Herejias-cristianas

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[ Atrás ] [ Principal ] [ Arriba ] [ Siguiente ] Diccionario de las herejías Las principales corrientes de pensamiento contrario a la doctrina de la Iglesia Católica.

Adopcionismo: Según esta herejía, que tuvo como autor a un rico curtidor de pieles, Teodoto de Bizancio, Cristo era solamente un hombre, al que Dios adoptó como hijo en el momento de su bautismo y al que confirió una potencia divina para que pudiera llevar a cabo su misión en el mundo. Excomulgado por el Papa Víctor hacia el año 190, Teodoto fundó una secta, la cual tuvo, a mediados del siglo III, su último representante en Artemón o Artemo que enseñaba en Roma. Una variante del adopcionismo de Teodoto de Bizancio es el error de Pablo de Samosata, que fue obispo de Antioquía, entre el 260 y el 268; éste, para conservar la unidad divina, sostenía que Jesús no era Dios sino un hombre como los demás, pero con la diferencia de que, a él, el Verbo se le había comunicado de una manera especial, inhabitando en él. Un matiz muy distinto tiene el adopcionismo del español Elipando de Toledo y Félix de Urgel (siglo VIII), los cuales admitían la Trinidad y enseñaban una doble adopción de Cristo: una divina y otra humana; como hombre, Cristo era solamente hijo adoptivo de Dios, pero como Dios era verdadero Hijo de Dios. Agnoetas: Secta monofisita, debida a Temistio, diácono de Alejandría (siglo VI), el cual sostenía que Cristo había ignorado muchas cosas, incluso aquellas que eran propias del conocimiento común de los hombres; en particular ignoraba el día del juicio final. Albigenses: Véase Cátaros. Apolinaristas: Herejes del siglo IV, que recibieron este nombre por Apolinar de Laodicea (Siria), que vivió entre el 310 y el 390; fue amigo de San Atanasio y le apoyó en su lucha contra el arrianismo. Unos años después de haber sido elegido obispo de su ciudad, Apolinar, con el objeto de poner de relieve la personalidad divina de Cristo, afirmó que Cristo no tenía un alma propiamente humana, sino que el Verbo encarnado había tomado el lugar de esta alma; por lo mismo, ya no se podía hablar más de dos naturalezas sino de una única naturaleza y de una única persona en Cristo. Fue condenado por el Papa San Dámaso en el Sínodo romano del año 377. Arrianismo: Arrio, sacerdote de Alejandría, sostuvo, hacia el año 320, que Jesús no era propiamente Dios, sino la primera criatura creada por el Padre, con la misión de colaborar con Él en la obra de la creación y al que, por sus méritos, elevó al rango de Hijo suyo; por lo mismo, si con respecto a nosotros Cristo puede ser considerado como Dios, no sucede lo mismo con respecto al Padre puesto que su naturaleza no es igual ni consustancial con la naturaleza del Padre. Esta herejía se difundió como la pólvora y ganó pronto a un prelado ambicioso de la corte de Constantino, Eusebio de Nicomedia, que llegó a convertirse en el verdadero jefe militante del partido de los arrianos; también simpatizó con Arrio el historiador eclesiástico Eusebio de Cesarea. Arrio abandonó Alejandría el año 312 y se fue a propagar su herejía al Asia Menor y a Siria. El año 325 Constantino, preocupado por la difusión de la herejía y por las luchas internas que, a causa de ella, dividían a los católicos, convocó en Nicea el I Concilio Ecuménico, el cual condenó a Arrio y a sus secuaces, afirmando en el Símbolo llamado Niceno: "Creemos en un solo Dios, Padre todopoderoso, creador de todas las cosas, visibles e invisibles. Creemos en un solo Señor Jesucristo, Hijo de Dios, engendrado sólo por el Padre, o sea, de la misma sustancia del Padre, Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre, por quien todo fue hecho en el cielo y en la tierra, que por nuestra salvación bajó del cielo, se encarnó y se hizo hombre". El anatema contra Arrio estaba redactado en los siguientes términos: "En cuanto a aquellos que dicen: hubo un tiempo en que el Hijo no existía, o bien que no existía cuando aún no había sido engendrado, o bien que fue creado de la nada, o aquellos que dicen que el Hijo de Dios es de otra hipóstasis o sustancia, o que es una criatura, o cambiante y mutable, la Iglesia católica lo anatematiza". Tras este anatema lanzado por el Concilio, Constantino añadió la prohibición de que Arrio pudiera volver a Alejandría, algunos meses más tarde envió al exilio, a la Galia, a

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Eusebio de Nicomedia. Pero Arrio, aun desde lejos, no cedió en sus ataques; pronto se volvió a granjear la gracia del emperador. Campeón de la fe nicena fue Osio, obispo de Córdoba, y Atanasio, obispo de Alejandría, que soportó duras luchas y hasta el destierro intentando la extinción total del arrianismo, que se camufló de diversas maneras y se difundió entre los bárbaros germanos hasta los confines más septentrionales del Imperio: ostrogodos, vándalos y longobardos, entre los que perduró durante muchos años. Los últimos, arrianos longobardos desaparecieron hacia el 670, gracias a la habilidad de san Gregorio Magno. Cátaros: Difundidos con sorprendente rapidez por el Mediodía de Francia, en la región de Albi (donde se hicieron muy poderosos y recibieron el nombre de albigenses) y por la Italia septentrional (donde se les dio también el nombre de Patarinos), los cátaros (del griego = puros, perfectos) constituyeron entre los siglos XI y XII la más peligrosa herejía, no sólo dentro de la Iglesia sino también dentro de la sociedad civil. El catarismo era una extraña mezcla, sobre un fondo decididamente maniqueo, de herejías pasadas como el docetismo y el gnosticismo, y de religiones orientales. Según los cátaros más rigoristas, los dos principios del bien y del mal, siempre en perpetua lucha en el mundo, son igualmente eternos y omnipotentes; según los cátaros más mitigados, el principio del mal es una criatura de Dios, un ángel caído, llamado Satanás, Lucifer o Luzbel, y que habría creado el mundo visible de la materia, en oposición al mundo invisible de los espíritus buenos creados por el principio del bien. La creación del hombre es obra del principio del mal que logró seducir y aprisionar en los cuerpos algunos espíritus puros. Para poder salvar a estos espíritus puros encerrados en cuerpos humanos, Dios envió su Palabra por medio de un mensajero, Jesús, que era un ángel fiel y que Dios, por esta aceptación redentora, le llamó su Hijo. Jesús bajó a la tierra y, con objeto de no tener ningún contacto con la materia, tomó un cuerpo aparente y vivió y murió aparentemente como un hombre. Jesús enseñó que el camino de la salvación consiste en renunciar a todo aquello que tenga sabor carnal si quiere uno liberar el espíritu puro que está encerrado y aprisionado dentro de nosotros. Por eso es pecado no sólo el matrimonio sino también el uso de los alimentos carnales; el ideal de santidad sería el suicidio como medio para escapar y sustraerse voluntariamente a la influencia del principio del mal. Al fin del mundo, todos los espíritus se verán libres y gozarán de la gloria eterna; no habrá infierno para nadie puesto que cada uno habrá obtenido la salvación a través de reencarnaciones purificaciones. Los seguidores del catarismo se distinguían en puros o perfectos y en creyentes. Los puros o perfectos vivían en absoluta separación de los bienes de la tierra, en rigurosa ascesis, y evitaban todo contacto carnal ("el matrimonio es un lupanar" y dar hijos al mundo significa procrear diablos: "Rogad a Dios que os libre del demonio que lleváis en vuestro seno", decía un puritano de la secta a una mujer encinta); los puros llegaban a este estado con una especie de imposición de las manos y del libro de los Evangelios. Un ritual cátaro de Lyon nos ha conservado las particularidades de este rito de los puros; la ceremonia se iniciaba con el servitium, o sea, con la confesión general hecha por todos los presentes; después, el candidato se ponía ante una mesa en la que estaba apoyado el Evangelio, y respondía a las preguntas que le hacía el decano de los perfectos o puros; después se pasaba al melioramentum, que consistía en la confesión del candidato, tras lo cual el decano le signaba con el Evangelio. Decano y candidato recitaban una estrofa del Pater noster. Después llegaba ya el consolamentum, que era una especie de promesa por parte del candidato de renunciar a los alimentos carnales, a la mentira, al juramento y a la lujuria. Al principio se les imponía el vestido negro de la secta, que podía ser sustituido por un cordón negro en tiempo de persecuciones. Los creyentes, por su parte, debían venerar y respetar a los elegidos y alimentarlos; no estaban obligados a las abstinencias carnales; en lugar del matrimonio se les aconsejaba el concubinato, pues no teniendo éste como finalidad la procreación de los hijos, no prolongaba la obra de Satanás; sólo en el lecho de muerte podían los creyentes recibir el consolamentum, que era su regeneración. El culto de los cátaros comprendía: la comida ritual, en la que un perfecto bendecía y partía el pan que, luego, se dividía entre los presentes; el melioramentum, que tenía lugar cada mes y consistía en una confesión general seguida de tres días de ayuno. Todas las ceremonias concluían con el beso de paz que todos los presentes al rito se daban sobre ambas mejillas. El catarismo desapareció muy pronto debido a la feroz represión existente bajo el nombre de cruzada contra

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los albigenses, dirigida por Simón de Monfort y concluida con la batalla de Muret, el 12 de septiembre de 1213. Entre los apóstoles evangelizadores de los países contaminados de catarismo es preciso recordar a San Bernardo, al obispo español Diego de Acevedo y a la Orden de los Frailes Predicadores fundada por Santo Domingo de Guzmán. Docetismo: Herejía cristológica que aparece ya hacia fines de la edad apostólica, se difundió en los primeros años del siglo II y dejó su impronta en la mayor parte de los sistemas gnósticos. Para los docetas, la humanidad de Cristo era sólo aparente; negaban por tanto, como aclaraba San Ignacio de Antioquía a los fieles de Esmirna, que "Jesucristo hubiera verdaderamente salido de la estirpe de David, según la carne... que hubiera nacido verdaderamente de una virgen... que verdaderamente hubiera sido traspasada por clavos su carne"; que "la Eucaristía sea la carne de Cristo, la carne que ha sufrido por nuestros pecados, la carne que el padre, en su bondad, ha resucitado". (Ad Eph.). Donatismo: Habiendo aparecido, en un principio, como un cisma en la Iglesia africana, el donatismo no tardó mucho en convertirse en verdadera herejía. Surgió de la oposición de algunos obispos de la Numidia al nombramiento de Ceciliano como obispo de Cartago, acusado de haberse hecho consagrar por Félix de Aptonga, considerado como uno de los "traidores", o sea, de los que durante la persecución de Diocleciano habían obedecido los edictos del emperador del año 303. Entonces, un concilio de setenta obispos de Numidia depuso a Ceciliano, sustituyéndolo por Mayorino. Así nació el cisma que, dos años después, en el 315, con la elección de Donato como sucesor de Mayorino, encontró un jefe y un verdadero organizador. A pesar de la buena voluntad de hacer entrar en razón y en las filas de la Iglesia católica a los disidentes, el emperador Constantino no lo consiguió; al revés, los disidentes se hicieron cada vez más fanáticos persiguiendo a los católicos y destruyendo sus iglesias (circumcelliones). Parminiano, sucesor de Donato desde el 355 al 391, y el obispo de Cirta, Petiliano, el mayor exponente del donatismo, en tiempos de San Agustín, fueron los más fogosos defensores de la secta con las palabras y sus escritos. A pesar de la acción de tipo doctrinal de Octavio de Milevi y de San Agustín, y no obstante la intervención del emperador Honorio que los persiguió como herejes llevando, de este modo, un poco de paz a la Iglesia africana, los donatistas sobrevivieron hasta la conquista llevada a cabo por los árabes en el 650. Su doctrina era demasiado simple; sostenían que la Iglesia visible está compuesta solamente de justos y santos y que los sacramentos son inválidos si se administran por un ministro indigno. Encratismo: De la palabra griega enkràteia, que significa abstinencia, templanza. Doctrina de fondo ascético, cuyo más notable representante fue Taciano, en el siglo II. Partiendo del principio gnóstico de que la materia es intrínsecamente mala, consideraba como pecado la unión matrimonial, prohibía el uso de la carne y el vino, pretendía que el sacrificio eucarístico se hiciese utilizando solamente agua, y rechazaba las riquezas como pecado abominable. En el siglo IV el encratismo volvió a tomar vida en los discípulos del asceta capadocio Eustaquio de Sebaste; fue combatido por san Anfiloquio, obispo de Iconio, y condenado en un Sínodo del año 390 celebrado en Sido de Panfilia. Espirituales: Grupo bastante numeroso, formado en su mayoría por franciscanos exaltados que, siguiendo las ideas de Joaquín Flores (ver: Joaquinitas) y predicando la pobreza evangélica, pretendían reformar la Iglesia viciada por las cosas temporales. Francisco de Asís, "el ángel del sexto sello del Apocalipsis", según los espirituales, había sido enviado para inaugurar la tercera etapa del Espíritu Santo, en la que los franciscanos espirituales habían de instaurar el reino de Dios. Este movimiento tuvo sus principales focos en Toscana, con Ubertino de Casal, autor de un Arbor vitae crucifixae Jesu, y en el Languedoc con Pedro de Juan Oliva, algunas de cuyas proposiciones doctrinales fueron condenadas, y con Gerardo de Borja San Donino, que escribió un Liber introductionis in Evangelium

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aeternum, y, finalmente, en la Marca de Ancona, con Angel Clareno. Euquitas: Secta herética difundida en el Asia Menor a finales del siglo IV. Defendía la unión personal del demonio con el pecador y la de Dios con el justo, en una especie de panteísmo. Sus seguidores se llamaban así porque utilizaban la plegaria para expulsar a los demonios y unirse hipostáticamente con Dios. Fueron condenados a duras represalias; así en el sínodo de Sido del año 390 y en el concilio de Éfeso del año 431. Febronianismo: Doctrina que recibe este nombre de Febronio, seudónimo del obispo auxiliar de Tréveris, Juan Nicolás von Hontheim, autor del libro De statu Ecclesiae et ligitima potestate Romani Pontificis, etc., publicado en el año 1763. Para Febronio son sólo los obispos los únicos jueces de la fe por derecho divino; ellos son los que, con la ayuda de la potestad civil, pueden deponer al papa si se sale fuera de sus atribuciones y competencias, puesto que el papa no es sino un primus inter pares y la parte ejecutiva de los cánones conciliares; ninguna ley pontificia tiene valor si no es aprobada antes por los obispos. El febronianismo encontró buena acogida entre el rey José II, quien pretendió tratar como asunto de Estado todo cuanto de alguna manera guardaba relación con la organización externa de la Iglesia prohibiendo a sus obispos toda comunicación con Roma (josefismo). Las doctrinas febronianas fueron condenadas el año 1764, y de nuevo en 1766, 1771 y 1773. Fideísmo: En oposición a la tendencia racionalista del siglo anterior, el abate Bautain, profesor de Estrasburgo y más tarde en París, defendió la incapacidad de la razón de llegar a las verdades religiosas, las cuales no pueden conocerse si no es exclusivamente por la tradición. Fue condenado el año 1831; en el Concilio Vaticano de 1870 fueron denunciados los peligros del fideísmo. Frailes apostólicos: Fueron fundados por un franciscano, Gerardo Segarelli, que, expulsado de su orden, se puso a predicar en los territorios de Parma contra la Iglesia "receptáculo de Satanás", en nombre de la pobreza evangélica y de un misticismo panteístico. Una vez que murió el fundador, el movimiento continuó en el territorio de Vercelli bajo la guía de fray Dolcino, hasta que finalmente quedó sofocado en 1207, después de dos años de guerra. Frailes del libre espíritu: Secta herética que se acogía, aunque exacerbándolas y exagerándolas, a las teorías de Amaury de Bène (m. 1207), maestro de teología en parís, que enseñó un panteísmo sustancial: Dios está en todo y en todos y cada uno de nosotros, por ser encarnación del Espíritu Santo, no puede pecar; por lo mismo, no tiene necesidad de recibir ningún sacramento. Condenado por Inocencio III, Amaury se retractó, pero su herejía, hecha propia y desarrollada por Ortlieb, profesor de Estrasburgo, con el nombre de Frailes del libre espíritu, llegó a la absoluta negación de toda autoridad, de la ley moral y de los sacramentos, en virtud del principio de que el Espíritu Santo está en nosotros y eso basta. Entre las diversas aberraciones morales se encontraban la del amor libre, el nudismo y la magia. Los frailes del libre espíritu duraron hasta el siglo XIV. Fraticelos o "Fraticelli": Se llamaron así aquellos espirituales que no quisieron entrar en la Orden de San Francisco y se rebelaron contra la autoridad de la Iglesia, buscando ayuda en el poder civil, primero en Colonna contra Bonifacio VIII, y después en Luis de Baviera contra Juan XXII, creando luego su Iglesia más "espiritual". Galicanismo: El galicanismo no es ni una secta ni propiamente una herejía sino un conjunto de tendencias contrarias a las prerrogativas pontificias en Francia. Su doctrina viene compendiada en cuatro artículos de la Declaratio cleri gallicani votada el 19 de marzo de 1682 en la Asamblea general del clero, en París: 1) el Papa sólo tiene jurisdicción espiritual; el rey y los príncipes, en los asuntos temporales, son absolutamente independientes de la Iglesia; a) el Concilio es superior al Papa; 3) la autoridad pontificia en las cosas de orden espiritual debe ser moderada según los cánones y según las reglas, instituciones y costumbres del reino y de la Iglesia de Francia; 4) al Papa corresponde la preeminencia en las cuestiones de fe, pero sus sentencias y sus decretos no son irreformables sin el consentimiento de toda la Iglesia entera. La Declaratio cleri gallicani fue condenada por el Papa Inocencio XI el 11 de abril de 1682 y, de nuevo, por

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Alejandro VIII el 4 de agosto de 1690; revocada por Luís XIV en 1693 fue después, a la muerte del rey, puesta de nuevo en vigor por el Parlamento de París. La definición del Concilio Vaticano de 1870 sobre la potestad y la infalibilidad pontificia dio el golpe de gracia al galicanismo. Gnosticismo: Bajo este nombre se comprende todo un complejo de sistemas heréticos que tomaron este nombre en el siglo II y III (continuando bajo formas veladas pero con los mismos principios aún hasta nuestros días), los cuales, mediante un sincretismo filosófico-religioso, intentaron dar una explicación racional a los misterios del cristianismo. Punto de partida del gnosticismo es el problema del mal que resuelve mediante la aceptación de un dualismo radical entre Dios y la materia. Dios, que es el ser esencialmente espiritual, capaz de desenvolverse y desarrollarse, engendró los seres espirituales y eternos como él (eones). La primera pareja de eones (sicigia), macho y hembra, procedieron directamente de Dios; las demás proceden la una de la otra por sucesiva evolución. Sucedió que, en el proceso evolutivo, los eones que conforme se iban alejando de Dios se hacían cada vez más imperfectos, un eón prevaricó y fue excluido del pléroma, o sea, de la sociedad de todos los eones. Este, a su vez, prolificó dando origen a otros eones malvados como él, y creó el mundo y al hombre; fue adorado como Dios por los hebreos, los cuales le dieron el nombre de Jahvé, el Demiurgo. Pero un eón superior puso en el hombre, a escondidas, un germen divino, el cual se vio, de este modo, prisionero en la materia y comenzó a sufrir persecución por parte del demiurgo. ¿Cómo es posible a este germen divino verse libre del cuerpo? De la siguiente manera: uno de los primeros eones superiores se encarnó, tomó la forma, el fantasma, de Jesús de Nazareth, y enseñó a los hombres, mediante su predicación, el medio de poderse salvar. Pero el Evangelio de Jesús de Nazareth, si puede convencer y ser suficiente para los ingenuos y los simples, no lo es para los demás; para éstos se requiere una gnosis más profunda del Evangelio. Los hombres, por tanto, se dividen en tres grupos: los ílicos (materiales) para los cuales no hay salvación posible; los psíquicos, que pueden salvarse con la ayuda de Jesucristo, y los pneumáticos o gnósticos perfectos, los cuales ya tienen la salvación en la gnosis y, por tanto, no tienen necesidad de salvación. Cuando la gnosis haya realizado la liberación del germen divino en el hombre y el Demiurgo sea sometido a Dios, entonces el mundo material será destruido y sobrevendrá la restauración universal. Los centros principales del gnosticismo se encontraron en Siria y Alejandría; sus maestros principales fueron Cerinto, Saturnino, Basílides y Valentino. Según San Ireneo, Cerinto debió de enseñar la distinción entre el Dios supremo y el Demiurgo. Jesús, hijo natural de María, era un hombre normal como los demás; después de su bautismo bajó sobre él una virtud especial, proveniente del Dios supremo, en forma de paloma; antes de su pasión, esta virtud que estaba en Cristo abandonó a Jesús, que sufrió y murió como todos los demás hombres, mientras que el Cristo permaneció impasible y sigue existiendo espiritualmente. Según Cayo, Cerinto exhibía un libro de revelaciones que decía haber recibido de manos de los mismos ángeles y, según el cual, tras la resurrección de la carne, se gozará de toda clase de placeres y de voluptuosidades durante mil años. Saturnino admitió la existencia de Dios Padre, creador de las potencias angélicas; éstas, a su vez, crearon el mundo y al hombre; pero, como quiera que el hombre creado por los ángeles no podía tenerse en pie, Dios infundió en él una centella de vida, por la que éste se sostuvo, articuló sus miembros y comenzó a vivir. Surgió, entonces, entre los ángeles creadores y el Dios supremo una lucha que se traspasó también a los hombres buenos y malos; buenos los que creían en el Dios supremo, y malos los que creían y adoraban a los ángeles creadores y, en particular, a Jahvé que era uno de los cabecillas de los ángeles. Para abatir toda la potencia angélica y para sacar a la humanidad del dominio del ángel Jahvé, Dios envió un Salvador, Cristo, que apareció en un fantasma humano, incorpóreo. Basílides conservó esta teoría de la oposición entre el Dios supremo y los ángeles creadores, que son la trescientos sesenta y cinco emanación de los eones. Estos ángeles, con Jahvé a la cabeza, crearon el mundo, dieron la ley a los hebreos e inspiraron a los profetas. El Cristo, primero de los eones, engendrado por Dios e increado como espíritu, a fin de librar a los hombres de la esclavitud de Jahvé, apareció bajo la semejanza de Simón de Cirene, el cual fue quien, en realidad, llevó la cruz y fue crucificado puesto que el Cristo increado no podía morir.

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Valentino dio otra impronta al gnosticismo. En la base de su sistema está la teoría de los eones, los cuales se interponen entre Dios y el mundo, el bien y el mal, intentando ser una conciliación. Al principio de los eones Valentino pone el Abismo, el Padre no ha engendrado, con su compañera el Silencio, de cuya unión surgió la pareja mente-verdad, y ésta engendró sucesivamente el verbo y la vida, el hombre y la Iglesia. De la pareja verbo-vida nacieron diez eones (cinco parejas de machos y hembras); de la pareja hombre-iglesia nacieron doce eones, o sea, otras seis parejas. Todos estos treinta eones formaron el pléroma que es "la sociedad perfecta de los seres inefables". El último de los eones, la Sabiduría (Sofía), fue presa del deseo de subir a la fuente del pléroma y conocer al Padre Abismo, pero fue tal y tan grande el coraje que le cogió por no poder conseguirlo que rompió la felicidad de todos los eones inferiores. De este desequilibrio nacieron todos los males, por parejas: temor e ignorancia, tristeza y llanto, etc.; al final estaban también las tres sustancias: la materia animada, la inanimada y la materia espiritual, sustancias que son, más o menos, los componentes del hombre, el cual, por esto mismo, está dividido según sustancias que lo componen en hombre material, hombre psíquico y hombre espiritual. A fin de recomponer las cosas, de la pareja eónica mente-verdad salió la pareja Cristo-Espíritu Santo. El eón Cristo descendió, en forma de paloma, hasta Jesús de Nazareth, del cual, después que hubo predicado y enseñado a los hombres la manera de verse libres de las pasiones, se marchó y subió a la perfección del pléroma en el momento de su presentación ante Poncio Pilato, permitiendo que sufriese y muriese el elemento material revestido de su apariencia. El gnosticismo fue combatido por San Ireneo, San Hipólito Romano, Tertuliano y Orígenes. Hermanos moravos: Surgieron de los elementos más moderados de los husitas reunidos confraternalmente en Bohemia y en Moravia con el nombre de "Frailes bohemios" o "Frailes de la ley de Cristo". Separados de la Iglesia el año 1467, no reconocían otra autoridad que la Sagrada Escritura; pronto se fundieron con los reformados. En el año 1722, algunos de los miembros se pasaron a la Sajonia y, acogidos por el conde N. L. von Zinzerdof fundaron y establecieron en aquellas tierras una comunidad político-eclesiástica independiente con culto propio y una propia constitución, que recibió el nombre del centro de Herrnhut: Conferencia de Herrhut. Actualmente existen grupos de la Conferencia de Herrhut en Alemania, Inglaterra, Dinamarca, Holanda, Suecia, Estados Unidos y Canadá. Husitas: Juan Hus (1369-1415), profesor y después rector de la Universidad de Praga, era un asceta animado de espíritu reformista, un predicador elocuente y un ardiente patriota. Ganado y convencido por las doctrinas de Wiclef importadas a Checoslovaquia por Jerónimo de Praga, se las hizo suyas y se sirvió de ellas para volver a encender más vivamente no sólo la lucha por la reforma de la Iglesia, sino también por un nacionalismo ciego contra el dominio germánico (ver wiclefitas). Excomulgado por Alejandro V en 1412, se rebeló apelando a Cristo y a la autoridad de la Biblia, de la que se proclamaba a sí mismo infalible intérprete; detrás de él estaba también el pueblo que le azuzaba en sus predicaciones contra el clero y contra el dominio germánico. Fue al Concilio de Constanza del año 1414 para defender sus teorías, pero allí le condenaron como hereje y fue reducido al estado secular. El emperador Segismundo, que le había dado un salvoconducto para entrar en Constanza, lo sentenció a muerte apenas le tuvo entre sus manos (6 de julio de 1415). La misma suerte corrió su amigo Jerónimo de Praga, pocos meses después. Tras la muerte de su jefe, los husitas se dividieron en utraquistas, porque pedían la comunión sub utraque specie, y en taboristas, más fanáticos, llamados así porque tenían su centro en Tabor. Con Juan Ziska, jefe de los taboristas, los husitas pasaron a la acción política, con "la defenestración de Praga" del año 1418, la invasión del Parlamento y la masacre de los consejeros católicos. En diciembre de 1419 los husitas buscaron un acuerdo con el emperador Segismundo, haciendo estas cuatro propuestas: libertad de predicación, comunión bajo las dos especies, pobreza apostólica del clero, castigo de los pecados mortales, como la simonía. El emperador no aceptó estas proposiciones, y ordenó una represión contra los herejes agitadores. En noviembre de 1420 los husitas guiados por Juan Ziska se apoderaron de las tropas imperiales;

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parecidos triunfos obtuvieron en febrero y noviembre de 1421, Juan Ziska, al que sucedió Procopio el Calvo, no menos intrépido que él como militar; de hecho, bajo su guía, los husitas llegaron a Hungría, a la Sajonia y a la Silesia. También Procopio fue al Concilio de Basilea, convocado por Martín V, a defender su tesis. Entre tanto, se multiplicaron las sectas en el seno de los husitas, como la de los milenaristas y la de los adamitas, que se entregaron a toda suerte de inmoralidades, los unos porque creían inminente el fin del mundo, los otros por llegar pronto a la perfección con el nudismo y con la promiscuidad de sexos. En 1434 Procopio fue muerto en una batalla y, desde entonces, los husitas fueron desapareciendo poco a poco. Iconoclastas: La lucha contra el culto de las imágenes tuvo en Oriente dos fases. La primera fue promovida, y con bastante violencia, por el emperador León III el Isáurico, el año 725 con una serie de edictos que proscribían el culto y el uso de las imágenes de los santos y de los ángeles, de Cristo y de la Virgen; acabó esta fase con la muerte del emperador León IV, el año 780. A una fanática destrucción de todo un patrimonio artístico y religioso, expresión viva de la piedad popular, siguió una reacción no menos enérgica por parte de San Germán, patriarca de Constantinopla, depuesto por el emperador el año 730, y de San Juan Damasceno, los cuales, con sus escritos, no sólo refutaron la acusación de idolatría lanzada contra la Iglesia, sino que explicaron además la legitimidad y la naturaleza del culto a las imágenes; otros obispos orientales y el Papa Gregorio III condenaron el iconoclastismo. A la lucha contra las imágenes, siguió bien pronto la persecución que contó con no pocos mártires. Constantino V Coprónimo (741-775) continuó la obra de su padre; lo mismo hizo León IV (775-780), si bien este último estuvo mejor dispuesto a un restablecimiento de la paz, gracias a las instigaciones de su mujer Irene, la cual, una vez que se quedó viuda y emperatriz, convocó de acuerdo con el Papa Adriano I y con el patriarca de Constantinopla, San Tarasio, el II Concilio de Nicea (VII ecuménico), el año 787. En este Concilio se definió la legitimidad del culto a las imágenes y se condenó el error iconoclasta en estos términos: "Decidimos restablecer, junto a la Cruz preciosa y vivífica de Cristo, las santas y venerables imágenes: o sea, las imágenes de Nuestro Señor Jesucristo, Dios y Salvador, la de Nuestra Señora Inmaculada, la santa Madre de Dios, la de los honorables ángeles y de todos los píos y santos personajes, puesto que más se pensará en ellos a través de las imágenes que los representan y más, aquellos que los contemplan, se sentirán excitados al recuerdo y al deseo de imitarlos; decidimos rendirle un homenaje y adoración de honor, no ese culto de latría que proviene y que compete sólo a Dios, sino de honor, ese honor y veneración que se presta a la Cruz preciosa, a los santos Evangelios y a los objetos sagrados; decidimos también encenderles incienso en su honor y encenderles velas, como era costumbre entre los antiguos cristianos. Puesto que el honor rendido a la imagen se traspasa al prototipo que representa y el que venera la imagen venera la persona que la imagen representa". La segunda fase iconoclasta duró acerca de 30 años, desde 815 al 842 y fue promovida por León el Armenio (813-820) y continuada por Miguel el Balbuciente (820-821) y por Teófilo (829-842). Puso fin a esta fase la emperatriz Teodora, viuda de Teófilo, y así el primer domingo de cuaresma del año 843 fue solemnemente celebrada en Santa Sofía de Constantinopla la primera fiesta de las imágenes o fiesta de la Ortodoxia, que todavía dura hoy en la Iglesia oriental. Jansenismo: Cornelio Jansen (1585-1638), obispo de Ypres, Holanda, dejó a su muerte un libro, el Agustinus, que fue publicado dos años después, en 1640. Las doctrinas en él contenidas habían sido ya maduradas desde el año 1620, cuando, siendo profesor en Lovaina, Jansen escribió a su amigo francés Duvergier de Hauranne, abad de Saint-Cyran, anunciándole que había descubierto la verdadera doctrina de San Agustín sobre la gracia y la predestinación. La obra fue inmediatamente condenada por la Inquisición en 1614 y, al cabo de un año, por Urbano VIII; sin embargo, encontró ardientes defensores en Duvergier de Hauranne y Antonio Arnauld, tras los cuales estaba todo el importante Monasterio de Port-Royal que se convirtió pronto en una fortaleza inexpugnable. Inocencio X, en la bula Cum Occasione del 31 de mayo de 1653, condenó 5 proposiciones contenidas a lo largo del libro de Jansen. Dos años después, Antonio Arnauld, con la Segunda carta a un duque y semejantes, a pesar de que aceptaba la condena de las cinco proposiciones, defendió y sostuvo que tales proposiciones no se encontraban en el libro de Jansen o que, por lo menos, no correspondían al sentido que

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él les había querido dar (cuestión de derecho y no de hecho). Alejandro VII, con la constitución Ad Sacram beati Petri Sedem, del 16 de octubre de 1656, se decidió también por las cuestiones de hecho, declarando que las cinco proposiciones habían sido declaradas en el libro de Jansen y condenadas en el mismo sentido que él les daba. La controversia entre jansenistas y católicos se encendió todavía más con la publicación de las Provinciales de Pascal (1656-1657), y como la contienda no tenía trazas de apagarse, la Asamblea del Clero propuso un formulario que debían firmar todos los miembros del Clero, los monasterios y los conventos del reino. Las religiosas de Port Royal se resistieron y se negaron, por lo que fueron excomulgadas. La paz clementina apagó la controversia, pero pocos años después, con el Compendio de la moral del Evangelio, de Pascasio Quesnel, oratoriano (1634-1719), impreso y desarrollado en cuatro tomos de El Nuevo Testamento con reflexiones morales, el jansenismo reapareció todavía más fuerte y peligroso. Clemente XI, con la constitución Vineam Domini del 16 de julio de 1705 renovó las condenas precedentes y precisó que no bastaba el silencio obsequioso sostenido por los jansenistas, sino que se requería la adhesión interna. Con la constitución dogmática Unigenitus del 8 de septiembre de 1715 se condenaron 101 proposiciones de Quesnel. Los jansenistas se indignaron terriblemente y apelaron a un concilio general (de donde el nombre de apelantes). De este movimiento de los apelantes surgió la iglesia jansenista cismática de Utrecht el año 1723, la cual cuenta actualmente con cerca de 10.000 fieles, 30 sacerdotes y 3 obispos. En el siglo XVIII el jansenismo encontró seguidores también en Italia; entre ellos el más famoso es Escipión de Ricci, que convocó el sínodo de Pistoya el año 1786 y fue condenado con la bula Auctorem fidei del 28 de agosto de 1794. La doctrina jansenista queda resumida en las cinco proposiciones condenadas el año 1653. algunos preceptos divinos son imposibles de poderse cumplir por parte de las almas justas, a pesar de sus buenos deseos y sus esfuerzos, y además falta a estas almas la gracia que haría posible su cumplimiento; en el estado de naturaleza caída no se resiste nunca a la gracia interior; para merecer y desmerecer en el estado de naturaleza caída no se requiere la libertad interior; es suficiente la libertad exterior o ausencia de obligación y presión externa; los semipelagianos admitían la necesidad de una gracia interior proveniente para todos los actos, incluso para el inicio de la fe; su herejía consistía en creer que esta gracia era de una naturaleza tal que la voluntad podía, a su arbitrio, resistir u obedecer; es semipelagiano afirmar que Cristo ha muerto y ha derramado su sangre por todos los hombres.

El jansenismo, además, afirmaba que el hombre después del pecado original está radicalmente corrompido en sus facultades naturales, no es enteramente libre de hacer el bien, puesto que está arrastrado por la concupiscencia que le induce necesariamente al pecado; y si, por otra parte, obra bien es porque no puede resistir a la gracia, la cual siempre se le da y es necesitante, irresistible y concedida solamente a los predestinados, o sea, a aquellos por los que Cristo ha muerto sobre la Cruz. Por consiguiente: "los paganos, los judíos, los herejes y otros del mismo estilo no reciben ningún influjo de Cristo"; todos los amores de las criaturas son siempre concupiscencia y, por lo mismo, pecaminosos; cada acto que no vaya movido por el amor perfecto y directo de Dios es un acto inmoral: "todo aquello que no proviene de la fe sobrenatural que obra por amor es pecaminoso". En la historia del jansenismo, hace notar Cayré, deben distinguirse dos fases principales: en la primera, el jansenismo es ante todo un sistema teológico en torno a la gracia y a la predestinación; en la segunda fase, además, se convierte en un partido de oposición política parlamentaria, filosófico-religiosa durante un período de tiempo que va desde los últimos años del siglo XVII y que dura, con alternas vicisitudes, hasta la Revolución francesa. Joaquinitas: Seguidores del abad cisterciense Joaquín de Flores, muerto el 20 de marzo de 1202, autor de un comentario al Apocalipsis, Apocalypsis nova, en el que anunciaba como próximo el inicio de la nueva era

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absolutamente espiritual del Espíritu Santo, tras aquella de la Ley o del Padre del Antiguo Testamento, o la del Hijo del Nuevo Testamento. El inicio de esta era espiritual, en la que habría dominado el Evangelio eterno con la desaparición, en la Iglesia, de toda contaminación temporal, fue fijado para el año 1260. Las ideas joaquinitas fueron condenadas en el Concilio Lateranense IV, en 1215. Marcionismo: Es una variante del gnosticismo, que tiene como jefe a Marción, el cual, expulsado por sus ideas, de la comunidad romana, fundó una Iglesia separada que se llamó, por su nombre, marcionismo y duró hasta el siglo V. Según la doctrina de Marción, el Antiguo y el Nuevo Testamento son otra de dos diversos principios: el Antiguo Testamento procede del Dios de la justicia, creador de este mundo, mientras que el Nuevo procede del Dios de la bondad. Bajo el imperio del primero, la humanidad vivió como oprimida por la Ley y fue castigada con severidad; el Dios bueno tuvo, entonces, compasión de la humanidad y salió de su silencio enviando al Redentor. Jesucristo apareció a semejanza de un hombre para inaugurar el reino de la misericordia y del amor; no nació de la Virgen ni sufrió ni murió según la carne. Lo que sucedió en su muerte fue un acto de ira o rabia del Dios malo que para vengarse de la derrota sufrida revolvió los cielos e hizo crucificar al redentor que había tomado la semejanza de hombre. En cuanto a la ética, Marción era intransigente; no admitía el matrimonio, prohibía la carne y el vino. Contra el marcionismo lucharon Teófilo de Antioquía, Melitón de Sardes, Justino e Ireneo, pero el que llevó más a fondo la lucha fue Tertuliano. Tuvo Marción algunos discípulos; entre los más famosos se cuenta Apeles, rico en fama y fortuna, que de Alejandría pasó a Roma, donde hizo pasar por virgen y profetisa a una meretriz que iba detrás de él. En compañía de Filomena, Apeles se dedicó a hacer prosélitos; escribió las Revelaciones en las que cuenta las visiones proféticas de su Filomena, y los Silogismos. Su doctrina se distingue de la de Marción en cuanto niega el dualismo gnóstico y vuelve al monismo. O sea: existe un solo Dios eterno, necesario, omnipotente, bueno, creador de los ángeles. A un ángel rebelde debe atribuirse la creación de este mundo. En cuanto a las almas, defiende la doctrina platónica de la preexistencia; ellas, según esta doctrina, habrían sido arrojadas del cielo a la tierra y encerradas forzosamente en un cuerpo. En cuanto a Cristo, Apeles sostiene que Cristo tuvo un verdadero cuerpo, pero que este cuerpo se quedó en los cielos durante su estancia en la tierra. Modalismo: Herejía del siglo III, según la cual en Dios sólo hay una persona como una es también su naturaleza: los nombres de Padre, Hijo y Espíritu Santo no son otra cosa sino aspectos diversos del Dios único, esto es, son modos de considerar a Dios en sus operaciones ad extra: como la creación, la encarnación, la efusión de la gracia. No existe, por tanto, Trinidad en Dios sino "monarquía" (de donde se le da también el nombre de monarquismo); y cuando decimos que el Hijo de Dios se encarnó y que sufrió pasión y muerte, es una simple manera de hablar, puesto que, en realidad, fue el mismo Padre quien sufrió y se encarnó y murió en la cruz (de donde también se les da el nombre de patripasianos). Los primeros padres de esta herejía parece ser que fueron Praxeas y Noeto, de primeros del siglo III, contra los que escribieron Tertuliano (Adversus Praxeam) e Hipólito romano (Contra Noetum); otros defensores de la herejía fueron, en Roma, Epígono, Cleomenes y Sabelio; del nombre de este último se llamó sabeliana a la secta modalista y duró hasta el siglo V combatida por Eusebio de Cesarea (Contra Marcellum y De ecclesiastica theologia) y por san Hilario de Poitiers (De Trinitate). Modernismo: Hubo entre finales del siglo XIX y principios del XX una tentativa de adaptar la inmutabilidad del dogma católico al espíritu racionalista de los tiempos. Sus mayores y más importantes primeros representantes fueron el abate Alfredo Loisy en Francia, el ex jesuita Tyrrell en Ingraterra, H. Schell en Alemania y Rómulo Murri y Ernesto Buonaiuti en Italia. A la oportuna condena de las sesenta y cinco proposiciones modernistas con el decreto Lamentabili del año 1907, siguió en el mismo año la encíclica Pascendi (8 de septiembre), la cual arrostraba de frente al modernismo con una tan clara y sistemática exposición de sus errores que maravilló a los mismos modernistas. Sin dar ni revelar ningún nombre, la encíclica retrataba perfectamente al modernista considerado como filósofo, como creyente, como teólogo, como crítico, como apologista y como reformador. Como filósofo, el modernista parte del agnosticismo kantiano y positivista; no sabemos nada de Dios, de su existencia ni de sus atributos, cualquier cosa que de él conozcamos sólo la podemos saber a través de la religión que es la revelación de Dios en lo íntimo de los corazones, sentimiento instintivo del alma que tiene necesidad de un ideal para vivir. Como creyente el modernista se acoge a Dios, que se revela en lo íntimo de

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la conciencia y del que tiene una experiencia interior (inmanentismo); por tanto, la religión es un hecho puramente subjetivo. Como teólogo, el modernista describe la propia fe, la fe subjetiva, recurriendo a los ideales de su tiempo, inventando fórmulas que se transmiten de unos a otros y que llegan así a convertirse en "tradicionales" pero que no responden a la verdadera tradición eclesiástica; son, por tanto, mudables y cambiantes como cambiantes y mudables son las ideas de los tiempos. Como historiador el modernista, aunque da un valor a los textos, los interpreta y manipula según previos conceptos filosóficos y teológicos (cuando no políticos); declara, por tanto, imposible el milagro y expurga los textos de todo aquello que tiene visos de sobrenatural; o sea, hace una historia crítica y cientificista. Con esta historia crítica y cientificista, el modernista cree ser un apologista de la religión, conciliando el cristianismo con el espíritu "moderno", e intenta una reforma de la Iglesia, en sus dogmas, sin salirse de la Iglesia. Aparte de las airadas reacciones de los modernistas de la época, el decreto de San Pío X echó por tierra las formas más "duras" con que se manifestaba la herejía de la época, haciéndola retroceder en forma y conteniendo por mucho tiempo más una de las herejías de las más peligrosas de la historia de la Iglesia. Monofisismo: El monofisismo o doctrina de la unidad física entre la naturaleza humana y la naturaleza divina de Cristo, tuvo como primer promotor a Eutiques, monje archimandrita de un gran monasterio de Constantinopla. Había sido Eutiques un decidido adversario de Nestorio, pero empeñado en querer interpretar al pie de la letra, y no sabiendo entender bien algunas fórmulas poco felices e imprecisas de san Cirilo de Alejandría sobre la unidad de la persona en Cristo, sostuvo que, antes de la Encarnación, había dos naturalezas en Cristo; en la encarnación la naturaleza humana fue absorbida por la naturaleza divina. Denunciado por Eusebio de Dorilea al patriarca de Constantinopla Flaviano, éste le invitó a disculparse ante un sínodo, que, el año 448 le excomulgó y le depuso. Eutiques apeló al Papa y continuó propagando su herejía, contando con el apoyo de Dióscoro, obispo de Alejandría, y del emperador Teodosio II, que convocó un Concilio de Éfeso el año 449. El Papa San León Magno envió al concilio tres legados con una Instructio dogmatica, conocida con el nombre de Tomo a Flaviano, en la que afirmaba con la claridad más precisa la unidad de persona y la duplicidad de naturalezas en Cristo. Pero el Concilio, presidido por Dióscoro y custodiado por grupos armados de monjes fieles a Eutiques, no tuvo en cuenta las directrices del Papa León, rehabilitó a Eutiques y depuso a los obispos que le habían sido contrarios. El Papa convocó, entonces, rápidamente un sínodo en Roma, que condenó el procedimiento seguido en Éfeso como acto de bandidaje (latrocinium ephesinum). Un año después, muerto Teodosio II, Marciano su sucesor, de acuerdo con el Papa, convocó un concilio en Calcedonia que tuvo lugar el año 451 bajo la presidencia de los legados del Papa; se definió el dogma en cuestión con los siguientes términos: "Uno solo y el mismo Cristo, hijo, Señor, Hijo único, con dos naturalezas sin mezcla, sin transformación y sin división alguna". Pero los monofisitas no se desanimaron y continuaron teniendo en pie de alerta al campo católico durante muchos siglos; algunos de ellos se constituyeron en iglesias separadas no sólo de Roma sino de la misma "ortodoxia", en Siria, Mesopotamia, Egipto y Armenia. Monotelismo: A principios del siglo VII, a fin de conciliar a los herejes monofisitas y a los católicos ortodoxos, Sergio, patriarca de Constantinopla (610-638), propuso la doctrina que afirma haber una sola voluntad y operación en Cristo. Los monofisitas de Egipto, con su jefe Ciro, patriarca de Alejandría, junto con los monofisitas de Armenia, aceptaron, los unos en 633 y los otros en 634, la doctrina de Sergio. Inmediatamente, San Sofronio, obispo de Jerusalén, denunció la herejía con la Carta sinodal de entronización del año 634, dirigida al Papa Honorio; pero Sergio consiguió ganarse al Papa para su causa y, envalentonado con este apoyo, hizo que se publicara por el emperador Heraclio la Ectesis, una profesión de fe de tendencia monotelista (638). Contra la Ectesis se levantaron protestas en Occidente y en Oriente, de modo que Constante II (641-668), sucesor de Heraclio, fue obligado en el año 648 a retirar la Extesis y sustituirla con un nuevo Decreto, el Tipo, con el que se imponía y se obligaba al silencio en torno a la cuestión de la única o doble voluntad de Cristo. El año 649 el Papa Martín I reunió un concilio en el Laterano, condenó tanto la Ectesis como el Tipo e impuso la doctrina de las dos voluntades y de la doble operación en Cristo; el emperador, entonces, hizo arrestar al Papa y lo envió desterrado al Quersoneso, donde murió el año 655. Pero la lucha contra el monotelismo no acabó aquí, llegando poco después San Máximo Confesor (580) a

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convertirse en el verdadero campeón. Con Constantino IV Pogonato (668-686) hubo una distensión. El emperador, de acuerdo con el Papa Agatón (678-681), en el que se liquidó definitivamente la cuestión del monotelismo: "Convenía, dice el concilio, que la voluntad de la carne fuese impulsada por la voluntad divina y le estuviese sometida. Como, de hecho, la carne es verdaderamente la carne del Verbo divino, así la voluntad natural de la carne es también la voluntad propia del Verbo divino". Montanismo: Herejía de fondo moral ascético, en la que se vio también implicado Tertuliano. Montano, natural de la Frigia, convertido hacía poco al cristianismo del culto de Cibeles, se consideraba como si fuera el ministro del Espíritu Santo, del que decía tener visiones y revelaciones. No enseñaba una verdadera gnosis; aceptaba de buen grado todo cuanto la revelación le proponía como un hecho incontrastable y no se entregaba a puras especulaciones, como era costumbre entre los gnósticos. Su ideal era, mas bien, práctico y exclusivamente ético. En espera de la inminente parusía del Señor y de la aparición de la Jerusalén celeste, los cristianos no podían sentarse en cómodas poltronas; todo lo contrario, debían prepararse para el gran acontecimiento con una conducta austera, una ascesis en la que tuviese lugar de preferencia el Espíritu Santo y las funciones de la carne quedasen reducidas a lo más indispensable. Por lo mismo, nada de matrimonio, nada de placeres carnales, nada de afectación ni de cargos, sino sacrificio pleno y consciente en espera de la gran hora. Durante este tiempo de espera los cristianos debían dedicarse al ayuno y no caer en ningún pecado puesto que, después del bautismo, según Montano, ninguna culpa podía ser perdonada. Era, por tanto, el movimiento Montano un movimiento espiritual, una reforma moral; todo esto hubiera sido muy bello y muy hermoso si no hubiese pretendido completar la revelación cristiana diciendo que recibía como revelación de lo alto aquello que simplemente era fruto fantástico de su imaginación. La predicación de Montano no cayó en el vacío. En torno a él comenzó a formarse un pequeño grupo de fieles; dos mujeres, Maximila y Prisca, que se llamaban a sí mismas profetisas, dejaron plantados a sus maridos y se entregaron al servicio del asceta frigio; poco después el pequeño grupo comenzó a crecer y se extendió hasta Asia como una epidemia. De Asia el movimiento se esparció también por Occidente. Los mártires lioneses escribieron al Papa, desde la prisión, para que condenara sin contemplaciones a los nuevos herejes. Hubo comunidades montanistas en Roma y Cartago, donde Tertuliano fue portaestandarte y víctima a la vez. El montanismo se fue extinguiendo por sí mismo en la primera mitad del siglo III. Nestorianismo: Nestorio, patriarca de Constantinopla, fue más bien el propagador y sostenedor de la herejía que lleva su nombre y que ya se había manifestado anteriormente en los escritos de Diodoro de Tarso a partir del año 378 (m. 394) y de Teodoro de Mopsuestia, su discípulo (m. 428), de la escuela de Antioquía. Habiendo llegado a ser patriarca de Constantinopla, el año 428 y embebido de las ideas de Teodoro, usó toda su elocuencia y autoridad desde la cátedra patriarcal para combatir la herejía apolinarista (ver Apolinarismo), pero negó a la Virgen el título de Madre de Dios que ya hacía tiempo se le venía atribuyendo. María, decía en sustancia Nestorio, no es madre de Dios sino de Cristo, puesto que la persona de Cristo, nacida de María, no es idéntica a la persona del Verbo engendrado por el Padre; o sea, que las dos naturalezas en Cristo no están unidas hipostáticamente (secundum hypostasin o secundum essentiam) sino en una nueva persona que no es ni la persona del Verbo ni la persona del hombre, sino la persona del compuesto. Por consiguiente, en Cristo, no se pueden atribuir las propiedades divinas al hombre ni las propiedades humanas a Dios (comunicatio idiomatum). Contra la doctrina de Nestorio se levantó un teólogo de primerísimo orden, San Cirilo, obispo de Alejandría. Nestorio pidió el año 429 al Papa Celestino la convocación de un concilio, en el que pudiese justificarse. El Papa pidió, entonces, información también a Cirilo y, en agosto del año 430, hizo condenar en un sínodo la doctrina de Nestorio; después expidió cuatro cartas: una a Nestorio para que se retractase; otra a la Iglesia de Constantinopla; una tercera a Juan de Antioquía, que defendía y apoyaba a Nestorio y la cuarta a Cirilo con el encargo de que hiciera cumplir la sentencia del sínodo romano. Pero, como quiera que Nestorio acusaba, a su vez a Cirilo de apolinarismo, Teodosio II, de acuerdo con el Papa Celestino I, convocó el Concilio de Éfeso que condenó la doctrina nestoriana (11 de julio del año 431). La doctrina de Nestorio sobrevivió en las escuelas teológicas de Nisibis y de Edesa; más tarde se propagó por la Arabia, la India y llegó hasta la misma

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China. En el siglo XVI, la mayor parte de los nestorianos todavía existentes volvieron a la unidad católica; pequeños y lánguidos grupos viven todavía en algunos sitios del Irak, Siria, Persia, Irán y en la India. Nicolaítas: San Juan Evangelista atribuye a estos herejes una doctrina, a la que llama "profundidades de Satanás" (Apoc. 2, 24), la cual, con el especioso pretexto de que conviene maltratar a la carne, fomentaba la inmoralidad y quitaba todo carácter de impureza a la fornicación. Según San Ireneo y San Clemente de Alejandría, el maestro y la cabeza de los nicolaítas fue Nicolás, uno de los siete diáconos ordenados por los apóstoles; perdidamente enamorado de una mujer, pero convencido y reprendido por los apóstoles, Nicolás acabó sus días dedicado a una vida ascética de expiación. Pelagianismo: Defendida y sostenida por el monje bretón Pelagio, de quien recibió el nombre, difundida en Sicilia, África y Palestina por Celso, y sistematizada por el obispo de Campania, Juliano, esta herejía aparecida en los primeros años del siglo V minó al cristianismo por la base. Sostenía la capacidad natural del hombre para conseguir la salvación; bastaba para ello el uso de la razón y de la libertad sin la intervención sobrenatural de Dios; negaba, al mismo tiempo que la sustancia y las consecuencias del pecado original, la absoluta necesidad de la gracia para realizar obras sobrenaturales. El pecado original, en el sentido en que lo entendía la Iglesia, no existía para Pelagio; el hombre, en efecto, nace sin ninguna mancha original, con la perfecta integridad de naturaleza semejante a aquella con que salió Adán de las manos del Creador; el pecado del primer hombre no acarreó ningún perjuicio o daño ni trajo consecuencia alguna para la posteridad; eso sí, fue un mal ejemplo, y en tanto puede hablarse de pecado original en cuanto los hombres pecan a semejanza de Adán. Por consiguiente: ni el bautismo es de absoluta necesidad para la vida eterna – se requiere sólo para poder formar parte de la Iglesia – ni la gracia es necesaria para las obras sobrenaturales, ni la Redención, siquiera, puede ser considerada como un rescate. La gracia es, solamente, una iluminación interior; no actúa sobre nuestra voluntad y no transforma nuestra alma; la Redención es, sin más, un reclamo, una invitación a una vida superior, pero permanece siempre exterior a nosotros, no crea nada dentro de nosotros. Ya a los primeros asomos de esta herejía, llevada a África por Celso el año 310, el concilio cartaginés del 311 excomulgó a Celso y le obligó a recluirse en Palestina, donde se encontraba su amigo Pelagio. Si en Palestina la herejía encontró obispos complacientes, en África, la lucha conducida por San Agustín, se hizo encarnizada acabando por la condena de la herejía en el Concilio de Milevi del año 316; finalmente la Epístola tractoria del Papa Zósimo que, tomando un término medio entre las definiciones de los dos concilios africanos, condenó solemnemente la herejía: esta condena fue después confirmada por el Concilio de Éfeso del año 431. Algunas expresiones radicales de San Agustín, en la polémica pelagiana, sobre la necesidad de la gracia hicieron pensar se trataba de quitar al libre arbitrio toda participación en la obra de la salvación; por este motivo algunos monjes del monasterio de San Víctor de Marsella se creyeron en el deber de proponer la siguiente doctrina: 1) está en poder del hombre el dirigirse a Dios a pedirle ayuda, como está en poder del enfermo el acudir al médico; 2) del mismo modo la predestinación eterna depende en último análisis de la voluntad humana, ya que a ésta corresponde perseverar hasta el fin. Un discípulo de San Agustín, San Próspero de Aquitania, denunció rápidamente semipelagianismo y fue el centro de varias polémicas teológicas durante casi un siglo hasta que, finalmente, el Concilio de Orange del año 529, aprobado solemnemente por Bonifacio II, lo condenó en 532, declarando y estableciendo que el hombre caído no puede ni obtener la fe ni desearla sin la gracia proveniente; y mucho menos perseverar en el bien sin una secuela de gracias coadyuvantes, ni perseverar hasta el fin sin un don especial ligado a su predestinación. Petrobrusianos: Seguidores de Pedro de Bruys, un sacerdote rebelde que, en los primeros años del siglo XII, declarándose auténtico representante del cristianismo y dotado de una vigorosa elocuencia, se puso a predicar contra el bautismo de los niños, contra la transustanciación, contra las imágenes, las cruces y las iglesias – puesto que a Dios se le reza en espíritu -, contra las oraciones por los difuntos y contra la obediencia a la autoridad eclesiástica. Logró obtener un cierto éxito en la Provenza y Gasconia, a pesar de encontrarse de frente con San Bernardo. Fue asesinado en Saint-Gilles du Gard, el viernes santo, por una

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masa enfurecida por la ofensa, que lo arrojó luego sobre la misma hoguera de cruces y crucifijos que él había preparado en la plaza del pueblo para, en ella, cocer y guisar la carne, en desprecio de los católicos. El movimiento de los petrobrusianos continuó todavía una veintena de años bajo la guía de un ex benedictino, Enrique de Lausana, que fue condenado por el Concilio de Pisa el año 1135 y murió en la cárcel en 1145. Quietismo: El teórico del quietismo fue un sacerdote español llamado Miguel de Molinos (1628-1696), autor del famoso libro La guía espiritual, publicado en Roma el año 1675, en el que sostenía que la perfección cristiana consiste en un completo y pasivo abandono en Dios, suprimiendo todo acto explícito de virtud y hasta todo deseo de santidad, sin oponer resistencia alguna a las tentaciones o a las acciones inmorales, antes bien, aceptándolas pasivamente tal como se presentan, puesto que para el alma, anonadada en Dios, nada puede haber que pueda ser pecado. En las casi veinte mil cartas postales escritas por Molinos, se exponen estas ideas con muchos más detalles y pormenores, poniendo, sobre todo, de relieve la ambigüedad y las consecuencias maléficas. Condenado por Inocencio XI en 1687, molinos se retractó de los propios errores. Pero el quietismo, aunque de una manera algo mitigada, tuvo en Francia dos grandes representantes y paladines en el barnabita Francisco Lacombe y en madame Guyon: ésta logró mas tarde implicar en la doctrina al mismo Fénelon, con quien Bossuet entró en viva polémica. En 1699 Inocencio XII condenó veintitrés proposiciones sacadas del libro de Fénelon: Explicación de las máximas de los santos, poniendo fin, de este modo, a aquella que se llamó "controversia del puro amor" y que se condensaba en la primera proposición condenada: "Existe un estado habitual de amor de Dios que es caridad pura y ausente de cualquier interés propio. Ni el temor de las penas ni el deseo de la recompensa tienen aquí lugar alguno. No se ama a Dios con la idea de merecer y de alcanzar la perfección, ni para obtener la felicidad que se encuentra amándole". Valdenses: Pedro de Vaux o Valdo o Valdez era un mercader de Lyon, nacido en el Delfinado, que del estudio de la Sagrada Escritura pasó a vivir una vida más perfecta según el ideal evangélico. Deseoso de hacer conocer la Biblia al pueblo, con la ayuda de dos sacerdotes amigos suyos, inició una traducción en lengua vulgar; pero en el año 1170, habiendo muerto improvisadamente uno de los dos sacerdotes, creyó ver en este hecho una llamada del Señor y, después de haber distribuido todo lo que tenía entre los pobres y haber abandonado a su mujer, se puso a predicar la pobreza y la penitencia por las plazas de Lyon y sus contornos, atacando también lo que llamaba las excesivas riquezas de la Iglesia y la mala conducta del clero. Alrededor de él se fueron formando grupos que se dieron el nombre de "pobres de Lyon" y que el pueblo llamó Valdenses. La predicación de Pedro y de otros laicos arrimados a él y que sin preparación alguna pretendían explicar las escrituras, preocupó al arzobispo de Lyon, el cual les prohibió predicar. Pedro, entonces, apeló a Roma y el Papa Alejandro III, aun aprobando el modo de vivir de los seguidores de Valdo, mandó que, en cuanto a la predicación se sometiera a la autoridad episcopal del lugar. Pedro no quiso someterse y siguió predicando sin autorización de ninguna clase, de modo que el arzobispo se vio en la obligación de condenarlo. El Papa Lucio III aprobó, en el año 1184, la sentencia del prelado lionés; entonces fue cuando Pedro con todos los suyos se pasó a la herejía: negó el sacerdocio de la Iglesia, afirmó que el hombre se salva solo sin necesidad de pertenecer a ninguna Iglesia y que cada fiel es depositario del Espíritu Santo; después de esto negó la presencia real eucarística, se atribuyó el derecho de conferir los sacramentos en calidad de simple laico, no admitió otras oraciones que la del Pater Noster, mantuvo que el juramento era una blasfemia y negó a la sociedad el derecho de imponer penas y a la Iglesia el derecho de poseer bienes. El movimiento valdense se organizó en secta, con jefes propios que vivían de limosna y en perfecta castidad; se difundió y extendió por el Delfinado, la Provenza, el Languedoc, Alemania, España, Bohemia, Polonia y se asentó sólidamente en algunos valles de los Alpes Pisamonteses donde pronto Pinerolo y torre Pellice formaron el centro preferido de los Valdenses. El año 1533, en el sínodo de Cianforan, los valdenses se adhirieron a la doctrina calvinista; por eso hoy se les considera a todos ellos como una secta protestante. Actualmente su número no supera los 50.000, de los cuales 30.000 habitan en Italia.

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Viclefitas: Juan Wiclef (1324-1384), párroco de Fillingham, limosnero del rey, acumulador de beneficios eclesiásticos y maestro de teología en Oxford, escribió una serie de obras (El dominio divino, en 1375, El dominio civil, también en 1375, La Iglesia, en 1378, El orden cristiano, La apostasía y La Eucaristía, en 1379, y su obra más importante, el Trialogus, en 1382) en las que se las daba de reformador y revolucionario. Su doctrina viene sintetizada en las 45 proposiciones condenadas por el Concilio de Constanza, el 4 de mayo de 1415. Rebelándose contra la Iglesia romana, que se había convertido en sinagoga de Satanás y cuerpo del anticristo, sostenía que la Iglesia debe ser puramente espiritual, sin jerarquía, casi sin Sacramentos y sin sacerdocio, constituida invisiblemente por los predestinados. Puesto que la soberanía pertenece solamente a Dios y el poder se ejercita bajo la autoridad de Dios y como por delegación divina, no tiene derecho alguno a la soberanía sea temporal o espiritual aquel que no se encuentre en estado de gracia; por consiguiente, el Papado, el clero, los monjes, todos ellos empecatados, no pueden representar autoridad alguna. La Biblia es la única regla de la salvación y, por eso, Wiclef no apoyó ni favoreció la traducción de la misma en lengua nacional. Además, negaba la transustanciación y la libertad humana, sosteniendo la predestinación de los elegidos y de los réprobos. Estas teorías encontraron buenos fautores en la corte inglesa, ávida de bienes eclesiásticos; encontraron también propagandistas populares que se llamaban "los curas pobres", pero que el pueblo llamaba lolardos. Condenado en el sínodo de Canterbury (mayo de 1382), Wiclef murió dos años mas tarde. Sus seguidores fueron dispersados por Enrique IV de Lancaster en los primeros años del siglo XV. (cortesía www.encuentra.com)

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