ya que Gombrowicz era muy extraño, orgulloso, y con unas poses que a veces resultaban terroríficas” Durante su estada en Berlín Gombrowicz intentó defenderse de los automatismos que le venían desde la historia respecto a Alemania, motivo por el cual que se declaró un ser ahistórico. Las primeras impresiones que le dieron los berlineses tenían que ver con el idilio, la cortesía, la corrección, la moralidad, la bondad, la tranquilidad, la cordialidad y la belleza, por lo menos así nos lo dice en sus cartas. “Que cosa extraordinaria los alemanes, difícil decirlo, me da una especie de risa crónica. En esta ciudad que ha sido un infierno no se ve otra cosa sino salud, sonrisa, tranquilidad, inocencia, perritos, amabilidad, cordialidad, bondad, aquí donde todo estaba arruinado el nivel de vida es increíblemente elevado, si los mozos de café no tienen coche como en Francia es porque el espacio es reducido. Todos tienen plata y bastante, ni se sabe lo que es el proletariado, todos andan vestidos como usted o mejor aún. Estuve en la ciudad estudiantil, mas coches que estudiantes, ahora bien, todos los alemanes padecen de una estupidez extraordinaria, de veras que son estupidísimos (...)”

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“Además no comen pan, el café es horrendo, no hay casi sandwiches y cuando sirven ponen delante de la persona el plato con tostadas (hay), y el café con leche (crema) más allá. Cada alemán sabe lo que tiene que hacer y lo hace así toda la vida sin el más mínimo cambio. Ya sabe cómo son los mozos en Buenos Aires: envidiosos, amargados, peronistas, bien, aquí son todos atentos, sonrientes, amabilísimos, corriendo, con vocación verdadera de mozo, con profundo y sincero respeto. Cuando uno se da cuenta de que casi todos eran asesinos torturadores (tienen arriba de cuarenta años)... esto es realmente genial, no hay caso. Bolches no hay. Aman tiernamente a los yanquis. Son cien por ciento europeos, antinacionalistas, pacifistas. Son geniales no cabe ninguna duda” Poco a poco, a pesar de que quería colocarse en la posición de un visitante ahistórico, el pasado lo empieza a morder ya que, al fin y al cabo, el hoy es el resultado del ayer y el ayer había sido monstruoso. Escuchaba cosas terribles: –Sabe usted, aquí cerca hay un hospital en el que están encerrados para siempre hombres mutilados, demasiado horrorosos para mostrarlos siquiera a sus allegados. A los familiares se les dijo que habían muerto. “Los mejores escritores Günter Grass, Peter Weiss, Uve Johnson, están aquí, no es gran cosa que digamos, Arnesto es mejor, no es literatura espiritual sino social, estética etc. Me respetan. En realidad Berlín es muy provinciano, casi como Santiago, o mejor dicho, increíble mezcla de lo provinciano con lo ultra cósmico (...)” “Anteayer inicié en el café Zuntz las reuniones artísticas pues quiero dotar a esta ciudad de un café artístico (...) Lamentablemente, por ahora, no puedo insultar a nadie, lo que otorga no sé qué de irreal al ambiente” Desde Europa nos escribía que sus conocimientos sobre Sartre y sobre Heidegger le alcanzaban y le sobraban para poner en aprietos a los más agudos intelectos de Francia y Alemania, que Günter Grass no era gran cosa, que John Steinbeck era aburrido, que Gabriel Marcel era un viejo boludo, que los escritores de Francia se parecían a los perros de Pavlov y que sus cocineros deberían ocuparse de la literatura pues tendría mejor gusto, y, en fin, que él era un gran escritor al que los demás no le llegaban ni a la suela de los zapatos. Los alemanes lo trataban con una hospitalidad y una amistad enormes, pero importaba mucho para que fuera así su condición de polaco, era un hecho que pesaba en sus conciencias, se sentían culpables. Pero sus sonrisas no podían borrar la enorme agonía polaca; no podían seducirlo a Gombrowicz, porque él no los podía perdonar. Hitler estaba presente en todos los polacos asesinados y seguía presente en cada uno de los polacos sobrevivientes. Pero la condena y el desprecio no eran los métodos que había que utilizar. Despotricar continuamente contra el crimen solo contribuye a perpetuarlo, había que digerirlo, porque el mal sólo se puede vencer en uno mismo. Berlín Oeste era un caos que se ordenaba al azar, pero en Berlín Este imperaba la idea, inflexible, silenciosa y rigurosa. Resulta extraño que el espíritu reine con más facilidad en las tinieblas que en algo más humano. Gombrowicz habla con un berlinés sobre este asunto. “Vea usted, si uno mira por la ventana, tiene aspecto de siniestro. Pero, sabe usted, en Berlín del Este la gente es mucho más simpática... Son amables, amistosos... Desinteresados. No hay ni comparación con el berlinés occidental, tan materialista...; –

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¿O sea que usted es partidario de aquel sistema?; –No, todo lo contrario. La gente es mejor porque vive en la miseria y en la represión... Siempre es así. Cuanto peor es el sistema, tanto mejor es el hombre...” Gombrowicz acostumbraba a dar consejos sobre los buenos modales y la elegancia. Si bien la vida modesta que llevó en la Argentina lo tenía maniatado respecto a la vestimenta, nos daba lecciones sobre cómo había que vestir. El principio general era que no había que ponerse ropa demasiado nueva ni muy ajustada. Como a Grass le reprochaban que acudía a las recepciones con ropa deportiva, encargó un esmoquin violeta nuevo y muy ajustado para lucir en los desayunos y en los tés; la impresión que causaba era horrible. Gombrowicz sabía que la filosofía no le gustaba demasiado a Grass, entonces, en unos de esos tés en los que había empezado a lucir el esmoquin violeta, llevó la discusión hacia el terreno filosófico. Grass se inclinó hacia Gombrowicz de una manera amable: – Disculpe, Gombrowicz, pero es que mi a hermana aquí presente le da un ataque de tos nerviosa cuando se enumeran ante ella a más de seis filósofos a la vez. “(…) „Peter Pan‟ fue reescrito por lo menos dos veces en el siglo XX. La primera en 1937 por el polaco Witold Gombrowicz, en su novela “Ferdydurke”; y la segunda en 1959, por el escritor alemán Günter Grass, en “El tambor de hojalata”. Son dos versiones de Peter Pan, dos destinos diferentes (...)” En cada una de estas novelas se perfilan rumbos distintos, itinerarios diferentes para los Peter Pan del siglo XX. La bondad que le adjudica Gombrowicz contrasta con la maldad que le endosa Grass al niño protagonista de su novela. Si en un caso la juventud se presenta como promesa en la otra se la postula como problema. En la novela de Gombrowicz el protagonista es un adulto que por un extraño hechizo, una mañana se sorprende haciendo el papel del pavo, degradado a la condición de adolescente. Pero a la confusión original le sucederá un estado de plenitud. Al fin y al cabo no se la pasa tan mal siendo un niño. Además se tiene el privilegio de la verdad sin que haya que rendirle cuentas a nadie por ello. La vida es un divertimento donde la transgresión a las reglas del mundo de los adultos, carga con el consuelo de que se trata de una etapa que, tarde o temprano, va a pasar. En cambio, Oskar, el protagonista de “El tambor de hojalata”, es un niño que vive con vergüenza el mundo de los adultos. Alguien que se atrevió a pispiar el mundo mediocre de los padres y decidió no crecer más. Se convirtió en un enanito monstruoso de tres años de edad que se la pasa taladrando el tímpano de los mayores con el repiqueteo de su tambor y los gritos distorsionados que pegaba. La juventud es ambivalente. La inocencia puede asumir formas distintas y sacar a la superficie experiencias muy diferentes entre sí. En los dos casos la juventud es algo más que una estética, es una manera de habitar la sociedad. Para Gombrowicz la juventud se vuelve una idea positiva, está relacionada con el santo decir sí del niño y con una juventud que es la oportunidad de poner a la voluntad en el centro de la escena, una voluntad que apunta a la creación y que lucha para conquistar su mundo. Para Günter Grass, por el contrario, la juventud está vinculada a experiencias negativas, autodestructivas, que socavan las bases de cualquier sociabilidad, que no tardará en volverse contra su mundo.

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No es tan fácil establecer un paralelo entre Gombrowicz y Günter Grass, algo que tienen en común es que ambos pertenecían a la generación de las alforjas vacías cuando los valores tradicionales del pasado dejaron de ser un refugio para los hombres. “Me ha afectado el telegrama de Christian Bourgois a propósito del Premio Nobel que, desgraciadamente, se me ha escapado con sus setenta mil dólares. El año que viene se lo darán a un negro, después a un mulato, después a Günter Grass y después a mí, y entonces me compraré un Mercedes deportivo de dos puertas”

WITOLD GOMBROWICZ Y MARTIN BUBER “El casamiento” es una obra oscura, sonámbula, extravagante; ni yo mismo sabría descifrarla por entero, tanta sombra hay en ella” Gombrowicz empezó “El casamiento” durante la guerra con el propósito de escribir la parodia de un drama genial al estilo de Shakespeare. Se propuso mostrar a la humanidad en su paso de la iglesia de Dios a la iglesia de los hombres, pero esta idea no le apareció al comienzo de la obra, en la mitad del segundo acto todavía no sabía bien lo que quería. “El casamiento” representa la teatralidad de la existencia, una realidad creada a través de la forma que se vuelve contra Henri y lo destruye. En esta obra Gombrowicz le abre la puerta a sus percepciones proféticas. Es el sueño sobre una ceremonia religiosa y metafísica que se celebra en un futuro trágico en el que el hombre advierte con horror que se está formando a sí mismo de un modo imprevisible como un acorde disonante entre el individuo y la forma. Si no hay Dios, entonces los valores nacen entre los hombres. Pero el reinado de Henri sobre los hombres tiene que hacerse real, las necesidades formales de la acción para hacerlo un rey verdadero terminan por derrumbarlo y toda la transmutación fracasa; Henri ha recibido un zarpazo de Dios. En esta pieza de teatro se cuenta el sueño de un soldado polaco alistado en el ejército francés que está peleando contra los alemanes en algún lugar de Francia. Durante el sueño se le abren paso las preocupaciones que tiene por su familia perdida en alguna de las provincias profundas de Polonia y se le despiertan los temores del hombre contemporáneo a caballo de dos épocas. Henri ve surgir de ese mundo onírico a su casa natal en Polonia, a sus padres y a su novia. El hogar se ha envilecido y transformado en una taberna en la que su novia es la camarera y su padre el tabernero, y ese padre miserable y degradado en una posada miserable, perseguido por unos borrachos que se mofan de él, grita al cielo que es intocable, y alrededor de esta exclamación se empieza a hilar toda la trama de la historia. “Por favor, no piensen que pueden permitírselo todo porque esto es una posada. ¿Pero qué es esto? ¡Eh! Les entran las ganas, también es una calamidad que a esta arrastrada todos la quieran manosear, no piensan más que en tocarla, todos la tocan y la sofaldan, día y noche, sin parar, siempre igual, frotarla, sobarla, sofaldarla, y eso trae problemas (...) ¡No te cases con ella! Porque el viejo borracho dijo la verdad”

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“Ella tonteaba con Jeannot, en el pasado (...) ¡También yo los sorprendí sobándose junto al pozo en pleno día, se toqueteaban y se buscaban, él a ella y ella a él, Henri, no te cases!” El padre tenía una idea un tanto rancia sobre su autoridad sobre el hijo y sobre la humanidad. “Y quien alce su mano sacrílega contra su padre cometerá un crimen espantoso, inaudito, infernal, diabólico y abominable, que irá de generación en generación, lanzando gritos y gemidos terribles, en la vergüenza y los tormentos, maldito de Dios y de la Naturaleza, marchito, estigmatizado, abandonado” Henri utiliza, a efectos de alcanzar sus propósitos, un procedimiento drástico para hacerse de la autoridad que le arrebata al padre y, por lo tanto, a Dios. “Es la paz. Todos los elementos rebeldes han sido detenidos. El Parlamento también ha sido detenido. Aparte de eso, los medios militares y civiles, y grandes sectores de la población, así como la Corte Suprema, el Estado Mayor, las Direcciones Generales, los Departamentos, los Poderes públicos y privados, la prensa, los hospitales y parvularios, todos están es prisión. Hemos encarcelado también a los ministros y, en general, a todo. También la policía está en la cárcel. Es la paz. La calma” Sin embargo, la verdadera autoridad de “El casamiento” Gombrowicz la encuentra en el poder que tienen las palabras. “¡Todo eso es mentira! Cada uno dice lo que es conveniente y no lo que quiere decir. Las palabras se alían traicioneramente a espaldas nuestras (...)” “Y no somos nosotros quienes decimos las palabras, son las palabras las que nos dicen a nosotros, y traicionan nuestro pensamiento que, a su vez, nos traiciona. ¡Ah, la traición, la sempiterna traición! (...)” “Las palabras liberan en nosotros ciertos estados psíquicos, nos moldean... crean los vínculos reales entre nosotros. Si tú dices algo como: „Si tú lo quieres, Henri, me mataré de mil amores‟, parece en principio algo extraño, pero yo puedo responder con algo más extraño aún, y así, ayudándonos el uno al otro, podemos llegar lejos (...) Asiste a la boda, Jeannot, y cuando llegue el momento, mátate con este cuchillo” Si el mundo existe como yo lo percibo o como una realidad anterior a la división en sujeto y objeto, no son asuntos que le hayan quitado el sueño a Gombrowicz, pero sí se lo quitó la consecuencia que se desprende de ellos: el carácter originario de su yo. El yo es una idea poderosa porque es el origen de todas las cosas, y también por la grandeza que puede alcanzar ese yo en la forma de una personalidad. Que el yo sea el origen de todas las cosas es una cuestión a la que le sale al paso Martín Buber cuando lee “El casamiento”. Había caído en las manos de Gombrowicz, “¿Qué es el hombre?”, un libro de Martín Buber que había alcanzado una gran difusión, y descubre leyéndolo que el filósofo utilizaba el concepto del “entre” en el mismo sentido que lo usaba él, entonces se anima y le manda “El casamiento”. Buber le escribe una carta muy cordial en la que le dice que era un experimento audaz y, como tal, más importante que las curiosidades de Pirandello. Pero también le dice que la tragedia sólo es posible si hay por lo menos dos personas, si existe un antagonismo real entre dos personas diferentes, ajenas una a la otra que, por esa diferencia, se pueden destruir mutuamente. Pero si lo que ocurre, ocurre entre una persona y un mundo cuya existencia está tan solo en el poder de su imaginación, el

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resultado puede ser irónico o paradójico, satírico o burlesco, todo menos dramático, pues no existe drama donde la resistencia del otro no es real. El psicodrama no es un drama porque el otro que se encuentra en el fondo del alma, como espejismo o imagen, no es y no puede ser una persona. Los argumentos de Buber no le resultaron convincentes a Gombrowicz. Le contestó que si una persona padece una enfermedad incurable, el drama se realiza entre el enfermo y la enfermedad. El sueño de “El casamiento” es un sueño sobre la realidad, y los miedos que enfrenta el protagonista provienen de un contacto real con la vida, aunque sea un contacto con personas creadas por su imaginación. Los hombres independientes no existen, y nuestras ideas y sentimientos no vienen de nosotros mismos, se forman entre los hombres, en una esfera peligrosa y poco conocida. Buber y Gombrowicz tuvieron una corta y buena relación, el filósofo le dio la mano que le pidió el artista, pero al final del cuento cada uno se quedó con su punto de vista. “Se equivoca usted señor Gombrowicz: cuando tengo ante mí un auténtico autor, no pregunto más, poco me importa que vea el mundo de la misma manera que yo o de otra diferente, le digo lo que pienso de él y si puedo lo apoyo (...)” “Pero usted vuelve a equivocarse. No poseo ya la misma influencia universal (...) No obstante, como ya he dicho, tengo buena voluntad, pero como no sé a quién dirigirme añado algunas palabras bastante claras en la tarjeta adjunta sin indicar destinatario y le pido que las utilice como lo juzgue más conveniente(...)” Gombrowicz responde esta carta de Buber con cierta desesperanza amarga pero con agradecimiento. “(...) Sin embargo, señor Buber, yo tenía la esperanza de que por algunas inclinaciones de su espíritu podría haber gustado de “El casamiento”, no sólo como una obra literaria, sino además como algo concebido no muy lejos de usted (...) Usted me parece una persona muy interesante, aunque temo no conocerlo suficientemente, pero usted sabe lo complicada que es la existencia, sobre todo para alguien como yo que tiene que perder siete horas al día en asuntos que no tienen nada que ver con la filosofía ni con la cultura en general (...)”

WITOLD GOMBROWICZ, LUCIEN GOLDMANN Y JORGE LAVELLI Mientras la aproximación a “Ferdydurke” fue para nosotros, los de la barra del Rex, una empresa más o menos normal, “El casamiento”, aun después de los procesos de simplificación al que lo sometía Gombrowicz para facilitar su comprensión, se constituyó en una especie de elemento rítmico que colaboraba con nuestra relación. El “tempo poco claro” alcanzó alturas inconmensurables y servía para cualquier cosa, tanto para delimitar algún principio filosófico como para dar cuenta de alguna ambigüedad erótica. Y los versos: ¡Qué agradable en el five o‟clock del rey/ Llevar un flirt liviano en forma discrecional!/ Embriaga y fascina de las mujeres el dorso/ ¡Y de los hombres el torso!, fueron usados como una coda brillante que nos servía para pasar de un tema a otro sin solución de continuidad.

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“El casamiento” produjo una gran confusión a la que no poco contribuyó el mismo Gombrowicz. De ahí sacó una enseñanza que vale para la interpretación de toda su obra: la primera aproximación a un texto no debe ser demasiado profunda, sólo poco a poco se busca lo profundo, si es necesario. Hay que tener como principio que si se puede acceder a una obra mediante una interpretación simple, se debe prescindir de la difícil. “Metafísica, de acuerdo, pero hay que empezar con la física” Gombrowicz mantuvo una conversación con Diego Masson, el compositor de la música para “El casamiento”, un diálogo extraño que contiene algunas apreciaciones estéticas que no están hechas tan en broma como parece. –He oído que el decorado estaba hecho con restos de coches viejos; –Sí, era excelente; – ¡Oh, qué feliz me siento de no haberlo visto, esos restos de coches!, me hubiera gustado mucho más un lindo decorado gótico con muchos colores. Usted compuso además la música para la batería, ¿no es cierto?; –Sí, es verdad, la música fue escrita para dos bateristas, detrás de las cortinas había un gran número de instrumentos de percusión; – ¡Oh, qué feliz estoy de no haberlo escuchado!, sabe usted, a mí me hubiera venido mucho mejor algo como Beethoven o Chopin. Un episodio ilustrativo sobre si los espectadores habían entendido lo que Gombrowicz había querido decir en “El casamiento” fue la participación de Lucien Goldmann, un eximio profesor universitario presente en el estreno que tuvo lugar en París. En la discusión que tuvo lugar al finalizar la representación y en un artículo publicado en France Observateur titulado “La crítica no ha entendido nada”, Goldmann se despachó sobre el que, a su juicio, era el secreto de la obra. “El casamiento” era para Goldmann una narración traspuesta de los cataclismos históricos de nuestro tiempo, la crónica de una historia tomada por la locura, una parodia grotesca de acontecimientos reales. Hasta aquí el profesor va más o menos bien, pero de repente empieza a desvariar con sus representaciones mentales. El Borracho viene a ser el pueblo rebelde, la novia de Henryk es la nación, el Padre es el Estado, y Gombrowicz mismo es un noble polaco que había encerrado en estos símbolos un drama histórico. “Intenté protestar tímidamente, de acuerdo, no lo niego. „El casamiento‟ es una versión loca de una historia loca; en el desarrollo onírico o etílico de su acción se refleja lo fantástico del proceso histórico, pero ¿qué Mania sea la nación y el Padre el Estado...? ¡Todo en vano! ¡Goldmann, profesor, crítico, marxista, cargado de espaldas, sentenció que yo no sabía y él sí sabía! ¡El imperialismo rabioso del marxismo! ¡Esa doctrina les sirve para agredir a la gente! Goldmann, armado de marxismo, era el sujeto, yo, desprovisto de marxismo, era el objeto; unas cuantas personas que escucharon nuestra discusión no mostraron ninguna sorpresa de que Goldmann supiera más de „El casamiento‟ que yo mismo” Goldmann insistió, con posterioridad escribió dos estudios sobre el teatro de Gombrowicz, “Estructuras mentales y Creación cultural”, pero el pobre profesor, después de esta experiencia gombrowiczida, nunca recuperó del todo la cordura. “El casamiento” es la única obra que Gombrowicz publicó en español antes que en polaco, un año después de “Ferdydurke”, pero todo ese mundo teatral tuvo que esperar mucho tiempo, recién el 1963 el Régisseur Fanfarrón la puso en escena en París.

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Gombrowicz nos da su opinión sobre el trabajo del régisseur y sobre los comentarios de los críticos. “(...) el régisseur asesinó el texto y su alto sentido espiritual-artístico (...) nadie comprende nada de nada” A pesar de las dudas que tenía Gombrowicz el ascenso de “El casamiento” fue vertiginoso, tanto que no puede ocultar en las cartas que nos escribe la exaltación que le producía su estreno en París y la hazaña que resultó su puesta en escena. Como el Régisseur Fanfarrón andaba por Buenos Aires en agosto del año del centenario le pedí que me ayudara a presentar “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” en la Embajada de Polonia. Esta solicitud resultó ser un desatino enorme que cometí con el propósito de darle lustre a la presentación de mi libro del que me voy a arrepentir toda la vida, el régisseur se comportó como un maníaco presuntuoso y ególatra sin ningún atenuante. Las ideas centrales y únicas del Régisseur Fanfarrón eran las de que Gombrowicz había sido descubierto por él, lanzado a la fama por él, paseado por toda Europa por él. Al día siguiente tuvimos una conversación en la que puso al descubierto todo lo presuntuoso que era. –Tuviste una intervención teatral muy europeizada, te agradezco mucho la mano que me diste; –Sí, pero a vos el Buhonero Mercachifle te hundió; –No me parece, estaba de relleno, además tené en cuenta que él es un representante típico del carnaval que armó Gombrowicz con los mufados; –Mirá, para mí ocurrieron cosas imperdonables; –¿Qué cosas, che?; –El boludo del embajador no sabía cómo me llamaba, yo soy una persona muy importante, tampoco sabía dónde había estrenado “El casamiento”, yo soy una persona famosa, estoy condecorado por el gobierno polaco, yo cobro por estas intervenciones, imaginate, mi persona tiene que quedar destacadísima en cualquier lugar porque yo soy una persona muy destacada; –Che, ¿sos tan importante?; – Importantísimo, y a vos no te perdono que no hayás suplido al boludo del embajador para anunciarme debidamente en la reunión, no te lo voy a perdonar nunca... –¿Y para quién sos tan importante vos?; –Para el mundo; –Mirá, vos para mí sos un fanfarrón, los directores de teatro, de igual manera que los directores de orquesta y que los solistas de instrumentos musicales, tienen un plus de valor derivado, y ese plus de valor es inauténtico, les viene del autor, ustedes son medio payasos ¿sabés? A decir verdad el Régisseur Fanfarrón es una persona importante, a partir de sus escenificaciones el teatro de Gombrowicz empezó a ser conocido en Europa pero, la cuestión consiste en saber cuánto de importante es una persona importante, y cuánto de silencio debe guardar sobre la importancia que tiene. Cada profesión tiene sus vicios, el Gnomo Pimentón, un lacaniano de primera cepa, repasando la obra de Gombrowicz descubrió que ni en sus narraciones ni en sus piezas teatrales hay consumaciones sexuales, afirmación que caracteriza con claridad los vicios de su profesión. Yo, por mi parte, he descubierto que en la obra de Gombrowicz existe un solo llanto, descubrimiento que me ha producido un cierto desasosiego, en primer lugar, porque no estoy seguro de que no se me esté escapando por ahí algún llanto escondido en algún rincón pequeño y obscuro y, en segundo lugar, porque no puedo ubicar con exactitud la profesión a la que corresponde el vicio de descubrir llantos. De una cosa estoy seguro, existe un único llanto en los diarios de Gombrowicz.

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“Cuando estaba escribiendo: Jeannot. –Nada. Henri. –Nada. El padre. –Transformado. La madre. –Dislocado. Jeannot. –Derribado. Henri. –Alterado... rompí a llorar de pronto como un niño. Jamás me ha vuelto a ocurrir algo semejante. Los nervios, sin duda... Sollozaba amargamente, y las lágrimas caían sobre el papel” Estalló en un llanto inconsolable cuando escribía este pasaje de “El casamiento”. A la vida de Gombrowicz no le faltan momentos dramáticos y motivos para el llanto tiene de sobra, pero sólo llora aquí.

WITOLD GOMBROWICZ Y MANUEL GÁLVEZ “Jeremi Stempowski se ocupó de mí y me presentó a uno de los más eminentes escritores de la Argentina, Manuel Gálvez. Gálvez se mostró como un auténtico amigo para mí y me ayudó mucho, pero la sordera que padecía lo mantenía lejano” Como si estuviera cruzando un río Gombrowicz navegó por el Océano Atlántico para enfrentar un futuro brumoso, saltando de piedra en piedra para no mojarse se instaló en Buenos Aires. Por qué se fue Gombrowicz de Polonia y no volvió es un misterio que nadie sabe explicar, ni él mismo lo entendía con claridad. Todo empieza en un café, como tantos otros asuntos de Gombrowicz. Un día, en el Zodiac, un café de Varsovia, se encuentra con un amigo escritor, Czeslaw Straszewicz: –Me voy a Sudamérica; –¿Cómo es eso?; –Dentro de un mes, el nuevo transatlántico polaco Chrobry leva anclas para Buenos Aires, será su primer travesía. En este momento Gombrowicz se prepara para saltar a la primera piedra. –He sido invitado como escritor para publicar algunos artículos en los periódicos; – Oiga, ¿y no podrían invitarme a mí también?; –Podemos probar. Les propondré su candidatura. ¿Quién sabe? Quizá resulte. Siendo dos el viaje sería más agradable. Después de sortear algunos inconvenientes de último momento Gombrowicz se embarcó en el Chrobry, y la compañía de su amigo Czeslaw le resultó de veras agradable. En el café Rex relataba a los contertulios que en el barco había sido invitado de honor, que almorzaba en la mesa del capitán con el que sostenía conversaciones filosóficas y al que le daba consejos místicos. También repetía hasta el cansancio que no le había gustado Río de Janeiro porque su vegetación era demasiado verde y porque los morros eran un tanto dudosos. Y tantas veces como el cuento de la vegetación, repetía que no había regresado a Polonia por los intensos estudios del alma sudamericana que había iniciado el día anterior a la partida del barco. “Seguía viviendo en el barco con mi amigo Straszewski. Al enterarse de la declaración de la guerra, el capitán decidió regresar a Inglaterra (ya no se podía pensar en llegar a Polonia). Straszewski y yo celebramos un consejo de guerra. Él optó por Inglaterra. Yo me quedé en la Argentina” Mientras Straszewski se embarca en el “Chrobry” de regreso a Europa Gombrowicz se queda flotando en las aguas del puerto de Buenos Aires como una tabla en el mar después de un naufragio, de allí lo rescata Jeremi Stempowski.

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“Witold estaba muy nervioso. Dudaba entre regresar o bien permanecer en la Argentina a la espera del fin de las hostilidades. Yo no sabía que aconsejarle, aquí, en Buenos Aires, no se sabía nada de la auténtica situación, entonces acompañé a Witold al puerto. Hizo que le subieran el equipaje, se despidió y embarcó. Yo me quedé en el muelle, diez minutos más tarde sonó la sirena anunciando la partida del “Chrobry”, y en ese momento vi que Gombrowicz cruzaba la pasarela con sus maletas y bajaba rápidamente al muelle. Era el único momento en que podía tomar una decisión y la tomó. Temblaba: –No lo sé, se trata del momento más trágico de mi vida” Sin saber a qué santo encomendarse con ese Gombrowicz tan difícil Stempowski decide presentarle a los polacos de la colectividad y también a algunos escritores argentinos como Manuel Gálvez y Arturo Capdevila. La dotación de elementos que Gombrowicz traía en las maletas para enfrentar en la Argentina las cuestiones relacionadas con el trabajo y con la actividad de escribir era muy escasa. Es muy difícil imaginárselo a Gombrowicz en Polonia manejando asuntos administrativos, o alguna otra cuestión que tenga algo que ver con el trabajo. Sin embargo, había ocasiones en que tomaba responsabilidades no carentes de cierta importancia. En los tribunales de Varsovia, cuando se desempeñaba como auxiliar en una de las secretarías, los jueces le habían encargado un proyecto para cambiar los formularios impresos porque lo consideraban el mejor de los pasantes. Y ya treintiañero, sus hermanos le pedían de vez en cuando que buscara administradores para las fincas que tenían en el campo, lo que ponía a Gombrowicz en una situación equivalente a la de un gerente de personal. Su pertenencia a dos mundos, tan fuertemente marcada desde su juventud, fue muy clara hasta la muerte del padre, después las cosas fueron cambiando. En vida del viejo Gombrowicz entraba a la oscuridad y volvía a la luz con alguna facilidad, cruzaba la línea de sombra en las dos direcciones lo que le permitía comportarse como un camaleón. Esa doble personalidad se prestaba a la mistificación, su apariencia de terrateniente más que de asiduo de cafés y de escritor vanguardista le producía todo tipo de malentendidos. Yo creo que la atracción fatal que tenía para Gombrowicz el mundo de la inmadurez tiene origen en este doble mundo que nunca perdió ni quiso perder. La inmadurez fue el salvoconducto que le permitía entrar en el campo del enemigo cuando iba de la clase social a la intelligentsia, y viceversa. Quien conozca bien sus obras podrá descubrir también como una inmadurez premeditada es la llave que utiliza para componer literariamente los pasajes de situaciones contradictorias, pero esta manera de ver las cosas le hacía difícil su ingreso a la literatura. Ocho años después de su desembarco en Buenos Aires, Nowinski, el presidente del Banco Polaco, deslumbrado con la seguridad que había demostrado Gombrowicz conduciendo la conferencia que había dado contra los poetas, pensó que esa maestría la podía aplicar en el trabajo, entonces lo contrató. El desempeño de Gombrowicz en el Banco Polaco fue distinto al de sus experiencias laborales en Polonia, especialmente por el tiempo que duró. Comenzó haciendo pequeños trabajos de secretario, pero enseguida consiguió que Nowinski le diera permiso para escribir sus cosas en la oficina.

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Se aprovechó de la situación y se paseaba en forma arrogante delante de los otros empleados fumando nerviosamente en busca de inspiración; así escribió el “Transatlántico”, su segunda novela. Manuel Gálvez le había brindado a Gombrowicz una exquisita hospitalidad, pero la sordera de Gálvez y la propia falta de seriedad de Gombrowicz lo pusieron finalmente en las manos de unas jóvenes estudiantes que lo iniciaron el mundo del flirteo argentino. En esta prehistoria de sus aventuras en la Argentina el grupo de Victoria Ocampo brillaba como una estrella. “(...) una dama ya entrada en años y aristócrata, que nadaba en millones largos y que con su tenacidad entusiasta había conseguido hacerse amiga de Paul Valéry, invitar a su casa a Tagore y Keyserling, tomar el té con Bernard Shaw y hacer buenas migas con Strawinski (...)” “Un escritor francés de renombre había caído ante ella de rodillas gritando que no se levantaría hasta recibir el dinero suficiente para fundar una „revue‟ literaria: –¿Qué iba hacer con un hombre arrodillado y que no quería levantarse? Tuve que dárselo” A pesar de que unos pocos miembros de la „intelligentsia‟ argentina habían reconocido en Gombrowicz un escritor de talento, la única pieza de triunfo que podía exhibir para que reconocieran su importancia era una carta de Manuel Gálvez. Este ilustre hombre de letras, de una familia tradicional que tenía parentesco con Juan de Garay, fue uno de los representantes más conspicuos de la literatura argentina en la primera mitad del siglo XX. Cuando Gombrowicz se tomaba vacaciones llevaba consigo la carta de Manuel Gálvez con el propósito de vencer la desconfianza que despertaba en los sitios que visitaba. “(...) Che, Asno, devuélvame enseguida la carta de Gálvez (...) si no me vas a devolver la carta de Gálvez, ya verás (...) Te prevengo, Asno, que sí, como parece, en tu escuela perdieron la carta de Gálvez te voy a joder, escribiré al director, exigiré devolución y que no se crean que conmigo se pueden permitir tales bromas, por suerte tengo entrada al Ministerio y, en general, soy hombre que sabe defender sus intereses y sus bienes. Mandame enseguida la dirección de la escuela. No digas nada. No me obligues a que yo mismo la tenga que buscar (...)” La carta de Manuel Gálvez es una manifestación elocuente de cómo algunos argentinos habían tratado con generosidad a Gombrowicz, muy lejos del desprecio que le había mostrado desde el principio el Asiriobabilónico Metafísico. “Como no me conformo con tocarme la oreja derecha cuando lo vea, ahí va mi opinión sobre „Ferdydurke‟. No he leído en mi vida libro más original ni más raro. No se parece en nada a Rabelais, salvo en la invención de palabras. Pero pertenece a una corta familia de libros muy raros, entre los que yo colocaría, además de la obra de Rabelais, el drama „Le roi Bombance‟ de Marinetti, varios libros futuristas, dadaístas y ultraístas y algo de Ramón Gómez de la Serna (...)” “Si „Ferdydurke‟ no es una obra genial, está muy cerca de serlo. Tiene usted una imaginación formidable y un poderoso sentido dramático. Sobre lo segundo, le diré que muchas escenas me han apasionado por su dramaticidad, a pesar de tratarse de asuntos en cierto modo absurdos, como me apasionaron escenas realistas o sentimentales, escritas por verdaderos maestros (...)” “Acaso lo que más me ha gustado sea el capítulo „Filifor forrado de niño‟. Lo mismo la pelea en la casa de los Juventones. A pesar de ser, en apariencia, lo opuesto a una

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novela realista, hay en su libro un fondo realista y humano. Ha dado usted una representación en cierto modo simbólica de la realidad. O mejor que simbólica, algebraica (...)” “Hay un extraño humorismo en su libro. Y cosas excelentes (...) Algunas intenciones que hay en su libro son difíciles de ser comprendidas, y no sé si las habré alcanzado (...) No quiero olvidarme del enorme contenido que hay en su libro: contenido filosófico, poético, idiomático (...) La traducción me parece buena, sin conocer el original (...)”

WITOLD GOMBROWICZ Y GUSTAVO LEGUIZAMÓN “Los ajedrecistas consideran el ajedrez como la cumbre de la creación humana, tienen sus jerarquías, hablan de Capablanca como los poetas hablan de Mallarmé y, mutuamente, se rinden todos los honores” A pesar de que el ajedrez fue una compañía constante de Gombrowicz durante toda su vida, habla poco de este juego en sus diarios. Desde muy joven era conocido por su afición al ajedrez, al punto que cuando hizo su pasantía de abogado en los tribunales de Varsovia el juez lo distinguía con los asuntos más interesantes porque sabía jugar al ajedrez. El café Rex fue un salón mundano y aristocrático para ese noble polaco en bancarrota que era Gombrowicz, allí jugaba al ajedrez mientras fumaba con avidez sosteniendo los cigarrillos al modo de los fumadores de pipa. Los cigarrillos que fumaba eran horribles y muy fuertes, dejaba el paquete sobre la mesa, y si alguien le ofrecía cigarrillos importados, los rechazaba con dignidad: –No, gracias, yo fumo Tecla. El alguien que le ofrecía frecuentemente cigarrillos norteamericanos era un personaje del Rex, un suizo alemán al que todo el mundo llamaba Philip Morris. Elegante, serio, puntual, sólo fumaba esa marca de cigarrillos. Gombrowicz le despreciaba sistemáticamente esas invitaciones, pero en cambio lo desplumaba jugando al ajedrez ping pong por muy poca plata, apenas le alcanzaba para pagarse una comida. “(...) El ajedrez lo ayudaba más que ninguna otra cosa a calmar los nervios en la difícil situación en la que se encontraba. Al concentrarse en las partidas, se olvidaba de todo. Esta disciplina le fue muy útil durante la guerra y en los momentos de mayor pobreza y soledad. El Rex era como un segundo hogar para él (...)” Gombrowicz nadaba en la pobreza como si estuviera de vacaciones en un balneario de moda, siempre por encima de las circunstancias y poniéndole buena cara al mal tiempo. Entre los recuerdos de sus miserias argentinas, incluidos los de sus días entre rejas, el que permanecía en Gombrowicz como un símbolo misterioso era el de Morón. “Me dirijo a la plaza de Morón. Cada vez que vuelvo aquí, voy en peregrinación a la plaza para echar una mirada a mi pasado del año mil novecientos cuarenta y tres. Pero ya no existe la pizzería donde solía tener conversaciones con los contertulios, ni el café donde jugué una memorable partida de ajedrez bailando boogie-woogie con el campeón de Morón; los dos bailábamos y bailando nos acercábamos al tablero de ajedrez para cada nuevo movimiento (...)”

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“En Morón gocé de gran popularidad, tanto en la pizzería de la plaza como en el café, donde se podía jugar al billar y al ajedrez. Me bebía un litro de leche diario y me comía mi pan sentado en el suelo, sobre el pasto del chalet, mientras contemplaba la calle. En la pizzería, un mozo al que le caía simpático, me daba un sandwich por veinte centavos, pero con una feta de jamón cuatro veces más gruesa de lo normal, casi como un bistec. Y, en eso, he aquí que en el suplemento literario de „La Nación‟, un periódico muy popular, aparece en primera plana un artículo mío. Desde ese momento mi posición social en Morón quedó liquidada. La gente empezó a darme muestras de consideración” El ajedrez, la historia y los zapatos pusieron en contacto a Gombrowicz con Gustavo Leguizamón, nos falta decir algo entonces sobre la historia y sobre los zapatos. Hegel introduce un sistema para estudiar la historia de la filosofía y el mundo mismo, llamado a menudo dialéctica, una progresión en la que cada movimiento sucesivo surge como solución de las contradicciones inherentes al movimiento anterior. El mundo hegeliano es una verdad en marcha, es el lugar donde la humanidad forma sus leyes y el hombre se convierte en un peldaño de la historia. La importancia que Hegel le dio a la historia contribuyó en forma excepcional a la difusión de sus ideas. A este filósofo que era capaz de deducir la racionalidad del mundo a partir de un lápiz no le costó mucho trabajo demostrar que lo inmoral de la guerra deviene en moral y que el estado se va transformando en la encarnación de lo divino. Mientras Hegel se desvivió por encontrarle un sentido a la historia, Gombrowicz se colocó en una posición ahistórica y más bien era partidario de liquidar el pasado. La idea de la historia está relacionada con el pasado, la causalidad, el determinismo, la dialéctica histórica, unas formas del pensamiento que no andaban bien con el talante de Gombrowicz. Vivió en una época que experimentó un ascenso irresistible de la actividad política cuya forma más representativa fue el marxismo, intentó entonces darle una forma artística a estas transformaciones de la historia en su última obra. Gombrowicz acostumbraba a recurrir a la desnudez del cuerpo para debilitar el exceso de estructura de la forma humana. Empieza con el cuculeilo en “Ferdydurke” y termina justamente con en los pies, mejor dicho, con los zapatos en el final de su obra. Los pies en Polonia formaban una línea cruel que separaba la miseria extrema del resto de los hombres, pues los pies de la miseria iban sin zapatos tanto en el campo como en la ciudad. En su obra final Gombrowicz se propuso liberar a los hombre desnudándolos, con una desnudez parcial o total, pero desnudándolos al fin y al cabo. En el primer proyecto intentó liberarlos descalzándolos, pero este bosquejo le pareció de alcances reducidos y no llegó a convertirlo en obra, le sirvió sin embargo de base para un segundo intento de alcances más amplios en el que la desnudez abarca al cuerpo entero de Albertina. Al proyecto le llamó “Historia” y a la obra le llamó “Opereta”. En “Historia” intervienen como personajes el mismísimo Gombrowicz y el resto de la parentela, el padre, la madre y sus tres hermanos, con sus verdaderos nombres. A medida que se desarrolla la acción estos fantasmas se van transformando en personajes históricos de las cortes europeas de principios del siglo XX, entre los que Gombrowicz se mueve como un enviado especial que se pasea descalzo invitando a los reyes a que hagan lo mismo, es decir, a que se quiten los zapatos. Se propone liberar a los hombres pidiéndole a los emperadores que dejen de representar sus papeles, que se quiten los zapatos y que se queden descalzos. Esta manera de ver las

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cosas tiene mucho ver con las fuerzas que habían hostigado a Polonia durante siglos, la aristocracia por un lado que la empujaba hacia lo alto, y el fango y los pies descalzos de los campesinos con abrigos de piel de cordero por otro, que ligaba a Polonia con la parte más atrasada de Europa. En el libreto de “Historia” Gombrowicz entra descalzo a su casa junto con el hijo del portero. A partir de ese momento la familia se convierte en un jurado que examina esta confraternización entre clases y se pregunta si Gombrowicz será capaz de graduarse de bachiller debido a esta circunstancia. De junta examinadora la familia se transforma en un tribunal militar y, de delirio en delirio, llega hasta la corte del zar Nicolás II, a las puertas de la primera Guerra Mundial. Desde la Argentina Gombrowicz observa cómo Polonia es destruida y empieza a desaparecer. Pero no sólo Polonia desaparece, desaparece también la Europa de la alta cultura, de la alta costura, de la alta cocina, de la aristocracia, de las ideas, del romanticismo; desde nuestras pampas ve caerse el inmenso y majestuoso edificio europeo. Gombrowicz se convierte finalmente, a través de su obra, en un arquetipo al que terminan reverenciando los ricos y los pobres, la izquierda y la derecha, la saciedad y el hambre. En la Argentina existen artistas de apellidos tradicionales emparentados con la nobleza española del mismo temple universal y extravagante que tenía Gombrowicz. Un músico y abogado salteño, uno de los más grandes folkloristas argentinos, a poco de llegado al mundo, como era muy flaco, recibe un mote que parece sacado de la casa de los gombrowiczidas. La madre quiere comprar unos chanchos: –¡Pero si están tan flacos como este cuchi! Desde entonces Gustavo Leguizamón fue para siempre “El Cuchi”, un vocablo quechua que significa justamente chancho. Este brillante compositor y pianista, irrespetuoso de toda formalidad y también de sí mismo, admiraba a Beethoven tanto como lo admiraba Gombrowicz. “Estoy fascinado con las locomotoras, ese instrumento musical maravilloso que tiene fácilmente dieciocho escapes de gas que son sonidos, y un pito con el cual se pueden hacer maravillas, por no contar su misma marcha” Hizo fundir una quena, se la agregó a la máquina y le daba conciertos a los ferroviarios que lo miraban como a un bicho raro. La vida de estudiante trajo a Gustavo Leguizamón de su Salta natal a Buenos Aires. En El Olimpo, un café del bajo cercano a Retiro donde se jugaba al ajedrez, conoció a un Gombrowicz de zapatos rotosos pero inmensos: –El único que puede tener patas de este tamaño es Ariel Ramírez. Y, efectivamente, eran zapatos que le había regalado Ariel Ramírez a un pobre Gombrowicz que en esos años mendigaba en los cafés de Buenos Aires el alojamiento, la comida y la vestimenta.

WITOLD GOMBROWICZ Y JÓZEF PILSUDSKI “Tenía dieciséis años y acababa de termina el sexto curso, cuando sobrevino el dramático verano de 1920”.

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Gombrowicz se refiere al mes de agosto de 1920, cuando el ejército bolchevique se acercaba a Varsovia. El mariscal Pilsudski, gracias a una hábil maniobra envolvente, logró derrotar al ejército invasor. “Todos los jóvenes se alistaban entonces como voluntarios, casi todos mis colegas se paseaban ya en uniforme, las calles estaban llenas de carteles con un dedo índice que apuntaba y un eslogan del estilo „La patria te llama‟, y en las alamedas las jovencitas preguntaban a los muchachos: –¿Por qué no está usted todavía en el ejército?” Gombrowicz no se enroló, la oposición determinante de su madre venció la voluntad de su padre que, en principio, exigía que cumpliera con su obligación. Su abuela Aniela también estaba escandalizada: –Imagínate, Tosia, qué tiempos, qué poca educación tienen esas jóvenes, paran a los hombres en la calle sin ninguna vergüenza. Cualquiera les puede responder: –Pero si usted a mí no me gusta, señorita. Los protagonistas de la obra artística de Gombrowicz no son grandes, ninguno de ellos tiene nobleza, valentía ni siquiera dignidad, y la grandeza para ellos vendría a ser algo así como una pasión fracasada. La grandeza del hombre clásico se expresa en su voluntad de dominio, es una postura en la que el hombre trata de ser dueño y señor. La postura romántica, en cambio, se expresa en el sometimiento del hombre, en el aguante y en el sufrimiento, la grandeza del hombre romántico recién aparece cuando se convierte en víctima de un mundo que lo supera. Mickiewicz tiene la postura romántica del aguante y el sufrimiento, su grandeza proviene de su lucha contra una fuerza que lo somete, pero el mariscal Pilsudski tiene una postura ambigua. La fiereza de su expresión se corresponde con la grandeza del hombre clásico, pero el mariscal estaba aplastado por la dimensión histórica de Polonia y por la misión que se le imponía, entonces su grandeza se volvió romántica como la de Mickiewicz, ambos fueron víctimas de un mundo que los superaba. Gombrowica tenía una relación especial con la política, se interesaba más por el estilo de los políticos y de los jefes militares que por las ideas que representaban, a veces utilizaba las formas políticas y militares como si fueran un juego. Tanto era así que él y sus hermanos se declararon partidarios fervientes de la coalición de Francia e Inglaterra tan sólo por el hecho de que su madre tenía una ligera tendencia proalemana. Tampoco quiso tomar parte en el festín de la independencia. “(...) me mantenía a distancia y cuando me topaba en la calle con los ruidos de una marcha militar y el ritmo de una tropa que desfilaba a mi lado, hacía todo lo posible para no seguir su compás. ¿Estaría buscando quizás mi propia música y mi propia marcha? (...) La vida política no me interesaba” Pero la figura del mariscal Józef Pilsudski era demasiado imponente como para que le pasara desapercibida. Lo que realmente le disgustaba a Gombrowicz del mariscal Pilsudski no es que fuera un hombre de izquierdas, sino la propaganda pomposa e ingenua que le hacían sus partidarios, y también la actitud de Pilsudski hacia su propia grandeza. El mariscal estaba aplastado por la dimensión histórica de Polonia y por la misión que se le imponía. Pero la historia no sólo trata a la gente con crueldad sino que, además, se burla de ella; ninguna iniciativa radical podía llevarse a cabo en las condiciones de esa

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Polonia de entre guerras, y hombres eminentes como Pilsudski estaban condenados a la insignificancia. Pilsudski hizo lo todo lo que pudo y como pudo con realismo, valor y virilidad contra los pacifismos cobardes de los burgueses presumidos tanto de Francia como de Inglaterra. A Gombrowicz, en tanto que artista, le encantaba y lo divertía el estilo impresionante del mariscal, su manera imponente y pintoresca, y su grandeza tan personal y auténtica. No obstante, en las discusiones que mantenía con otros colegas escritores sobre ese personaje predominaba el sentimiento y el respeto que tenían por él, por eso se hacía imposible el análisis, la grandeza de Pilsudski permanecía fuera de toda discusión como algo establecido de una vez y para siempre. Pero esta predisposición hacia la admiración y la obediencia tan generalizada, aún entre sus adversarios, no le convenía a la elite de Polonia, lo que es bueno para un soldado no siempre es recomendable para un intelectual. Y esa impotencia romántica, sentimental e ingenua de la intelligentsia polaca respecto a Pilsudski le hacía daño, ya que él mismo era la primera víctima de su propia leyenda. A veces se atacaba algún aspecto de su política, pero no se ponía en discusión ni se analizaba su propia grandeza: “Puede ser que fuera grande, no lo niego. A mí lo que me enervaba no era su grandeza sino la pequeñez de los que se sometían a ella con tanta facilidad. No le reprochaba en absoluto a las masas que lo siguieran ciegamente; sin embargo, me preocupaba la ligereza con la que la capa social más avanzada de la nación renunciaba a su derecho a la crítica, al escepticismo y, ésta es la palabra precisa, al control. (...)” “Mientras la fuerte personalidad del mariscal dominó el panorama de la vida política e incluso espiritual, las cosas se sostuvieron bastante bien, tanto más porque Pilsudski se alejaba de toda teoría, nadie sabía a ciencia cierta cuáles eran sus principios, no obstante infundía la confianza que puede dar un hombre altruista y capaz, acaso genial o incluso providencial” Gombrowicz se las tuvo que ver desde el nacimiento con el romanticismo polaco al que enfrentó con un apego premeditado y sistemático por la realidad. Despotricaba contra Adam Mickiewicz, Juliusz Slowacki y Zygmunt Krasinski, los tres poetas profetas del romanticismo, guías espirituales de la nación polaca, pues absorbían la inteligencia y el tiempo de los jóvenes estudiantes dejándolos atrás del pensamiento europeo, pero a pesar de sus protestas él mismo quería ser como uno de ellos. En el medio de un mundo de hombres paralizados a Gombrowicz se le ocurre ponerse en contra del lema del romanticismo polaco que convocaba a los jóvenes a medir las fuerzas por las intenciones y no las intenciones por las fuerzas, y escribe “Ferdydurke” con un propósito restringido, pero la obra se la va de las manos, le sale el tiro por la culata y se pone en línea con la “Oda a la juventud” de Adam Mickiewicz. “(...) „Ferdydurke‟ nació en mí como un „Pan Tadeuz‟ al revés. El poema de Mickiewicz, escrito también en el exilio hace más de cien años, la obra maestra de nuestra poesía nacional, supone una afirmación del espíritu polaco suscitada por la nostalgia. También en „Transatlántico‟ yo quería oponerme a Mickiewicz” Gombrowicz había empezado a lidiar con el espíritu romántico en “Ferdydurke”, burlándose del mariscal Pilsudski. “A Nalkowska le debo el haber retirado a tiempo de „Ferdydurke‟ un pequeño verso que parodiaba „La primera Brigada‟ de las Legiones de Pilsudski. Puso el grito en el cielo

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(...) Pero, aunque todo lo que se refería al mito de Pilsudski y las Legiones estaba lejos de poder ser comentado libremente en la prensa o en los libros, cada uno podía hablar de ellos lo que le viniera en gana” Desde muy joven Gombrowicz meditaba sobre cuál podría ser la causa que lo obligaba a oscilar entre el valor y la tontería en una forma tan pronunciada. Un snobismo bobalicón al lado de un espíritu crítico y un gran sentido del humor, un snobismo que lo ponía al borde de la demencia. En el momento en que los combates contra los bolchevique del año 1920 llegaban a su fase decisiva muy cerca de Varsovia, Gombrowicz se entretenía mostrándole de refilón una foto a su jefe en la oficina donde trabajaba de voluntario enviando paquetes a los soldados. La foto era la de un edificio público de Lublin bastante conocido, sin embargo, le dijo al jefe, que para su desgracia había visitado el edificio un par de veces: –Es el palacio de mi prima Tyszbiewicz. Sus artificios eran provocantes y se volvían indigeribles. El comportamiento de Gombrowicz cuando murió Pilsudski tampoco estuvo a la altura de las circunstancias. “Por fin comprendí, se trataba de Pilsudski. Hacía unos días que se sabía que su estado de salud era alarmante (...) De repente una fila de Cadillacs empezó a entrar en el patio del palacio Belweder: era el Gobierno, con el primer ministro Skalkowski a la cabeza, que iba a despedirse del Mariscal (...) Miré con ira los pálidos semblantes de unos cuantos de mis colegas escritores y dije en voz alta: –¡Qué bonitos coches! Es fácil imaginarse el efecto producido por semejantes palabras... Los más benévolos, explicaban a los demás, menos indulgentes, que yo estaba un poco loco, que era un poco comediante, que no era más que una pose y que jugaba a ser un cínico y un tipo grosero”

WITOLD GOMBROWICZ Y MARCELINA ANTONINA KOTKOWSKA “En el mismo año 1933, en que se publicó mi primer libro, murió mi padre. Hacía meses que estaba enfermo, pero su empeoramiento se produjo en forma repentina, de modo que sólo mi madre y yo asistimos a su muerte. Mis hermanos no llegaron del campo hasta el día siguiente. Esa muerte me ha dejado recuerdos bastantes vergonzosos. Cuando expiró, intenté abrazar a mi madre para al menos de esta forma mostrarle mis sentimientos, pero el gesto me salió con torpeza y en un abrir y cerrar de ojos me di cuenta de toda mi miseria: era incapaz de tener unos sencillos reflejos humanos, de mostrarme cordial, cariñoso, estaba paralizado por la forma, por el estilo, por toda esa maldita manera de ser que me había creado... ¡resulta pues que no había sido capaz de aportar un poco de calor a mi propia madre en semejante momento! (...)” Para bien y para mal las madres tienen una importancia fundamental en la organización de nuestra personalidad, al punto que los gombrowiczólogos y los psicoanalistas están convencidos de que la madre de Gombrowicz está presente en toda su obra en forma de tía, de prima, de novia, de esposa... y también de madre. Una de las característica más señaladas de la sangre de los Kotkowski era su propensión a la locura, sin embargo, o por esa misma razón, los primeros aliados incondicionales que tuvo Gombrowicz fueron su madre y su abuela materna, Aniela Kotkowska.

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A lo largo de los años Aniela siempre tomó partido por Gombrowicz. La abuela habitaba una casa grande y bastante aislada en Bodzechów. Un hijo demente que vivía con ella, por las noches se animaba con cantos terribles para combatir el miedo, estos cantos se convertían en unos aullidos que le ponían los pelos de punta a cualquiera que no estuviera acostumbrado. Aniela tenía una criada joven y muy guapa, Marysia. En una ocasión en la que fue con su padre a hacerle una visita, Gombrowicz le propuso a la sirvienta que lo acompañara al teatro el próximo domingo, pero resulta que para ese domingo la abuela tenía invitados: –¿No puedes venir el domingo, Marysia, y dejar para otro día tus horas libres?; –No puedo, el señorito me ha invitado al teatro. Aniela tomó enseguida partido por Gombrowicz mientras miraba de reojo al padre: – Ah, en ese caso, hija, si vas al teatro con el señorito, es otra cosa. El padre se puso inmediatamente en contra, no era capaz de tolerar una democracia llevada a tal extremo, y cuando Marysia se retiró lo reprendió severamente: –Tu conducta desmoraliza a la servidumbre: –No entiendo, Marysia tiene sus horas libres, y durante esas horas libres deja de ser sirvienta. No entiendo realmente por qué no puedo ir al teatro con una sirvienta, ¿qué hay de malo en ello? La madre fue la primera quimera que Gombrowicz combatió, era para él la representación de la irrealidad, era en verdad un exceso de irrealidad. El catolicismo de la madre era espontáneo, natural y despreocupado, cuando abordaba cuestiones teológicas lo hacía con indolencia y sin preparación. Era católica ferviente de la misma forma que era polaca y nacida de terratenientes. Las madres son las primeras que nos dan afecto y son las primeras que nos enseñan a querer, algo debió pasar entonces entre Marcelina Antonina Kotkowska y Witold Gombrowicz para que después de sesenta años de nacido la siguiera sintiendo como la fuente de su irrealidad. Las discusiones que Gombrowicz mantenía con su madre lo iniciaron en las burlas a unos principios morales y a un estilo demasiado rígidos. Marcelina Antonina participaba de la vida social, durante un tiempo presidió la Asociación de Mujeres Terratenientes, una institución terriblemente devota que se caracterizaba por una incurable grandilocuencia de estilo. Gombrowicz experimentaba un salvaje placer haciendo caer esos altos vuelos del cielo a la tierra, más aún, le gustaba escuchar detrás de la puerta el contenido de esas sesiones para obtener material satírico. La nobleza terrateniente vivía una vida fácil y no conocía la lucha esencial por la existencia y sus valores. Jan Onufry, su padre, sólo muy de vez en cuando se daba cuenta de lo anormal de su situación social, para él un lacayo era algo absolutamente natural, se comportaba con los sirvientes como un señor, relajadamente, con gran desenvoltura. Su madre también aceptaba su posición social como algo completamente lógico, pertenecía a una generación que no había experimentado lo que Hegel llama mala conciencia. Pero la siguiente generación empezó a sentir el peso de este problema. Con el material satírico que sacaba de las reuniones de la madre escuchando detrás de las puertas más algunas otras ocurrencias ajusta las cuentas con su familia y con su clase social provocando un verdadero descalabro en el final de “Ferdydurke”, su primera novela.

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De la combinación de los Gombrowicz con los Kotkowski resultó una familia que empezó a decaer. La sangre enfermiza de los Kotkowski y el orgullo impenetrable de los Gombrowicz ejercieron una influencia muy importante en Witold. “(...) mi madre era toda vivacidad, sensible, dotada de una excesiva imaginación, poco práctica, perezosa, indolente, demasiado nerviosa (...) en la familia de los Kotkowski había muchos casos de enfermedades mentales (...) No reprocho en absoluto a mi madre de ser como era (...)” “En otros órdenes, tenía cualidades excelentes: bondad, nobleza, probidad, inteligencia, mientras sus debilidades eran un poco el producto de sus nervios y el resultado de la vida artificial y de una educación no menos artificial que había recibido (...)” “Pero el hecho de no querer ser lo que era, de no reconocerse a sí misma, terminó vengándose de ella, porque nosotros, sus hijos, le declaramos la guerra. Nos enervaba. Provocaba (...)” “Y fue allí, seguramente, donde comenzaron mis dolorosas aventuras con las diversas distorsiones de la forma polaca que producían en mí un efecto parecido al de las cosquillas: uno se troncha de risa, pero no resulta agradable (...) Como éramos tres –mi hermana no participaba de ese deporte– nuestra casa iba alcanzando lentamente la fisonomía de un manicomio y tan solo la severidad y el rigor de mi padre nos salvaba de la catástrofe total” La sexualidad de Gombrowicz se fue formando entonces un poco frente a esa pureza inocente de la madre y otro poco frente a la sangre enfermiza de los Kotkowski. En el año del centenario yo estaba en el Centro Cultural Borges tomando un café con el Pequeño K y con el Pato Criollo hojeando un calendario muy bonito editado por los polacos para la ocasión. Yo hacía de cicerone con las fotos pero el Pato Criollo siempre tenía algo que objetar. La réplica que se llevó las palmas de oro fue la que hizo cuando mirábamos una foto de Gombrowicz a los tres años en la que Marcelina Antonina lo había vestido y peinado como si fuera una nena. Cuando el Pequeño K señaló que al presentarlo de esa manera la madre había sellado el destino sexual del pequeño Witold, el Pato Criollo contestó que a muchos niños de buenas familias de esa época los vestían de esa manera: –¿Sí, a ver, dame un ejemplo?; –Oscar Wilde sin ir más lejos. Gombrowicz lleva el componente de pureza inocente que tenía Marcelina Antonina a un extremo paroxístico convirtiéndolo en virginidad en una de sus obras. La mayor virtud residía en la virginidad, este valor condicionaba el espíritu y en torno a él se situaban los instintos superiores. La virginidad asciende del ser más bajo en la escala biológica y llega al hombre, y del hombre salta a los ángeles y de los ángeles a Dios, para perderse en el infinito. De una pequeña particularidad puramente corporal nace el inmenso mar del idealismo y de los milagros, en evidente contraste con nuestra triste realidad. Los hombres habían perdido el Paraíso al probar del fruto del árbol del conocimiento tentados por Satanás. Le suplicaron entonces al Todopoderoso que les concediera un poco del candor y de la inocencia perdidos. Dios se apiadó de ellos y creó la virgen, el recipiente de la inocencia, la selló y la envió a vivir entre los hombres que sintieron de inmediato una nostálgica languidez. Las casadas eran una pura patraña, una botella abierta y evaporada.

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Este ideal de pureza y virginidad es puesto en tela de juicio en “Pornografía”, una novela realmente libidinosa. Amelia, la madre de Waclaw, era cortés, sensible y espiritual, sencilla y de una rectitud ejemplar, unas virtudes parecidas a las de la madre de Gombrowicz. En ella regía el Dios católico, desprendido de la carne, un principio metafísico, incorpóreo y majestuoso que no podía atender las majaderías que tramaban los adultos con Henia y con Karol. Estaba subyugada con Fryderyk, ese ser terriblemente reconcentrado que no se dejaba engañar ni distraer por nada, un ser de una seriedad extrema. Pero es justamente en la finca de Amelia donde tiene lugar la segunda caída de Dios después del derrumbe de la misa que había ocurrido en la iglesia. Joziek, un ladronzuelo de la edad de Karol, entra en la casa para robar. Según todo lo hacía parecer la señora descubre al ladrón, toma un cuchillo y lucha con Joziek. Transcurren unos minutos y llega a la mesa tambaleándose donde están su hijo y los invitados, se sienta lentamente y cae muerta con el cuchillo clavado mirando un crucifijo. La situación no estaba clara, nadie sabía lo que había pasado realmente porque Amelia no pudo contar nada y Joziek decía que sólo se habían revolcado, que había sido un accidente. Fryderyk era mal psicólogo pues tenía demasiada inteligencia y por lo tanto era capaz de imaginarse a doña Amelia en cualquier situación. La sospecha que flotaba en el aire era la de que esa mujer tan espiritual y guiada por los principios de Dios había prologado demasiado la lucha con Joziek revolcándose en el suelo de puro placer y, por accidente, se le había clavado el cuchillo.

WITOLD GOMBROWICZ Y DAMIÁN RÍOS Hubo un tiempo en que me dedicaba a estimular a algunos hombres de letras gombrowiczidas connotados mandándoles las cartas que Gombrowicz le había escrito a Flor de Quilombo y haciendo publicar en Polonia notas escritas por ellos mismos. Los resultados fueron exiguos, o para decirlo en un lenguaje culto: “parturiunt montes, nascetur ridiculus mus”. En cierto sentido el Pato Criollo fue una excepción, se animó a escribir un prólogo para “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”. Después de que lo escribió las únicas razones que me decidieron a mantenerlo en el libro fueron, el prestigio indudable que tiene el escritor, y el incremento incalculable de la venta de ejemplares que imaginaba el Negroide Piquetero, habiendo sido esta última suposición completamente falsa. En la Feria del Libro se homenajeó el centenario del nacimiento de Gombrowicz. Participé en la mesa redonda: “Gombrowicz, ¿escritor polaco o argentino?”, junto al Pequeño K y a la Vaca. Y no sólo estuve con ellos, también con la Hierática, el Pato Criollo y el Negroide Piquetero. Cuando promediaba el desarrollo de las ponencias ingresó a la sala un hombre bajito vestido de negro con un moñito en el cuello. El Embajador de Polonia se inclinó ceremoniosamente, se trataba de un altísimo funcionario polaco recién llegado a la Argentina. Para quedar bien, el Embajador de Polonia le pidió a la directora de la Feria que lo anunciara y la directora me lo pidió a mí, pero yo me negué terminantemente con una mueca de disgusto, entonces lo anunció ella.

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Con mi gesto de desdén cometí una torpeza que comprendí luego. El hombre bajito pero altísimo funcionario de Polonia se acercó a nosotros cuando terminaron nuestras exposiciones y nos saludó muy efusivamente mostrándose emocionado. El Pequeño K le preguntó entonces al hombre bajito cómo era posible que lo hubieran emocionado tanto unas ponencias que se había pronunciado en español si éste era un idioma que él no comprendía en absoluto, a lo que el funcionario le contestó que se había emocionado por la emoción misma, una respuesta para la que nosotros no estábamos preparados pero que nos dejó completamente satisfechos. Estaba discutiendo animadamente con los dos representantes del Instituto del Libro de Polonia, en un momento determinado de la conversación le dije al Burócrata que si la Perdularia hubiera comprendido el español yo la hubiera conquistado. La Perdularia esperó atentamente a que le tradujeran lo que yo había dicho y me respondió con una risa burlona: –¿Y para qué? De veras me puso en un apuro, y como no sabía que decirle le rogué que fuera más cortés, que se comportara como se había comportado la Argentina que nunca le había preguntado a España para qué la había conquistado. En un aparte del cóctel, la Hierática, el Pato Criollo, el Negroide Piquetero y yo hicimos el juramento de los mosqueteros: –Uno para todos y todos para uno. Pero este juramento no soportó el paso del tiempo. La mayoría de los Protoseres son empleados de sociedades anónimas que se hacen llamar editores. La carrera de estos Protoseres es tortuosa, algunos utilizan la ley del gallinero para ascender y otros terminan siendo lectores, como le ocurrió al Negroide Piquetero que poco antes de ser lector había publicado “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” en Interzona. Con “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” ya en los estantes de las librerías llamé a la editorial del Negroide Piquetero para saber algo de cuál era el desempeño del libro. A más de informarme sobre el desempeño del libro la Hacker me comunicó que se habían mudado y que el Negroide Piquetero quería decirme algo. Siendo la mudanza un síntoma de crecimiento o de decadencia que en sí mismo no me decía nada me quedé esperando a ver de qué quería hablarme el Negroide Piquetero. En verdad lo único que tenía para decirme es que debía cortar porque lo estaban llamando por la otra línea, y ésta es otra de las técnicas que utilizan los Protoseres hijos de Gutemberg: la de darse importancia. Pero yo había llamado para saber cuántos ejemplares de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” se habían vendido en un semestre. Y ésta es la cuestión, si los libros de los otros autores tenían en promedio un desempeño semejante al del mío, entonces, la mudanza que hicieron del Centro a Palermo era un síntoma indudable de la decadencia de la editorial y la bancarrota debía estar próxima. “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” es un libro bueno, tiene una jerarquía que no es producto de mi imaginación. ¿Y entonces, a quién puedo echarle la culpa?, ¿a los lectores hispanohablantes que no lo quieren leer? ¿Y qué editor en su sano juicio, conociendo la perfomance de este libro, va a querer publicar “Gombrowicz, y todo lo demás”? Si el Negroide Piquetero hubiera sabido de antemano los ejemplares que iba a vender de ese libro es seguro que no hubiera publicado “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”.

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Lo que yo debo hacer entonces es ocultar esta información y buscar un editor que comprenda el valor de Gombrowicz y aprecie el nivel de mis escritos. Para el caso de que la historia de esta obra, a la que el Alfajor calificó de exquisita, hubiera empezado de otra manera quizás su destino no hubiera sido tan aciago, pero miremos con atención algunos de los acontecimientos que precedieron a su puesta en los estantes de las librerías. Sin que esté tomándome la mano ninguna sombra interior que pese sobre mi alma con un sentimiento de culpa por alguna mala acción que hubiera cometido injustamente. debo hacer una declaración para hacerle justicia a un hombre de letras que no vaciló en ponerse de mi parte en los momentos oportunos. El Pato Criollo jugó un papel importantísimo en la publicación de “Cartas a un amigo argentino” y de “Gombrowicz, este hombre me causa problemas”, habiendo actuado en el primer caso sobre la Hierática de Emecé y en el segundo caso sobre el Negroide Piquetero de Interzona. La verdad es que el Pato Criollo estuvo presente con su ciencia infusa y sus poderes mágicos en las dos únicas ocasiones en las que los editores de papeles en la Argentina se ocuparon de mí. Mis aventuras con el Negroide Piquetero empezaron en el café Tortoni de una manera amable, con el paso del tiempo entraron en crisis, y finalmente tuve que hacer las paces con él el día que presentamos “Gombrowicz, este hombre me causa problemas” en la Embajada de Polonia. Nos habíamos peleado a muerte, pero yo conozco la técnica para manejar a los negros. Los negros son más parecidos a los animales que nosotros, los blancos, aunque los blancos ya estamos pareciéndonos bastante. Le temen a lo desconocido, se deslumbran con las cosas brillantes, son más sensuales y lascivos. La cuestión es que resulta mucho más complicado hacer las paces con un blanco que con un negro, a un negro hay que sobarlo un poco, y ya está. Cuando descubrí que era un negro mentiroso e irresponsable hablé directamente con uno de los dueños de la editorial utilizando cierta información escabrosa que me había suministrado el Perverso en carácter de venganza –le tenía mucha rabia no solamente a él sino también a Guadalupe Salomón apodada la Mejillona– y el Negroide Piquetero empezó a temblar como una hoja. Aproveché ese estado de terror a lo desconocido que se había apoderado de él, muy característico de los negros, un pánico que le malograba la naturalidad del comportamiento, y entonces lo invité a sentarse a mi lado, cosa que hizo sin chistar. Luego, mientras los otros presentadores hablaban y hablaban sin parar, lo empecé a sobar, comencé con el hombro derecho, después bajé un poco y lo masajeé en las costillas y terminé sobándolo en la rodilla izquierda, lo derretí, estaba tan contento como un perro, terminamos mucho más amigos que antes de la pelea. Pero esta reconciliación duró poco tiempo. La foto que acompaña a este gombrowiczidas es muy ilustrativa de la forma en la que me lo habían presentado. El Pato Criollo me había informado que el Negroide Piquetero resultó elegido el sex symbol de la poesía en un congreso realizado por las poetisas más señaladas de nuestro medio, y él estaba muy orgulloso de este nombramiento.

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